La silenciosa batalla contra el centralismo
A lo largo de nuestra historia, diferentes gobernantes han cometido el mismo error de quienes redactaron la Constitución de 1827; pensar que basta con crear una superestructura administrativa para conseguir la descentralización y el crecimiento equilibrado del país
EL CENTRALISMO ES un problema tan antiguo como Chile, más viejo y solapado que la misma inflación y tan persistente como ella. Cuando el país daba recién sus primeros pasos como nación independiente, algunos se percataron de que comenzaba a producirse una lenta pero segura concentración demográfica, económica y de poder político en la metrópoli. Las provincias levantaron su voz de protesta frente a este hecho. Tratando de solucionarlo, algunos teóricos —encandilados por el próspero ejemplo de los Estados Unidos— redactaron la Constitución Federalista de 1827. Con ella, se pretendía corregir la perniciosa tendencia hacia el centralismo y asegurar el progreso equilibrado de las provincias del país.
Desde entonces hasta ahora, la lucha contra el centralismo ha sido la historia de un permanente fracaso. Sucesivos gobiernos han proclamado la necesidad de combatir este vicio, "causante de la postración de las provincias". Pese a toda la buena voluntad desplegada por los políticos, el centralismo sigue vigente. Y todo indica que tiende a acentuarse más y más. Así, la frase popular de que "Santiago es Chile" va cobrando cada vez más realismo.
¿FENÓMENO IRREVERSIBLE?
En 1930 vivían en la provincia de Santiago unas 800 mil personas, que representaban el 19% de la población total del país. En la actualidad, viven en la provincia 3 millones y medio de habitantes, es decir el 36% de los chilenos. En 1980 ese porcentaje subirá al 40, porque Santiago albergará 5 millones de personas. De seguir así, hacia el año 2.000 la mitad de los chilenos vivirían en la provincia capital. Y eso es como mucho.
Pero Santiago concentra además el poder político, los mejores servicios públicos y privados, el 36% de la fuerza de trabajo del país, el 55% de los establecimientos industriales, etc., etc.
El fracaso de la larga lucha contra el centralismo ha llevado a muchos a pensar que se trata de un fenómeno invencible, al que más que combatir es preciso aceptar. Algunos economistas han llegado a sugerir que no se sigan gastando esfuerzos y recursos en desarrollar las provincias, sino que se vuelque todo el potencial económico y humano a preparar la vida en la ciudad-monstruo en que habitaremos en algunos años más. "Si Santiago va a seguir creciendo a un ritmo muy superior al de las provincias, no nos quejemos ni sigamos dando manotazos de ahogado. Aceptemos la situación, no tratemos de torcerla y planifiquemos toda nuestra acción a partir de esa realidad". Otros, más audaces, han llegado a afirmar que el crecimiento desmesurado de Santiago y zonas adyacentes no sólo no perjudica al país, sino que constituye una condición esencial para el desarrollo económico acelerado de Chile.
Los técnicos de la Oficina de Planificación Nacional —creada hace poco tiempo y dependiente directamente de la Presidencia de la República— no creen en el determinismo económico y, por lo tanto, se resisten a creer que el centralismo sea un hecho irreversible. Consideran que se trata de una deformación económica funesta, pero susceptible de ser corregida. Naciones con un desarrollo muy superior al nuestro —Francia, por ejemplo— están empeñadas en la actualidad en un serio esfuerzo por erradicar este vicio tan dañino para la economía e integración social del país.
El centralismo —según los técnicos de ODEPLAN— no es un ente invencible. Hasta ahora había sido atacado en forma aislada o puramente teórica. Así, muchos presidentes de la República se han preocupado de crear alguna industria en la ciudad o provincia en que nacieron, mientras que los parlamentarios se sienten "realizados" cuando consiguen un puente de madera o un retén para la zona que representan. Obviamente, con estos métodos no se extirpa la enfermedad. Tampoco se puede vencer el centralismo con decretos o disposiciones legales. A lo largo de muchos decenios, diferentes gobernantes han cometido el mismo error de los ilusos que redactaron la Constitución de 1827. Han creído que con crear una superestructura administrativa se puede obtener la descentralización y el crecimiento equilibrado del país.
LO PRIMERO, CREAR UNA BASE ECONÓMICA REAL
Silenciosamente, alejado de las estridencias de la política contingente, el plan de regionalización del país, elaborado por ODEPLAN, se está haciendo realidad. Tiene como objetivo económico crear polos y focos de crecimiento en las diferentes regiones en que se ha dividido el país. Una vez que estos "polos" y "focos" comiencen a "tomar vuelo", se transformarán en centros dinámicos, capaces de entrar en competencia con otras ciudades e incluso con Santiago. Así, la descentralización se producirá de hecho y sobre la base de una actividad económica real y estable.
EL "DESINTEGRADO" ROSTRO ECONÓMICO DE CHILE
El centralismo no es un problema puramente económico. Cada familia provinciana que llega a instalarse a la capital —decenas diariamente— trae el deseo de mejorar sus condiciones de vida, aún sabiendo que lo más probable es que deba irse a vivir a la población marginal. Es que, sin lugar a dudas, el habitante de la metrópoli —cualquiera que sea su condición socioeconómica— dispone de más bienes, mejores servicios y mayores posibilidades que el chileno de provincias. La agudización de esta diferencia puede tener consecuencias imprevisibles para la paz social y constituye un peligroso factor de desintegración de la comunidad nacional.
Los técnicos de ODEPLAN consideran que Chile presenta —desde el punto de vista de la distribución geográfica del desarrollo económico— un rostro marcadamente "desintegrado". Existe un Chile ya hecho, consolidado, en donde se agrupa cerca del 80% de la población y las actividades económicas están firmes y relativamente "asentadas". Esta parte del país incluye a las provincias ubicadas entre Aconcagua y Valdivia. Las comunicaciones de ciudades y pueblos con la metrópoli son relativamente buenas y toda la zona da la impresión de estar ya consolidada y de necesitar estímulos para seguir creciendo sobre las bases que ya tiene o medidas para racionalizar el desarrollo alcanzado hasta ahora.
Pero existe otro Chile, el que todavía está por colonizar. Inmensas provincias como las de Tarapacá, Antofagasta, Atacama y Coquimbo por el norte, y Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes albergan apenas al 20% de la población y cuentan con recursos naturales casi intocados. La actividad económica en estas regiones ha sido tradicionalmente inestable, con escasa participación de la industria. Esta zona de colonización sufre por falta de comunicaciones con el centro del país. Muchos de sus pequeños centros poblados pasan días y hasta semanas aislados físicamente del resto del país.
DIVISIÓN NUEVA Y "DINÁMICA" DE CHILE
Trabajando sobre esta realidad económica desintegrada, ODEPLAN dividió el país en 12 grandes regiones, cada una de ellas con su respectivo "polo" de crecimiento y con una actividad productora pivot. Debido a su gran extensión geográfica Antofagasta, Tarapacá y Magallanes pasaron a constituir unidades regionales separadas. Atacama y Coquimbo fueron agrupadas en una sola, debido a la escasa población y actividad económica de la primera y a las posibilidades de que la minería atacameña se integre con las áreas agrícolas de Coquimbo. Aysén, que por su inmensa extensión debió haber constituido una región aparte, fue anexada a Llanquihue, lo mismo que Chiloé. La escasa población de ambas provincias y el hecho de que dependan físicamente de Puerto Montt hizo necesaria la agrupación en una sola unidad regional.
En la zona central, destacan 3 polos de crecimiento bien definidos: Santiago, Valparaíso y Concepción. En torno de ellos se crearon otras regiones hasta totalizar 12 para todo el país. La agrupación de provincias se hizo en base a las características similares o a las posibilidades de complementación entre ellas. Influyeron en la clasificación consideraciones económicas, sociales y hasta históricas.
Las 12 regiones del país quedaron constituidas así:
I. TARAPACÁ
II. ANTOFAGASTA
III. ATACAMA Y COQUIMBO
IV. VALPARAÍSO Y ACONCAGUA
V. O'HIGGINS Y COLCHAGUA
VI. CURICÓ, TALCA, LINARES Y MAULE
VII. ÑUBLE, CONCEPCIÓN, ARAUCO, BÍO-BÍO Y MALLECO
VIII. CAUTÍN
IX. VALDIVIA Y OSORNO
X. LLANQUIHUE, CHILOÉ Y AYSÉN
XI. MAGALLANES
XII. ZONA METROPOLITANA (Santiago)
Sobre esta base han comenzado ya a operar las autoridades administrativas del país. Así, por ejemplo, mientras en la cuenca del Bío-Bío están en marcha proyectos de petroquímica y celulosa, la ampliación del Puerto de San Vicente y de la Central El Toro, los cinco intendentes de la región comienzan a reunirse periódicamente y los Ministerios más importantes crean oficinas zonales con gran autonomía. Es que el movimiento y la descentralización también se prueban andando.
DESARROLLO INTEGRAL Y DESCENTRALIZACIÓN
La macro-región de Santiago (que comprende las provincias de Aconcagua, Valparaíso, Santiago, O'Higgins y Colchagua) no necesita de estímulos especiales para seguir creciendo. ODEPLAN quiere desconcentrar la ciudad misma de Santiago, haciendo que las nuevas industrias se instalen en otros puntos de la región. Por eso, la FIAT se instaló cerca de Rancagua, la FORD en Casablanca y la RENAULT lo hará en Los Andes. Esto, junto a una política de reordenamiento urbano que consulta desde reconstrucción de barrios enteros hasta la puesta en funciones de la nueva supercarretera norte sur y el ferrocarril subterráneo.
En las demás regiones de la zona consolidada, es decir de Curicó a Valdivia, se busca que cada región alcance un crecimiento integral, es decir desarrolle diversos tipos de actividad económica: agricultura, industria, minería, servicios, para que no dependa de una sola. Se pretende así que cada región sea capaz de autosostenerse, es decir que no sea una carga para la comunidad nacional. Es, en cierta medida, el federalismo económico.
ESTÍMULOS Y COMUNICACIONES PARA LOS EXTREMOS
En todo el Chile por colonizar, la política que se está siguiendo persigue mejorar sustancialmente los medios de comunicación con el centro y crear estímulos poderosos que contribuyan a generar actividades económicas estables. Por eso, han nacido filiales de CORFO en Antofagasta (CORFO-NORTE), Chiloé, Aysén y Magallanes, dotadas de gran autonomía administrativa y con fondos propios que sirven para elaborar y poner en marcha proyectos de desarrollo a escala regional.
Gracias a la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL) las comunicaciones con los extremos del país han mejorado en términos prodigiosos, mientras que la flota de LAN, totalmente renovada, acerca los extremos del país entre ellos. La televisión es ya una realidad en Arica y Punta Arenas, mucho antes que en varias ciudades de importancia de la región central.
Ya están, por otro lado, bien avanzados los estudios para que el presupuesto del país se asigne en forma descentralizada, es decir por regiones. Ya se está llevando a la práctica esta revolucionaria medida en varias reparticiones públicas. En algún tiempo más abarcará a todo el aparato gubernamental.
Es muy prematuro todavía hablar de resultados. Pero no cabe duda que la batalla contra el centralismo, a pesar de no meter mucha bulla, va en serio y tiene buenas perspectivas de éxito para bien de las provincias y de la integración "por dentro" que Chile necesita.