Amor de pareja, pastoral ineludible para las iglesias cristianas
NO MUCHO TIEMPO atrás, aunque la convivencia entre los cónyuges fuera un infierno, el matrimonio era para toda la vida. Hoy en día se ha convertido en buena medida en desechable, lo mismo que la relación informal, al punto que a menudo se habla de “la actual pareja“ de fulano o zutana. Hoy están juntos, mañana quizás.
Por mucho tiempo se pensó que la infelicidad y quiebre de los matrimonios eran fruto de los tabués sexuales. La pareja no sabía cómo procurarse placer y ello conducía a la rutina y el fracaso. Si eso fuese cierto, los jóvenes de hoy estarían a salvo del problema. A juzgar por lo que se ve en la tele, la internet y las redes sociales, ellos e incluso los treinteañeros han superado las “trancas” que atormentaron a sus padres y abuelos. Pero los quiebres abundan no sólo entre matrimonios que acumulaban largos años de convivencia, sino también entre los jóvenes, causando a menudo intenso dolor al menos a una de las partes, e incluso tragedias estilo femicidios.
Además, Chile figura entre los países con la mayor tasa de suicidios juveniles, en tanto que el alcoholismo, el tabaquismo y el consumo de drogas exhiben elevados índices y van en aumento. Parece que pese al auge del consumo y el destape no somos demasiado felices.
Muchos tienen la suerte de una nueva oportunidad en el amor de pareja. Sin embargo, con frecuencia las heridas y traumas de la anterior experiencia, cuando no la existencia de hijos, influyen negativamente. Para qué hablar de la presión de consumismo y la influencia negativa que a menudo ejercen las familias de cada miembro del binomio.
La situación reviste enorme gravedad porque la pareja es una de instancias privilegiadas para vivir el amor. Ello supone tomar en serio a una persona de carne y hueso para acogerla y ser acogido, comprender y ser comprendido, perdonar y ser perdonado. De esa pareja aprenderán los hijos lo que es el amor, un producto que no se vende en los malls ni supermercados, porque no tiene precio.
AYUDAR A VIVIR EL AMOR DE PAREJA
En este escenario, las iglesias cristianas en general debieran desplegar sus mejores esfuerzos para ayudar a los fieles a vivir mejor esta experiencia. “Yo he venido para que ustedes tengan vida… y vida en abundancia”, proclamó el Señor. El amor es vida. Ayudar a vivir mejor el amor, sin ignorar sino reconociendo nuestras pequeñeces e imperfecciones, es una manera privilegiada de anunciar al Señor y su buena noticia.
Por eso urge que nuestras iglesias creen espacios de diálogo y acompañamiento para quienes viven o aspiran a vivir el amor de pareja. Se trata de favorecer el intercambio entre personas de distintas edades, con disímiles experiencias de vida en pareja, sin discriminaciones que son contrarias al Evangelio, diálogo que debe ir acompañado de reflexión, convivencia y oración. Es indispensable que estas comunidades tengan un carácter ecuménico, es decir abierto a personas de todas las iglesias cristianas, sin ningún afán de proselitismo.
Estos grupos no tienen en absoluto la intención de reemplazar ni a psicólogos ni psiquiatras, sino solo, lo que no es poca cosa, brindar apoyo humano y espiritual a quienes afrontan una crisis de pareja o han sufrido la ruptura de ese vínculo e instar a unos y otros a la autocrítica esperanzadora, al perdón y al recurso a la ayuda especializada si ello es indispensable.
Los grupos de este tipo valoran altamente el amor de pareja y por eso sus animadores, sean sacerdotes o laicos, han de procurar con delicadeza que las parejas en crisis se abran a la posibilidad de perdonar agravios mutuos y de solucionar en la medida de lo posible sus problemas, mostrándoles que los costos de las rupturas, en términos afectivos e incluso económicos, son a menudo abrumadores, en especial cuando hay niños. La intención básica es apoyar todo lo posible a las parejas en conflicto, pero si sus integrantes descubren que deben separarse o divorciarse el mensaje será que lo hagan con la menor violencia y el menor resentimiento de que sean capaces para que idealmente puedan en el largo plazo relacionarse como amigos, máxime si hay hijos en común.
A quienes viven una nueva oportunidad se los habrá de ayudar a no repetir errores, a reconciliarse de corazón con sus ex, a vivir en la mejor forma las relaciones con los hijos y a considerar como un regalo de Dios la reaparición del amor. A quienes buscan o añoran una pareja, se intentará ayudarles a no precipitarse y a definir en la mejor forma qué es lo que esperan y por qué.
Este es un trabajo pastoral que apunta de preferencia a gente que no tiene una militancia cristiana activa y que mira con desconfianza el involucramiento de clérigos en temas de pareja, sexo y amor. Por eso es que resulta de importancia que a su cabeza esté un matrimonio laico, cuyos integrantes hayan conocido muchas peripecias vitales.
La libertad de conciencia será escrupulosamente respetada, insistiendo siempre en la responsabilidad personal: Podemos aconsejar, opinar, pero nunca imponer ni condenar en nombre del Señor.
Con todo, estamos pensando en grupos o comunidades que no esconden su sello cristiano, de clara vocación ecuménica, que no cabe confundir con un club de amigos. Inspira su quehacer en el Evangelio, sesiona en las dependencias de una iglesia y termina sus reuniones con una lectura de la Palabra y una oración, incluido el Padrenuestro. Pretende en definitiva acercar a los asistentes a un encuentro más profundo con el Señor y que el paso, breve o prolongado por el grupo, ayude a cada cual a crecer espiritualmente.