La primera relación sexual
Carta abierta a los muchachos y niñas que no la han tenido todavía
USTEDES YA NO son niños. Van rumbo a la edad adulta. Por eso voy a escribirles sin rodeos. Presiento que esta carta chocará a numerosos adultos, pero me he decidido a enviársela porque sé que les resultará útil e interesante.
Deseo referirme a las relaciones sexuales, en especial a la primera; y hacerlo así públicamente, cara al sol, porque es necesario que alguien se atreva a hacerlo de este modo.
El ambiente en que vivimos es curioso. Supone que uno es niño hasta cierta edad, durante la cual vive inmerso en la inocencia y la alegría, y que luego pasa, de la noche a la mañana, a la edad adulta, a ser hombre o mujer completo.
La realidad es harto distinta, como lo están comprobando ustedes mismos. Entre la niñez y la edad adulta hay una etapa dolorosa, conflictiva, llena de tensiones e inquietudes. Por lo general, este trecho hay que recorrerlo a solas, lo que lo torna más amargo. Nadie sabe cómo ayudar a los adolescentes. Los que ya han superado esa etapa parecen olvidarla y no vuelven la cara para auxiliar a los que vienen atrás. Por el contrario, se burlan de las actitudes o reacciones y problemas de aquéllos que, habiendo dejado de ser niños, todavía no llegan a adultos.
Deseo referirme a una de las inquietudes más profundas y vitales de esta etapa por la que están atravesando: la cuestión sexual. No afirmo con ello que ése sea el único asunto que les interese, pero sí creo que se trata de uno de los puntos más cruciales para ustedes.
No sé si en casa sus padres les habrán hablado “del sexo”. Me temo que a muchos no. Otros —hijos de padres más “avanzados”— habrán recibido alguna instrucción de tipo científico: sabrán, por ejemplo, cómo es el aparato genital del hombre, por qué las niñas “se enferman” todos los meses o cómo nacen las criaturas. Pero eso es muy poco, es terriblemente insuficiente, porque los seres humanos no somos máquinas, somos personas. Y nuestra actividad sexual tiene que estar ligada a nuestra vida misma, que, aparte de manifestaciones físicas, se expresa también en los planos psicológico y espiritual. Para decirlo con franqueza, mucho me temo que sus padres no los hayan educado para amar; a lo sumo, les habrán explicado el funcionamiento de nuestro aparato reproductor.
Y eso es útil, claro, pero no sirve como base para edificar sobre ella una conducta definida, una actitud vital.
Se están haciendo hombres, se están haciendo mujeres. Advierten que en sus cuerpos se han ido operando transformaciones decisivas. Y sienten que el deseo sexual no es ya algo indefinido y difuso, como en la niñez, sino cada vez más fuerte y apremiante. Es bueno que sepan que en el hombre la intensidad del deseo sexual llega a su punto máximo hacia los 18 años; después se mantendrá o comenzará a disminuir. En la mujer, en cambio, el proceso es gradual; el deseo se va tornando más fuerte a medida que va pasando de la adolescencia a la adultez.
Están atravesando esta etapa en medio de un ambiente que contribuye a exacerbar el apetito erótico, que no conoce precedentes en la historia moderna. Las revistas, las películas, la propaganda, los espectáculos, todo incita a gozar cuanto antes del placer de la relación física y a tener cuantas experiencias sea posible. Y ustedes observan este mundo sexualizado –donde pareciera que todo valor moral constituyera un estorbo—, y no saben qué pensar. Sienten a veces pena porque lo que ven nada tiene que ver con el amor con que a veces han soñado. En otras ocasiones experimentan el deseo inmenso de dejar de ser niños, tener relaciones íntimas cuanto antes y sumergirse en la vorágine sexual para dejar de ser “pájaros raros” y encontrar la felicidad plena.
Como si fuera poco, cada día son más los amigos y amigas que han dado el paso. Han dejado atrás la etapa adolescente de los besos y caricias audaces y de los “atraques” más o menos apasionados para transformarse en “hombres” o “mujeres” bien seguros de sí mismos. Y cuentan su experiencia con euforia y orgullo en los corrillos, en medio de carcajadas. Los relatos terminan con la pregunta tradicional, que suena cada vez más sardónica: “¿Y tú, ¿cuándo …, ah?”.
En casa nada saben o nada aparentan saber de este problema. Los papás prefieren pensar que ustedes siguen siendo niños ajenos a este tipo de inquietudes. Tampoco en el colegio encuentran la orientación necesaria. A ustedes les gustaría que esto se hablara sin tapujos, pero con delicadeza, respetando la intimidad de cada cual. Sin embargo, nadie lo hace. Entonces, hay que rascarse con las uñas propias.
La primera relación sexual. ¿Cómo será eso? La primera vez que descubrirán físicamente cara a cara, cómo es el otro sexo, cómo reacciona... Es como para sentirse nerviosos, ¿verdad? Al fin y al cabo, eso ocurre una sola vez en la vida. ¿Cómo habrá que comportarse? ¿Será satisfactoria la experiencia? ¿Y si no resulta y el otro se burla de mí? ¿Me echará en cara que soy un “cabro chico” o una “niña de las monjas”? ¡Qué ganas de salir cuanto antes de la duda!
Pues yo les digo que no se angustien ni apresuren. Y que hagan lo posible porque esa primera unión física sea un acto de amor, y no el simple encuentro de dos cuerpos. El primer acto sexual —y todos los demás— tiene que ser algo espontáneo. Tiene que surgir como algo natural de la relación de un hombre y una mujer que se han conocido y que quieren acogerse el uno al otro, caminar juntos. Si tratan de que sea así, la primera experiencia no tan sólo será muy hermosa, y ustedes la recordarán siempre con ternura.
Debo decirles algo más. La mayoría de estas primeras experiencias no se desarrollan en un clima de amor, y las consecuencias son por lo general funestas.
El muchacho va donde una prostituta o consigue a una empleadita u obrerita, se acuesta con ella —que en ese momento no representa para él nada más que un objeto— y se "descarga". Todo habrá sido mecánico. Difícilmente ese chiquillo logrará después aprender que sexo y amor van tomados de la mano, siempre tenderá a separar ambas cosas, a considerar desintegrados ambos elementos, simplemente porque sus primeras experiencias se realizaron al margen del amor. Se casará después y entonces seguirá preocupado por satisfacerse sólo a sí mismo; no llegará a entender que el acto sexual es un acto de amor, donde como en todas las cosas, hay que buscar primero que nada la felicidad del otro. Difícilmente llegará a entender que la mujer es una persona, con todo lo que eso significa. Tenderá a considerarla como un simple objeto. Y eso es grave, sobre todo en esta época en que tantos se llenan la boca con eso del respeto a la dignidad de la persona.
En cuanto a las niñas, la mayor parte de las que se acuestan “por probarlo”, por "choreza", se desengañan. Las primeras relaciones son difíciles, en especial para las niñas, ya que sus reacciones sexuales son más lentas que las de los varones. Ocurre entonces que esas experiencias las dañan a veces síquicamente, produciéndoles traumas que resultan a menudo difíciles de superar. Otras terminan pensando que el amor es pura utopía y que el hombre y la mujer sólo deben juntarse para ir a la cama.
Ustedes saben que lo que les estoy diciendo es cierto, porque lo han comprobado en la realidad. Ahora bien, yo les estoy aconsejando que sepan dominarse, que se forjen una voluntad de hierro para que puedan aguardar hasta que estén verdaderamente preparados, para que la primera vez que se unan con otra o con otro, ese acto enaltezca el amor mutuo.
Es una petición exagerada, casi utópica, pero se la planteo. Ustedes son jóvenes, y como tales están llenos de generosidad. Afronten este desafío y traten de cumplirlo. ¿Acaso no están ustedes llamados a transformarse en hombres nuevos y mujeres nuevas? ¿No significa eso que a cada instante deberán luchar contra el egoísmo que se anida en el corazón de cada uno para derrotarlo y poder construir un mundo verdaderamente nuevo?
Si ustedes son capaces de respetar el amor van a estar mejor preparados para ir venciendo el egoísmo y transformarse en personas nuevas. Entenderán entonces qué sentido tiene tratar de ser puros, vale decir, por qué hay que respetar el amor. Y comprenderán por qué hay muchos —favorecidos con el actual sistema injusto que impera entre nosotros— que quisieran que ustedes se largaran a todo trapo, que se dejaran arrastrar por la vorágine sexual de hoy en día. Ellos saben que si ustedes sucumben a esta tentación, se tornarán progresivamente más y más egoístas. A la postre sólo les interesará pasarlo bien, y cualquier otra preocupación por los demás, por la justicia, la fraternidad, etc., pasará al rincón de los recuerdos. Por eso, aprendan a desdeñar las presiones de estos individuos; desprecien a los comerciantes del sexo, a los que han hecho del amor un negocio porque lo prostituyen a diario y trabajan por envilecimiento del ser humano.
De ninguna manera estoy diciéndoles que sean hipócritas. Por el contrario, les estoy pidiendo que sean auténticos, que traten de ser bien hombres, bien mujeres. Su pureza no debe ser la de personas aterrorizadas por las cosas del sexo o una pura manía. Debe tener un sentido: respetar el amor.
El camino trazado es difícil y –entiéndanlo bien para que no se desanimen— está plagado de caídas. Es probable que ustedes encuentren que esto muy bonito se comprometan a cumplirlo…, pero que fallen una y otra vez. No importa. Lo malo no es caer, sino permanecer caído. Comiencen de nuevo, todas las veces que sea necesario. Dios juzgará la buena voluntad que demuestren. Lo importante es que reconozcan que han fallado y se esfuercen porque ello no vuelva a ocurrir..
Una última cosa. Cuando dos personas se quieren, no necesitan de folletos de instrucciones sexuales. Aunque nunca hayan tenido experiencia, descubrirán solitos lo que tienen que hacer. Y será hasta más apasionante. Como ninguno de los dos irá con el ánimo de impresionar al otro, lo más probable es que todo se desarrolle normalmente sin tropiezos. Y si algo anda mal, o si algo no resulta, ¡qué importa! Otra vez será. No por eso se dejarán de amar. Por el contrario, sentirán que se encuentran más unidos.
Escribí esta carta pensando en dos muchachos amigos míos que caminan por la adolescencia, como ustedes. Pero decidí luego dirigirla a todos los de su edad. Sé que hay algunos párrafos que parecerán a mucha gente —en especial adulta— chocantes y hasta escabrosos. Pero ustedes, que saben distinguir tan tajantemente lo bueno de lo malo, sabrán, estoy cierto, juzgar la intención que me ha guiado y el profundo afecto que he puesto en estas líneas.