Camino al andar
Octubre de 1968

¿Y si su marido (o esposa) le es infiel?

La infidelidad conyugal, a la que toda pareja está expuesta, no significa necesariamente el derrumbe del matrimonio, pero….

PROBABLEMENTE QUIENES lean con mayor calma y serenidad este artículo sean las pareja que se aman. Aun cuando ellos se han comprometido el uno al otro y para siempre.. y están dispuestos a tratar de cumplirlo, saben que las tentaciones abundan y que el día menos pensado pueden fallar.

Es preciso reconocer que muchos enamorados viven en las nubes. Al leer estas líneas, ellos se sentirán dolorosamente impactados. "Nunca se me había cruzado por la mente que ella (o que él) me pudiera hacer una cosa así. Tengo una fe ciega en su amor".

Sin embargo, el verdadero amor no es escapista; no puede construirse de espaldas a la realidad ni puede tener como base un endiosamiento del ser amado. Cuando esto ocurre, no se ama a un individuo concreto, ser humano con limitaciones y defectos, sino a un modelo ideal. Y eso puede, ser más bien, una trampa peligrosa. Porque repentinamente, el modelo ideal puede comportarse de forma distante, salirse de los marcos ideales. El desengaño es violento y el amor se derrumba. Es que estaba cimentado sobre bases poco sólidas.

Es mejor referirse a los casos en que con hipocresía lastimosa se mantiene muchas veces la farsa de la fidelidad. Ingenuamente, uno de los cónyuges cree en el otro, mientras que éste burla con discreción, pero entusiasmo, el compromiso que los une. Otras veces, uno de los cónyuges finge no advertir las infidelidades del otro, a fin de preservar la unidad del hogar o, simplemente, mantener las apariencias y cierta seguridad económica. Más vale no entrar a calificar situaciones de este tipo.

Hemos planteado con un enfoque realista un peligro que se cierne sobre las parejas que se aman. ¿Estamos diciendo con ello que entre los cónyuges debe reinar un ambiente de recelo? No, por supuesto que no.

Entre un hombre y una mujer que se quieren la confianza mutua es indispensable. Por eso, ellos no sufren de celos enfermizos ni viven en permanente estado de ansiedad, tratando de descubrir alguna supuesta falta del otro. Se tienen fe, y cada uno trata de ser digno de la confianza que se ha depositado en él. Saben que ella constituye un tesoro muy valioso y hacen lo posible por no destruirlo.

Pero están preparados también –con la serenidad que nace del amor— a afrontar una situación de crisis como sería la irrupción de un extraño o extraña en la intimidad de los dos. Si ello llega a ocurrir deben enfrentar la prueba. Entonces, ¿cómo debe reaccionar el infiel? ¿Y cuál debe ser la conducta del ofendido?

“¿SE LO DIGO O NO...?”

Juan e Isabel se quieren. Están casados hace tres años y han guardado mutua fidelidad durante ese período, aunque a ninguno de los dos le han faltado ocasiones para "gorrear" al otro. Ahora, por razones de trabajo, él ha debido viajar por una semana a Concepción. Allá se junta con algunos amigos y salen una noche a divertirse. Conoce a una muchacha muy desinhibida y pasan la noche juntos, hecho que se repite dos veces con otras chicas "del ambiente nocturno", pero no prostitutas. Juan vuelve a su hogar. Pasan los días y la conciencia le remuerde. ¿Se lo diré o no a mi esposa?

Si esta crónica estuviera dirigida a los matrimonios convencionales, a aquellos que han hecho de su unión algo rutinario, más o menos falso y puramente formal, el consejo sería no decir nada. Total, es muy remota la posibilidad de que ella llegue a enterarse de lo ocurrido. ¿Para qué meterse en problemas? Y hasta es posible que la esposa entienda que uno no es de fierro y que más de alguna aventura habrá tenido fuera de casa. (Queda por ver si el marido acepta que su esposa tampoco es de fierro...)

Sin embargo, este artículo se orienta hacia los matrimonios que quieren hacer de su unión algo auténtico, valioso, que valga la pena vivir y sobrellevar. Entonces, el consejo es que el marido debe contarlo todo.

Juan debe contarlo todo. Y pedir perdón por haber quebrantado una promesa. No será un hipócrita al hacerlo, porque si quiere a su esposa comprenderá la gravedad de su falta y lo pequeño que es todavía su amor.

Pero ¿no sería mejor que el marido se arrepintiera sinceramente, pero "pa’callao"? ¿Para qué provocar a su esposa un sufrimiento innecesario? Es que el amor no consiste sólo en alegrías ni gratos momentos. Dos personas que se quieren están dispuestas a compartir sus vidas, a reír y a llorar juntas, a no tener secretos ni rincones donde el otro no se pueda entrometer. Si así lo entienden, entonces ella sufrirá con la revelación de su esposo, pero se sentirá feliz de que Juan no le haya ocultado la verdad.

¿Planteamientos folklóricos, masoquistas, irrealizables? No, simplemente amor. Lo que ocurre es que muchos no han llegado a entender lo que esta manida palabrita significa.

EL DIFÍCIL PERDÓN

En el ejemplo citado, ha sido el marido el infiel. Podríamos invertir los papeles y presentar el caso de la mujer adúltera. ¿Qué debe hacerse en tal caso? Pues exactamente lo mismo. La situación es idéntica; sólo los actores han cambiado. Entonces ella tendrá que confesar y lamentarlo sinceramente, y a él le corresponderá perdonar.

Entendemos que este planteamiento resulta inaceptable para mucha gente, demasiado influida todavía por principios o prejuicios decimonónicos o por lo que sufren de esa afección mental conocida como machismo. Pero no sorprenderá a los que creen que la mujer es un ser humano con la misma dignidad que el varón y con impulsos eróticos tan fuertes como él.

Si el infiel confiesa su falta y muestra arrepentimiento por su conducta, entonces al otro le corresponde perdonar. Y hacerlo también sinceramente. Perdonar significa echar en el olvido lo pasado, tomarse de nuevo las manos y reiniciar la marcha, sin reproches, sin amarguras, sin un oculto afán de desquite.

Es difícil perdonar así, acallar el orgullo, el "yo egoísta" que dice: "No seas tonto. El otro falló, lo pasó bien sin acordarse de ti. ¿Por qué no podrías hacer tú otro tanto? Total, él no tendría derecho a quejarse. Quedarían mano a mano".

La tentación del desquite se hace todavía más fuerte cuando el otro no falla una vez, sino que varias o si su infidelidad no consiste ya en aventuras aisladas, sino que con una persona en especial. Entonces, sin que ello signifique tener que adoptar actitudes denigrantes o rastreras, hay que amar más que nunca y actuar en consecuencia. Si el otro está fallando, entonces hay que suplir ese déficit de cariño. Hay que amar por los dos. Ello no significa que haya que escapar de la realidad o fingir que no se ven las faltas del otro. De ningún modo. Es preciso actuar con firmeza y dignidad, tomando incluso decisiones dolorosas (como la separación, por ejemplo) si se advierte que el otro no tiene ni la intención verdadera de guardar fidelidad. Pero cualquier acto o decisión debe estar inspirado en el amor y en la esperanza de poder reconstruirlo.

Perdonar es difícil; tal vez si lo más hermoso. Sin embargo, para los cristianos la tarea debe ser más aliviada. "Con la misma vara que juzguéis seréis juzgados", dice el Evangelio. Y Cristo ordena perdonar "setenta veces siete", vale decir siempre que sea necesario, al hermano que nos ha ofendido. Y para qué citar el Padrenuestro.

LAS CAUSAS DEL ADULTERIO

El paso siguiente —después de la confesión y del perdón— debe consistir en un análisis a fondo y valeroso de las causas de lo ocurrido. Y aquí puede haber mucho paño que cortar.

Esta búsqueda de factores que explican el adulterio de uno de los cónyuges no puede hacerse con objeto de declarar inocente al infiel. Como persona libre, él pudo, en un acto de voluntad, no haber incurrido en la falta. Pero se trata también de comprender que su conducta puede ser en buena medida consecuencia de situaciones peligrosas.

Frecuentemente las parejas —por negligencia o temeridad— van preparando el terreno para que se produzca el adulterio. Por ejemplo, no hay un sincero afán por hacer que la rutina no se apodere de su unión; sobreviene la incomunicación, el hastío, la falta de mutuo respeto, se evidencia poco interés por agradar al otro... La agitada vida moderna y sobre todo el afán de ganar dinero para mejorar la situación económica de la familia van separando a los cónyuges. Ellos olvidan que de vez en cuando deben encontrarse a solas los dos, como cuando eran novios, para renovar el amor que un día los unió, para estar juntos aunque no se digan nada. Sencillamente juntos, sintiendo cada uno la presencia del otro.

Está también el factor sexual, que es básicamente consecuencia de lo anterior. La rutina también se apodera de las relaciones íntimas. La pareja no busca innovaciones, no trata de buscar el placer del otro, sino que intenta egoístamente satisfacerse a sí misma.

Cuando la situación es ésta, entonces el adulterio se encuentra a la vuelta de la esquina. Y él y ella serán igualmente responsables.

Pero falta todavía algo importante y que ocurre con demasiada frecuencia. Muchas parejas se separan por semanas y meses sin que sea estrictamente necesario. Si se quieren, si son de carne y hueso, entonces se necesitan físicamente; ¿cómo se explica entonces que se separen por períodos largos, en forma gravemente temeraria? No estamos de ningún modo diciendo que cuando dos personas que se quieren se separan, vayan necesariamente a dejar de guardarse fidelidad. Muchos sabrán mantenerse fieles, incluso en forma heroica. Lo que señalamos es que muchos matrimonios se separan innecesariamente, llegando a dar la impresión de que no les importa lo que el otro haga mientras están lejos.

FIDELIDAD, ¿OBJETIVO DEL AMOR?

Por lo aquí expuesto, queda claro que las infidelidades conyugales no significan necesariamente la muerte del amor ni el derrumbe del matrimonio. Y ello, porque la fidelidad no es un objetivo en sí del amor; es una exigencia, pero no su sinónimo.

Existen parejas que por diversas razones se guardan una aparente fidelidad física. No obstante, si no van ahondando ni purificando el sentimiento que los une, si su relación es estática, desprovista de vida e inquietudes, entonces esa fidelidad no tiene mucho valor. Hasta se podría decir que ella es fruto más del egoísmo y la pasividad que del afecto que aparentemente los une.

El verdadero amor exige fidelidad auténtica, profunda, no sólo física, sino que también espiritual. Nada más bello que poder decir al otro: "Siempre te he sido fiel". Pero no menos hermoso es aquel amor que ha sufrido la prueba del adulterio de uno de los que se aman, y que ha sabido, a partir de esa crisis, hacerse más profundo y trascendente.