Camino al andar
Marzo de 1992

"No les guía el amor a la verdad ni a la Iglesia"

Nuestra respuesta a la dolida y dolorosa acusación de quienes no se han percatado de que la comunidad de creyentes está en presencia de un golpe de Estado silencioso y en cámara lenta

UN DESTACADO MIEMBRO de la Jerarquía nos hace llegar una carta privada que contiene una grave acusación en contra nuestra. No la formula con ira ni prepotencia, sino con humildad y dolor. Hay más que respeto en sus palabras; hay afecto que agradecemos y nos conmueve.

Acogemos esta carta también con respeto por provenir de quien viene. Con cariño, por la solicitud que nos manifiesta. Con dolor por el fondo de la acusación que nos formula, dejándose guiar por su conciencia y el amor a la verdad. Le respondemos con el mismo espíritu y en la misma forma.

ACUSACIONES

"Cuánto siento el tono, al parecer irreversible, de áspera crítica con que el boletín trata a los obispos y la actitud complaciente respecto de colaboraciones en esa misma línea" apunta nuestro paternal acusador. Le duelen intensamente las acusaciones y críticas en contra de miembros de la Jerarquía que lectores, algunos de ellos sacerdotes y religiosas, nos hacen llegar, a menudo en forma anónima y que nosotros publicamos sin censura.

Especialmente dolido se manifiesta nuestro interlocutor por una carta publicada en el boletín en que se criticaba con dureza la orientación que Monseñor Cristián Caro impuso a un retiro para el clero que predicara hace algunos meses en Punta de Tralca. Asevera que esa nota contiene numerosas falsedades y que está llena de mala fe. "El editor debiera hacer un discernimiento de lo que publica o, al menos, formularle alguna observación" reconviene nuestro crítico.

"¿Por qué se dicen y propagan estas mentiras? ¿Qué mueve a quienes las urden y las propalan? Ciertamente no es el amor a la verdad ni menos amor a la Iglesia".

Continúa su severo enjuiciamiento en contra nuestra: ¿por qué dan cabida ustedes, con increíble facilidad, a rumores y conjeturas graves, como la supuesta "remoción" del Nuncio Einaudi? "El editor del boletín es periodista y sabe la responsabilidad que entraña hacerse eco de versiones infundadas".

En las páginas del boletín, todo es amargura y descalificación a los obispos y a la Santa Sede asevera nuestro crítico. A propósito de la actuación de la Santa Sede en Haití, tras el derrocamiento del Presidente constitucional, sacerdote Jean Bertrand Aristide, asegura que el Papa jamás ha retirado a ningún Nuncio de ninguna parte, ya que lo que pretende mediante estos personeros, junto con relacionarse, y no cortar puentes con los gobiernos, es brindar apoyo a las iglesias locales.

"Hago fervientes votos para que el boletín modifique la tendencia a descalificar y a acoger descalificaciones para los obispos y la Santa Sede. Esa orientación no puede menos que minar la comunión entre pastores y pueblo de Dios. Si yo veo algo malo dentro de la Iglesia y no tengo como remediarlo, nada sacaría divulgando esas cosas, faltando a la caridad. Más alcanzaría adorando al Santísimo".

CLIMA REPRESIVO

Muchas de las cartas que llegan a este boletín son, en rigor, anónimos, enviados por personas que dicen ser sacerdotes o religiosos. Pocas dudas caben acerca de que esto último es verdad, tanto por el lenguaje, las referencias bíblicas y las categorías conceptuales que utilizan los remitentes anónimos, como por el conocimiento que demuestran de entidades, instituciones o actividades de la Iglesia. En otros numerosos casos, las cartas vienen con firma responsable, pero con la solicitud expresa de que retengamos la identificación, por temor a eventuales represalias.

Se trata de una penosa manifestación de que en el seno de la Iglesia impera hoy en día un clima por completo desfavorable a la libre expresión de ideas, sentimientos y pareceres. La fraternidad se torna entonces muy difícil porque al interior de una familia no puede haber cariño y respetos auténticos si algunos de sus miembros tienen temor a expresarse.

Es sin duda arriesgado publicar cartas anónimas, pero cuando se tiene conciencia del clima que se va instalando a marchas forzadas dentro de la Iglesia, nuestra decisión aparece cuando menos comprensible desde el punto de vista ético. De otro lado, no nos sentimos autorizados a ejercer la censura en contra de quienes nos escriben, ya que consideramos que una sociedad, incluida la Iglesia, tiene mayores posibilidades de progreso humano y espiritual cuando las ideas se exponen y confrontan libremente.

Los involucrados en las situaciones denunciadas en nuestras modestas páginas, así como quienes discrepan de nuestras opiniones o de las de otros lectores, tienen la posibilidad, jamás regateada, de allegar antecedentes que desmientan a sus acusadores o de plantear sus propias ideas. El principio de que nuestros pastores deben responder no sólo ante Dios, sino también ante sus fieles, de lo que hacen o dicen, o de lo que no hacen o no dicen, puede parecer en extremo audaz, pero no cabría afirmar que resulta incompatible con el Evangelio ni con la práctica de la Iglesia primitiva.

RENDIRSE A LA EVIDENCIA

Por desgracia, la instalación del nefasto ambiente a que hemos aludido, y que constituye un agravio a lo que el Señor quiere de quienes estamos llamados a ser testigos de su amor en el mundo, no corresponde a un fenómeno aislado ni pasajero. Aunque durante un largo tiempo nos negamos a creerlo, hoy tenemos que rendirnos a la evidencia de que es manifestación directa de un proyecto que impulsa desde los comienzos de su pontificado el Papa Wojtyla y que, a despecho de las bellas palabras, busca en la práctica sepultar el Concilio Vaticano II.

Un gran número de obispos y sacerdotes tienen a estas alturas plena conciencia de lo que afirmamos, pero no pueden denunciarlo porque están obligados por solemnes juramentos de fidelidad y tienen miedo de ser degradados o de ver tronchadas sus carreras eclesiales.

Normas impartidas a mediados de junio por el Vaticano han acentuado la censura a que están sometidos obispos, sacerdotes, religiosos y teólogos católicos y han instado a los pastores de mentalidad más amplia a controlar a sus subordinados, a fin de aplastar toda expresión disidente. Observadores periodísticos han comentado que el Instructivo pone de manifiesto la creciente irritación del Vaticano por los ataques de ciertos teólogos en cuanto a temas como el poder papal y la proscripción eclesiástica de métodos anticonceptivos. El documento recuerda a los obispos que el derecho eclesiástico exige previa aprobación por un censor de ciertos textos y para lo que escriban los clérigos y miembros de institutos religiosos en diarios, revistas o periódicos que suelen atacar abiertamente a la religión católica o la buena moral. Las autoridades eclesiales que muestren debilidad en esta tarea tendrán que vérselas con los jerarcas vaticanos que con todo entusiasmo cumplen en nuestros días las funciones que otrora desempeñaba la siniestra Inquisición. Nos alegra dejar en claro que nosotros estamos a salvo de tales procedimientos.

El destacado miembro de la Jerarquía que ha criticado con paternal severidad la línea de nuestro boletín no alcanza a percatarse de que la comunidad de creyentes está en presencia de un virtual golpe de Estado silencioso y en cámara lenta por parte de un sector de la Iglesia que, movido seguramente por las mejores intenciones, pero sin ningún asco en los métodos, pretende completar en breve plazo el proceso restaurador a escala universal.

El Señor ha permitido en distintos momentos en el transcurso de los últimos veinte siglos que su Iglesia se hunda en abismos muy profundos, por corrupción, debilidad, miedo o mediocridad de los llamados a dirigirla. En los albores del tercer milenio afrontamos, sin duda, un momento en extremo difícil como Iglesia. La brecha entre la masa de creyentes y la Jerarquía se ha ampliado de manera tan silenciosa como rápida, en tanto que, por otro lado, justo cuando la humanidad descubre, tras dolorosas experiencias, la importancia de los derechos humanos y la superioridad ética y práctica de la democracia, Roma intenta imponer el autoritarismo y aplasta con mano de hierro las voces disidentes. Y hasta da la sensación de que si no envía a los críticos a la hoguera, es sólo porque el progreso de la sociedad civil impide la reedición de atentados tan brutales contra el Evangelio.

Cardenales, obispos, sacerdotes, frailes y monjas están pues condenados al silencio. Son la parte que cuenta dentro de la Iglesia. Los laicos, bien lo sabemos, somos una masa inerte que ha estado por siglos sometida a los dictados de la clase eclesial, con excepción, por cierto, de aquellos que poseyesen poder, económico, militar o político. Vale la pena apuntar que esta distancia enorme entre pueblo de Dios y Jerarquía no obedece a criterios evangélicos ni se daba en las primeras comunidades cristianas, sino que es consecuencia de criterios excesivamente mundanos que fueron incorporándose con el paso de los siglos.

Sin embargo, a diferencia del pasado, hoy en día existe al interior de la Iglesia un segmento de fieles dotados de alguna preparación humana y religiosa, cuya vida material y desarrollo no depende de ingresos ni de vistos buenos que les dispense la Jerarquía. A nosotros no nos pueden hacer callar porque carecen de instrumentos para silenciarnos y porque no nos interesa obtener ninguna canonjía, ni palio, ni capelo, ni cátedra.

TAREA PARA LAICOS

¿Qué podemos hacer los laicos que pertenecemos a ese segmento y que, por consiguiente, tenemos algún grado de conciencia acerca de estos hechos y que, no obstante nuestro pecado y limitaciones, nos sentimos también responsables de esta Iglesia nuestra? Por cierto, nuestra primera obligación es la plegaria, con lágrimas en los ojos tal vez, con tono de imprecación acaso por lo que está sucediendo en la Iglesia, pero constante y fervorosa. Segundo, es imprescindible que nos ejercitemos en el amor hacia quienes utilizan abusivamente las desmesuradas cuotas de poder que concentran al interior de la Iglesia. Si el Señor nos urge al amor hacia nuestros enemigos, con mucha mayor razón estamos llamados a demostrar en los hechos este sentimiento hacia quienes son, como nosotros, miembros de su Iglesia. ("En esto conocerán los demás que sois mis discípulos...").

Por último, aunque en rigor todo debe hacerse en forma simultánea, es imperioso que emprendamos una lucha no violenta, perseverante y de largo aliento, para denunciar estas situaciones, aprovechando todas las instancias y tribunas que se nos ofrezcan o que podamos tomarnos, de forma de crear conciencia al interior de la Iglesia y de sentar las bases de un profundo cambio.

Puede parecer una pretensión desmesurada, propia de mentes que han perdido todo el sentido de las proporciones. Sin embargo, la historia reciente comprueba que grandes transformaciones sociales, políticas y económicas han tenido comienzos en extremo frágiles y presentaban en esa etapa muy pobres perspectivas. De otro lado, la insularidad en que nos movemos los católicos chilenos nos impide saber que ya en otras partes del mundo grupos crecientes de laicos están repudiando los atropellos de Roma y organizándose para exigir respeto a sus derechos de miembros de la Iglesia.

Nos preguntarán algunos por qué, si estamos tan disconformes, no emigramos, por qué no nos vamos a otras iglesias. De hecho, millones de católicos valiosos, hastiados de las posturas y procedimientos que impone la restauración vaticana, se han marchado en silencio en los últimos años de la Iglesia, aunque procuran mantener su fidelidad al Evangelio. Otros siguen participando en la vida litúrgica, pero actúan según lo que les dicte su propia conciencia en asuntos altamente controvertidos y en los que Roma ha pretendido imponer sus dictados.

Guardando todas las proporciones, nos parece aconsejable seguir el ejemplo del afamado teólogo y hombre de ciencia que fue Pierre Teilhard de Chardin, uno de los precursores de las grandes ideas que habrían de materializarse en el Concilio Vaticano II, lo cual le valió persecuciones incesantes e incluso morir en el exilio eclesial. "Tendría la sensación de traicionar a todo el Universo" contestó a uno de sus colegas científicos que le preguntó extrañado por qué no abandonaba de una buena vez una Iglesia tan oscurantista y que le profesaba un trato tan irrespetuoso.

EL CASO BOFF

Cuando hilvanábamos estas reflexiones se dio a conocer la decisión del destacado teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los promotores de la Teología de la Liberación, de abandonar el sacerdocio. En su carta, Boff relata la incansable persecución de que ha sido víctima por parte del Vaticano desde 1971 por su intento de armonizar el mensaje de la Iglesia con las exigencias de la justicia social, afirmando que la Jerarquía ejerce su poder en forma cruel y despiadada. Sin embargo, ruega no abandonar la lucha para evangelizar la Iglesia institucional.

"Dejo el ministerio presbiterial, pero no la Iglesia. Me aparto de la Orden Franciscana, pero no del sueño fraternal de San Francisco de Asís. Continúo y siempre seré teólogo, contra la pobreza y en favor de la liberación". El hasta hace poco fraile franciscano, de 53 años de edad, asegura que todo tiene un límite y que en la persecución en su contra los jerarcas vaticanos han atropellado la dignidad y la libertad a las que tenía derecho como persona.

En el último tiempo Boff perdió el apoyo que siempre había tenido de sus superiores en Roma, asustados ante el asedio de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y de la Conferencia Episcopal brasileña, cuyo perfil ha ido cambiando en forma acelerada, ante el nombramiento de una oleada de nuevos obispos de orientación conservadora.

Un alto personero vaticano, que está muy poco después del Papa en la línea jerárquica y cuyo nombre callaremos por vergüenza ajena, tuvo la innoble reacción de decir que Boff era una Judas para la Iglesia. Otros funcionarios de la corte romana comentaron a los periodistas que el teólogo brasileño proyectaba contraer matrimonio, en un pobre intento de escamotear el problema de fondo que explica su renuncia. ¡Estos son los métodos que utilizan los superiores de algunos de quienes critican el lenguaje y la orientación de nuestro boletín!

SEMBRAR ENTRE LÁGRIMAS

Abandonar la Iglesia ante la ofensiva restauradora puede para muchos laicos ser lo más fácil. Pero tal vez el Señor espere de nosotros una decisión más difícil, como es la de permanecer en ella para resistir con métodos no violentos la ofensiva restauradora. Los laicos conscientes y maduros (aunque no por eso menos pecadores), hasta ahora la piedra que la Jerarquía había desechado, podemos muy bien estar llamados a constituirnos en un elemento clave de este proceso, sin perjuicio de nuestra obligación de contribuir a la construcción de un mundo más humano.

Nuestro modesto boletín, cuya pequeñez y fragilidad resultan evidentes, por lo que no debiera causar inquietud a ningún miembro de la Jerarquía, quiere servir a esta causa. En forma deliberada lo hemos hecho de porte severo, con pura lectura, sin ningún elemento visual que atraiga la atención fácil, porque sólo queremos llegar a quienes están preparados para asimilar su contenido, de modo que les ayude a la reflexión y al compromiso. Mientras el Señor lo permita, perseveraremos en esta tarea. Y si no es posible continuarla, el esfuerzo no se habrá perdido. Al fin y al cabo, estamos seguros de que el Espíritu está suscitando en muchas partes, dentro de la comunidad universal de creyentes, iniciativas y actitudes semejantes a las nuestras. Ellas han de abonar, con el dolor y las humillaciones a que debemos estar dispuestos, el terreno para el surgimiento, pronto o mucho más adelante, de una Iglesia que sea espacio de libertad y fraternidad para todos los que creemos en el Cristo Resucitado y un instrumento más creíble de anuncio del Evangelio al hombre de principios del tercer milenio.