¿Planificación voluntaria o chantaje inhumano?
La campaña anticonceptiva del doctor Benjamín Viel:
BAJO EL TÍTULO “¿Existe en Chile una política de control de la natalidad?”, el doctor Benjamín Viel publicó recientemente en “El Mercurio” un artículo que constituye una pieza maestra de distorsión conceptual.
El doctor Viel se yergue en ese artículo como el campeón de la libertad de procreación. “Cada pareja debe tener los hijos que desee”, señala el médico. Y para ello es necesario ofrecer una amplia de información sobre los métodos anticoncepcionales y distribuirlos a granel, de modo que todas las mujeres tengan sólo los hijos que deseen. En eso, y nada más que en eso, consiste para el catedrático Viel la libertad de procreación. Y de ella es él un apóstol distinguido.
Ante semejante enunciado del problema, la primera reacción sería dudar de la calidad intelectual de su autor. Pero ello no es posible; el Dr. Viel es un científico de nota. Por lo demás, él es representante en Chile de los sectores reaccionarios de la sociedad norteamericana, que saben elegir muy bien a sus embajadores en los países pobres.
Es preciso entonces concluir que el Dr. Viel procede de acuerdo a una mentalidad muy discutible cuando escribe lo que escribe.
¿CHANTAJE A LOS POBRES?
El médico se muestra partidario de que cada pareja pueda decidir, sin interferencias extrañas, el número de hijos que traerá al mundo. Perfecto. Es un principio humanista, profundamente respetuoso de la dignidad humana y de la pareja. Los cristianos no podríamos hacer otra cosa que defenderlo, y con entusiasmo.
Sin embargo, el Dr. Viel afirma que en Chile esta libertad debe asegurarse a través de la distribución a manos llenas de píldoras y anillos intrauterinos que gratuitamente envían las fundaciones norteamericanas al país.
El Dr. Viel podría tener razón para decir lo que afirma si en Chile todos los niños tuvieran primeramente asegurado el derecho a recibir una alimentación suficiente como para desarrollarse física e intelectualmente; si todos los niños tuvieran acceso a atención médica oportuna e integral; si todos tuvieran asegurado su derecho a la educación. Entonces, y sólo entonces, una pareja sí que tendría de veras la posibilidad de determinar libremente el tamaño de su familia, Sabría que, si decide tener dos, cuatro, seis u ocho hijos, a todos ellos la sociedad chilena les proporcionaría las oportunidades de crecer en forma normal. De acuerdo con eso, la pareja entraría a ejercer responsablemente la paternidad, y elegiría los medios más adecuados según su conciencia.
El señor Viel sabe, suponemos, que eso no ocurre en Chile. No ignorará que un alto porcentaje de niños chilenos sufre daños irreparables en su cerebro, como consecuencia de la desnutrición de que son víctimas en los primeros años de su vida. Debe de conocer la pobreza y estrechez de recursos económicos en que se debate la mayor parte de las familias chilenas. En este contexto, LA INMENSA MAYORÍA DE LAS PAREJAS CARECE EN LA PRÁCTICA, DE LA LIBERTAD DE DETERMINAR EL NÚMERO DE HJOS QUE DESEAN TENER.
Entonces llegan el doctor Viel y su equipo. Se acercan a las mujeres humildes de las poblaciones marginales y villorrios y les preguntan: “¿Quieren tener más hijos? Miren: Si ustedes traen al mundo más de tres niños, los pobrecitos estar condenados a la desnutrición, a la miseria, a la ignorancia. Evítenles tal sufrimiento. Nosotros tenemos aquí la solución al problema: con la generosa ayuda de los norteamericanos, les ofrecemos gratuitamente anillos intrauterinos y píldoras anticonceptivas. Aprovechen la oportunidad. Ustedes verán qué deciden: muchos hijos y miseria familiar, o pocos hijos con una vida mejor”.
Esta forma de “convencimiento” significa para nosotros un chantaje a los pobres. Muy distinto sería la cosa si el problema se planteara A LA PAREJA, en otros términos.
Primero, diciéndoles la verdad: que los RESPONSABLES de la miseria no son los hijos, por numerosos que sean, sino las CONDICIONES SOCIALES en que sus padres se debaten, haciéndoles tomar conciencia, enseguida, de que existe la obligación de luchar por superar esas condiciones y de combatir las injusticias que las generan; haciéndoles ver, por último, que como la sociedad no cumple con ellos la obligación de GARANTIZARLES LIBERTAD para tener todos los hijos que deseen, ellos deben hacer frente a esa injusticia ejerciendo una paternidad responsable: determinando cuántos hijos pueden sustentar en condiciones aceptables y eligiendo al efecto los medios de control de la natalidad que estén más de acuerdo con su conciencia y con la determinación conjunta de ambos.
Esa sería una forma humana y veraz de actuar, si se entiende realmente la diferencia que hay entre una mujer y un conejillo de indias.
¿CAMBIOS DE ESTRUCTURAS? ¡NA’ QUE VER¡
Llama la atención que un profesional tan interiorizado en la crítica realidad social de los pacientes no dedique ni una sola línea de sus escritos a la necesidad de transformar las estructuras injustas de nuestra sociedad, causa de la miseria imperante en Chile y América latina, y por ende, de la IMPOSIBILIDAD, para la mayor parte de los padres, de tener los hijos que deseen.
A través de este permanente silencio, el Dr. Viel parece considerar que la miseria se combate con píldoras y anillos intrauterinos, y no con reformas profundas al sistema.
Podría argumentarse que el papel del médico no es el del economista ni de sociólogo, pero es que el Dr. Viel, según veremos enseguida, acostumbra a formular proposiciones o políticas que exceden su esfera médica. Además,
¿podría alguien justificar que se realice una campaña social de tan profundas consecuencias, financiada generosamente por consorcios extranjeros, y que, paradójicamente, se ignore en qué clase de sociedad se está aplicando? ¿Podrá alguien aprobar que las mujeres de nuestro pueblo sean tratadas al nivel de experimentos utilizados como instrumento para detener las justas presiones sociales?
Conocemos cuál es la filosofía de quienes financian este tipo de campañas. Para ellos, más nacimientos en los países subdesarrollados significan más descontento, más posibilidades de rebelión. Lejos de propiciar la disminución de las injusticias de forma racional y humana de aliviar los temores--, ellos propician, en cambio, esterilizaciones masivas, porque a menos bocas, menos palabra.
“ECONOMÍA” QUE NO CONVENCE
El Dr. Viel recurre a argumentos de tipo económico para justificar su campaña antiguaguas. Al igual que la revista Visión, órgano de la más cerrada oligarquía norteamericana, el médico chileno insiste en el predicamento de que la explosión demográfica frena el crecimiento económico.
El señor Viel no es economista. Y lo demuestra en forma palmaria. Pero ya que acostumbra a opinar en términos económicos, le conviene considerar que el subdesarrollo de América Latina no se debe a la explosión demográfica, si no que ésta es consecuencia de aquel.
Es irrebatible que el crecimiento de la población es un hecho relativamente reciente en este continente. Muy anteriores son el atraso, la miseria, la injusticia, el subdesarrollo. ¿Cómo puede el efecto ser su pretendida causa?
¿Cómo explica don Benjamín que en las dos últimas décadas -precisamente durante la explosión demográfica- América latina haya logrado sus más altas tasas de crecimiento económico, aunque sea dentro de los límites magros e insuficientes que todos reconocemos?
No vamos a negar que, en la situación concreta y actual del subdesarrollo, la explosión demográfica constituye un factor agudizador del problema, y bastante serio. Pero atribuirle categoría de causa determinante, usarla para degradar la dignidad humana, y, más aún, utilizarla como instrumento para mantener las injusticias, eso no se puede tolerar. Menos aún dándole cariz de imperativo económico.
Porque incluso desde el punto de vista económico, no es aventurado afirmar que el crecimiento acelerado de la población pudo convertirse en América Latina en factor de desarrollo dinámico y avasallador, si otras hubieran sido las restantes condiciones del continente.
¿No es acaso indiscutible que América Latina sigue siendo un continente despoblado, con inmensas áreas aún abandonadas e inconquistadas por sus habitantes? ¿Es un misterio que Chile y todo el continente podrían alimentar y acomodar a un triple o más de su población, si los recursos necesarios fueran racional y justamente distribuidos?
Riquezas inmensas sin explotar; economías monoproductivas no diversificados por falta de capitales, de tecnología y de recursos humanos calificados; responsabilidad que tienen al respecto los países que explotan nuestras riquezas naturales llevándose la parte del león; la expoliación internacional que significa el comercio de las materias primeras de nuestros países, y las maquinarias que se nos venden a precios prohibitivos; la injusta distribución de las riquezas en cada una de nuestras naciones, donde pequeñas castas privilegiadas gozan del 70, 80 ó 90 por ciento de los ingresos nacionales, mientras grandes masas perecen de miseria; he aquí algunas causas económicas del subdesarrollo, que hacen ilusoria la libertad humana. De ellas no dice nada el doctor Viel; a los financistas de su campaña antiguagas no les conviene.