Juventud, política y revolución: de la realidad a la esperanza
Una aproximación casi despiadada a las muchas juventudes que coexisten en Chile a fines de los años sesenta*
HALAGADA, DISCUTIDA, CRITICADA y hasta temida, la juventud es todo un personaje en el acontecer mundial y nacional. Verdaderas oleadas de hombres jóvenes —muchos de ellos recién salidos de la Universidad— están haciéndose cargo de puestos de gran responsabilidad en la conducción del país. La alarma cunde entre las personas mayores. "No hay que extrañarse. La población se hace cada vez más joven. Por eso la juventud lo invade todo" dicen tranquilizadoramente los sociólogos. Pero hasta la ONU le echa más leña al fuego: en un informe especial elaborado por la Secretaría General se vaticina que el "poder joven" se apoderará del gobierno del mundo antes del fin de este viejo siglo.
Los partidos políticos han descubierto el inmenso potencial oculto entre la masa juvenil. Y hacen lo posible por arrastrarlo a su molino. Otros proclaman la necesidad de otorgar derecho a voto a los 18 años, como una manera de permitir la participación política de la juventud. Pero aquí comienzan las contradicciones. "La juventud", ese ente que tanto atemoriza y que parece tener un poder enorme por el gran número de adherentes y por la voluntad de éstos por arrasar con todo lo viejo, es un fantasma.
JUVENTUD Y JOVENES
No existe como tal. Existen, claro está, miles, centenares de miles de jóvenes. Pero no están organizados. Por eso, son como el lobo, aquél del cuento o de la fábula. La juventud como tal no tiene fuerza, ni siquiera tiene rostro. Porque en una época en que todos se organizan, los jóvenes siguen aislados. Los empresarios y los agricultores, los trabajadores, las mujeres y hasta los pobladores y campesinos se organizan o están organizados. Se unen para defenderse y hacer pesar su opinión. Pero los jóvenes son los grandes ausentes.
Por otro lado, es fácil comprobar que a los jóvenes la política no les entusiasma. Un porcentaje infinitesimal se enrola en grupos políticos. La mayor parte tiene otros problemas, otras inquietudes. Están más preocupados de su "pequeño mundo", en el que incluyen sus problemas de afectividad (con los padres y el otro sexo), la angustia por el futuro, el deseo de amor, etc.
Los adultos no tienen pues muchas razones para estar alarmados. La juventud sigue siendo y será —a menos que se produzca un cambio demasiado radical— una enfermedad que se quita con los años. Por lo menos hasta que los jóvenes se organicen. Por ahora, sin tener un rostro propio, sin líderes naturales y sin ideas claras como juventud, hablar de "poder joven" es sólo pronunciar una frase impactante. O irónica.
LOS JÓVENES "IDIOTIZADOS"
Aparte de los grupos políticos, son los clubes deportivos las únicas organizaciones que atraen a la juventud. En especial a muchachos de sectores populares y medios. Estos grupos que tienen como centro de actividad la pelota y la cancha de fútbol poco tienen que ofrecer al joven como individuo. Acostumbran a agregar al nombre la calificación de "cultural". Es una presuntuosidad. Generalmente se trata de hacer correr a los muchachos detrás de la pelota hasta la extenuación y después ir a celebrar el triunfo o a pasar la pena al clandestino más cercano.
Por lo demás, resulta increíble que en una época en que los jóvenes se toman las universidades para exigir cogobierno, los clubes deportivos —expresión espontánea de organización popular— sigan en su inmensa mayoría dirigidos por adultos ya maduros. Así, en términos generales, pero no por eso menos exactos, los clubes deportivos —que son miles en todo el país— poco aportan a la formación personal y a la superación humana de los jóvenes que los integran.
Pero dejando de lado estas observaciones, después de señalar como hecho fundamental la falta de organización de la juventud, es preciso detenerse en el caso de los "jóvenes idiotizados". Ellos constituyen la masa inmensa, el porcentaje cercano al absoluto.
Las revistas juveniles constituyen la mejor expresión de este estado de cosas. Son de una pobreza de valores increíble. Ninguna de ellas trata los verdaderos problemas que afectan a los jóvenes. Parecen orientadas a desviar la atención y el interés de ellos hacia otras realidades y de satisfacer su sed de ídolos. Cuando se ha reprochado a sus directores por esta razón han respondido que por lo menos "apartan a la juventud de otras preocupaciones más peligrosas..." Pero en verdad, ellos forman parte importante de toda una maquinaria que tiene como fin último "idiotizar" a la gente joven.
Lo han conseguido, no cabe duda. Entre los "fans" más conmovedoramente fieles de los ídolos levantados por los traficantes de la juventud, se encuentran jóvenes y muchachitas de sectores muy modestos. Una joven de humilde aspecto contaba emocionada que había llegado a Pudahuel a pie desde Barrancas el día de la llegada de Salvatore Adamo. Como ella, muchas otras muchachas —nacidas en hogares mal constituidos, deficientemente alimentadas, sin posibilidades educacionales y carentes de contacto humano con sus padres— se evaden de una realidad sin horizontes. Y se sienten felices de que "su" cantante pueda disfrutar de tantas cosas con las que ellas no pueden ni soñar.
La sociedad de consumo —que algunos de ellos dicen vagamente repudiar— se los ha ganado enteramente para sí. Sus ídolos son los cantantes de moda; su preocupación fundamental, estar "in" en cuanto a moda, gestos y temas de conversación; su ideal de vida, el pololeo intrascendente y la fiesta del fin de semana. Cada uno trata de hacer realidad esta forma de vida de acuerdo a sus posibilidades económicas. Como muchos de ellos no pueden "darse el lujo" sienten una íntima frustración, punto de partida para una actitud de rebeldía que será después hábilmente aprovechada por los conocidos de siempre.
Demás está decir que hay fuerzas organizadas para sacar partido de este tipo de jóvenes. Una inmensa maquinaria publicitaria está en perpetuo movimiento para llenarse los bolsillos con esta juventud. Lo que venden son cantantes, calzado, discos, modas, revistas, etc., etc. Y en el fondo, una filosofía rabiosamente capitalista expresada a través de una sociedad de consumo. Los valores que preconiza esa sociedad no son muy diferentes de los que practicaban los ciudadanos de Roma en los tiempos de los emperadores.
REBELDÍA JUVENIL, RAÍZ INDIVIDUALISTA
El panorama no es mucho más alentador entre los jóvenes "concientizados", es decir entre quienes se autoproclaman críticos del sistema actual y se enrolan en determinados partidos políticos para denunciarlo, destruirlo y cambiarlo.
Dentro del grupo de los que actúan políticamente en el liceo o la Universidad, la mayoría no tiene clara conciencia del fin último de esta lucha. Están movidos principalmente por motivos cuya raíz es netamente individualista. El joven se siente frustrado porque la sociedad en que vive no le ofrece las posibilidades que él ve en otros o que se dan en otros países. Las incomprensiones con sus padres o las dificultades para "ubicarse" lo llevan a asumir una actitud de rebeldía y condena. Pero ella no es consecuencia de un examen racional del mundo. Reacciona porque se siente amenazado en SU futuro, en SU felicidad. Por eso, sus ansias de renovación no van más allá del revanchismo. Y su protesta es menos idealista de lo que se acostumbra a pensar o decir.
Los partidos políticos se preocupan poco de "purificar" la motivación de la rebeldía juvenil. Atrapados en la lucha electorera que ellos mismos se han impuesto, no tienen tiempo ni siquiera de formar doctrinariamente a sus jóvenes. De ellos hay que aprovechar el entusiasmo, el activismo. Por eso, se les enseña rápidamente algunas consignas y se les "utiliza". Importa poder galvanizarlos en contra de ciertos enemigos: la derecha, el Grupo Móvil, de Carabineros, los aburguesados, los "chuecos", etc. Y es importante también que conozcan luego todas las macuquerías y chanchullos tradicionales de la politiquería: censurar a una mesa presidida por contrarios aunque lo esté haciendo bien, robarse votos en una elección o pedir la salida de un profesor demasiado exigente en materia de estudios.
Desgraciadamente, el hecho de que la actitud de rebeldía de buena parte de los jóvenes tenga un origen personalista hace que ella resulte de poco alcance. Apenas "instalado" (en una "pega" conveniente) el joven siente que se han agotado los motivos de su rebeldía. Es una verdad mil veces comprobada. Los revolucionarios de ayer son prósperos burgueses hoy. "La rebeldía es una enfermedad de juventud... se pasa con los años" dicen filosóficamente. Algunos tratan de no romper con ese pasado. Y a pesar del "buen vivir" que llevan, se las ingenian para aparecer como revolucionarios porque eso da prestigio y está de moda. Así se sigue cumpliendo el viejo y cínico aforismo: "El que no es comunista a los 20 años es un insensible. El que a los 40 lo sigue siendo, es un imbécil". Habría que agregar que muchos lo siguen siendo a los 40. Pero que saben evitar muy bien eso de ser imbéciles.
LA VERDADERA REVOLUCIÓN
Curiosamente, ni los partidos políticos que se proclaman más revolucionarios son capaces de ofrecer a los jóvenes ideales de una profunda transformación. Denuncian injusticias evidentes de un régimen inhumano, acusan, censuran y proclaman la necesidad de un nuevo orden de cosas. Pero acentúan demasiado el aspecto "distribucionista" de la revolución en detrimento de la necesidad de cambios de valores.
Así, pareciera que el fin último de estos grupos fuera redistribuir la riqueza y acelerar el crecimiento económico de la sociedad: hacer crecer la torta y distribuirla mejor, como diría un economista. No cabe duda que en este aspecto está casi todo por hacer en Chile y América Latina, en donde las diferencias entre las diferentes clases sociales alcanzan dimensiones abismantes.
Pero una revolución que se queda sólo en eso, no es revolución. Porque no se trata de redistribuir la riqueza y dejar intactos valores burgueses tales como el hedonismo, el dinero, la felicidad individual. Se trata de construir un mundo nuevo con ideales nuevos que animen todas las estructuras sociales y económicas. La fraternidad, la vida en común, el servicio, la abnegación, la solidaridad deben ser los nuevos valores que primen en una sociedad auténticamente revolucionaria. La implantación de ellos marcará el comienzo de un mundo mejor, evolucionado no sólo en cuanto a estructuras sino que también en cuanto a moral. Ambos procesos son simultáneos, sin lugar a dudas. Pero son contados los políticos de los grupos revolucionarios que plantean las cosas así. La mayor parte de las veces se quedan con la revolución distribucionista.
Tal vez allí esté la causa de la feble solidaridad entre los diferentes grupos que hablan de revolución. La unidad popular, manoseado slogan de la última campaña, es nada más que una frase. Y mientras el 80% de la población pide que se haga la revolución, los "cambios rápidos y profundos" se hacen esperar. Los políticos de izquierda culpan a la "reacción, al momiaje, a la derecha económica". Pero ellos mismos afirman que ésta representa apenas a un porcentaje mínimo... ¿por qué entonces la revolución no se hace? ¿No será culpa del egoísmo e incapacidad de los que se llaman revolucionarios?
Resulta deprimente ver muchas veces junto a los casinos de las diferentes escuelas universitarias inmensos cartelones llamando a los estudiantes a colaborar con dinero con el movimiento huelguístico de una fábrica cercana. Generalmente la alcancía destinada al efecto queda vacía. Mientras tanto, la caja del casino traga billetes: son miles los sandwichs, pasteles y bebidas de fantasía que allí se consumen. Pero pocos se acuerdan de demostrar con algo más que con palabras la solidaridad con el mundo obrero. Otro tanto ocurre entre el mismo sector trabajador. Pocos son los gremios que acuden en ayuda efectiva de un sindicato que afronta una larga huelga y que necesita cooperación para poder resistir.
Rara vez los políticos "cantan las cosas claras" a los jóvenes. No les dicen cuál es el fin último de todo el activismo que despliegan. No les hablan de nuevos valores, de una nueva sociedad ni de una nueva conducta moral. Tampoco dan el ejemplo. Por eso es tan corriente ver a jovencitos revolucionarios que frecuentan las discotheques, drive-in, los balnearios más lujosos de la costa y que llevan una conducta personal que en nada se diferencia del más connotado "playboy" del mundo capitalista. Hablan de la dignidad del campesino, pero confunden a la empleada de la casa con una prostituta; se conduelen de la miseria del pueblo, pero fuman buenos cigarros, toman whisky y se visten "in". O, por lo menos, (si la situación económica de la familia no lo permite) tratan de pasarlo lo mejor posible. El mundo capitalista es asqueroso, pero tiene sus ventajas. Y hay que saber aprovecharlas.
La reciedumbre moral de estos jóvenes es bastante escasa. Contrasta sin duda con la del "Ché" Guevara, cuyo recuerdo en muchos casos prostituyen. Y bien han señalado algunos que a estos revolucionarios se les pasaría fácilmente el "arrebato" si, en el momento oportuno, se les ofreciera un manojo de verdes billetes o una rubia ligera de ropas y costumbres. Por cierto que hay excepciones. Pero por el hecho de ser excepciones son escasas. Y en muchos casos están por sobre los partidos políticos. Militaron en alguna época en ellos, pero se desilusionaron y se fueron. Como ellos hay muchos, en especial jóvenes. Todo un inmenso potencial revolucionario, oculto, silencioso, pero no por ello menos inquieto. Esperando la oportunidad...
¿EL GRANO QUE SE PUDRE...?
Sin embargo, no todo es tan negro. Hay grupos de jóvenes que piensan y buscan juntos. Tienen claro y quieren hacer la revolución verdadera. El problema reside en qué camino concreto seguir. Los hay en la Universidad Católica y en la Chile. Constituyen núcleos que se manifestarán de aquí a un tiempo más. Algunos de ellos siguen militando en partidos políticos. Otros se resisten a hacerlo. Pero los une el ideal último: hacer la auténtica revolución. Y eso, por el momento al menos, parece superar el esquema partidario hoy vigente.
Indudablemente, la acción concreta no admite esperas. Y todo lo que se haga en la línea de construir una sociedad económicamente más justa debe ser apoyado. Pero es insuficiente. No es todavía realmente revolucionario.
Esos grupos "pensantes" tendrán obligadamente que manifestarse dentro de poco. Cuando sus integrantes salgan a la vida pública y se resistan a "instalarse" como profesionales. Y ellos tal vez serán el núcleo en torno del cual se agruparán tantos que están vibrando con estos ideales. Hoy se encuentran solos, y hasta casi se avergüenzan de hablar de ellos. Pero tienen una inmensa voluntad de cambios y están dispuestos al compromiso. Son obreros, empleados y estudiantes. Esperan una señal. Y todo indica que ésta no la darán los partidos políticos tradicionales.
Esta juventud es la verdadera esperanza de una renovación a fondo de las estructuras y del espíritu de esta sociedad. Por ahora, el trabajo es de concientización y de preparación al compromiso. Nada espectacular. Pero, ¿no debe morir y pudrirse el grano para que surja la espiga y brille como el oro al sol?
* Entre los temas discutidos en el Seminario sobre Problemática Juvenil (Escuela de Verano de la Universidad Católica, 7 al 22 de enero de 1969) destacó el relativo a la política y los jóvenes. ¿Constituyen los jóvenes por el hecho de serlo una fuerza organizada y auténticamente revolucionaria? ¿Cómo es encauzada por los partidos políticos la actitud de rebeldía de los jóvenes? ¿Cuál es el origen de esta actitud?
Estas y otras preguntas tienen respuestas polémicas. Esta crónica que publicamos pretende ser una síntesis periodística sobre las ideas centrales planteadas en el referido Seminario. Ha sido hecha con la colaboración del Director del torneo, Sr. Enrique Cueto