Tiempo para escuchar
A la entrada de la vejez el autor comienza a hacer un balance preliminar de su existencia
EN VÍSPERAS DE mi cumpleaños 66 años quiero pedirte como regalo algunos minutos de tu tiempo para escuchar algunas confidencias sinceras acerca de cómo estoy y cómo estoy viviendo el inicio de mi vejez. Quiero ir más allá del intercambio epidérmico de los saludos telefónicos de rigor en estos casos.
Retirado hace un par de años del periodismo me percato que se agrava por doquier la incapacidad de escuchar. El auge de las redes sociales (me encanta suponer que fui un pionero de las mismas en Chile a fines del siglo pasado), ha convertido a millones de personas en emisoras de mensajes. La abrumadora mayoría de ellos, sin embargo, están cargados de insultos e ira, aparte de que exhiben con desenfado el analfabetismo funcional de sus autores. Los destinatarios de estos mensajes apenas los leen, limitándose la mayoría de las veces a responderlos con insultos que dejan de manifiesto escasa creatividad y un lenguaje excrementicio, propio de los estadios a los que los chilenitos concurren con entusiasmo digno de mejor causa.
Incluso en contactos entre personas más cercanas o emparentadas por vínculos de sangre o culturales (ideología, política, religión), el acto de escuchar se limita a menudo a una mera cortesía. En lugar del esfuerzo por entender sus razones y sentimientos, se impone casi de inmediato el comentario enjuiciador y a menudo descalificador. En las escasas oportunidades en que los encuentros familiares o amistosos superan el intercambio banal, el chiste fácil apabulla al que quiere hacer partícipe de sus experiencias o emociones a sus familiares o amigos
Después de 45 años ligado al periodismo pensé que me iba a doler retirarme a mis cuarteles de invierno. La verdad es que ahora, al comprobar la precariedad de la formación académica de mis colegas jóvenes y la degradación incesante en que ha caído esta profesión, me llega a dar vergüenza decir que soy o fui periodista. Así que he tomado la decisión de presentarme como gásfiter jubilado. Desde el momento mismo que formulo este anuncio sé que no seré capaz de cumplirlo.
Alguien me decía que por qué no trataba de canalizar mi experiencia profesional hacia la docencia universitaria. Pero un par de visitas efectuadas hace algún tiempo a planteles de enseñanza superior, como se dice pomposamente, bastaron para convencerme de que si la calidad de la educación experimentase una mejora sustancial, lo que supone mayores exigencias, el 75% de los muchachos quedarían fuera del sistema. Es que no hay educación de calidad si por demagogia los adultos dejamos de advertir a los estudiantes que la disciplina, el esfuerzo personal y la honestidad son cruciales para tal propósito y para convertirnos en mejores personas.
La historia no se cansa de enseñarnos que las revoluciones y transformaciones drásticas conducen casi siempre a la frustración y que el progreso moral de la humanidad es muy gradual, si es que hay alguno en el largo plazo. Por eso me impresiona ver que tantos, algunos nada de jóvenes, siguen aferrados a consignas que han mostrado su ineficacia, cuando no su carácter letal. Es que cuando tratamos de construir el paraíso en la tierra, terminamos instalando el infierno.
Me digo que yo mismo, con las mejores de las intenciones, dediqué muchos de los mejores años de mi vida a promover utopías y sólo recientemente he llegado a convencerme de que ningún proyecto sociopolítico puede ignorar que “el hombre es el lobo del hombre”, que “el infierno son los demás”. La vieja enseñanza del catecismo de hace sesenta años según la cual llegamos al mundo con la carga del pecado original cobra a mi juicio plena vigencia.
Ahora tengo claro que cuando se establece la democracia, con todas las imperfecciones, insuficiencias y vicios que son propios de las instituciones humanas, las diferencias entre las distintas opciones son muy menores, sobre todo porque el rango de maniobra de quienes acceden al poder es menguado. Respeto a quienes continúan esforzándose por empujar el carro de la historia a través de un compromiso militante con partidos o movimientos sociales, pero me parece que son un tanto ingenuos.
Por otro lado, me parece que la televisión, cuyo nivel ético y cultural es ahora abyecto, según lo que leo en la prensa escrita, se ha convertido en la verdadera escuela pública gratuita a la que tienen acceso indiscriminado la abrumadora mayoría de los chilenitos, partiendo por los niños y adolescentes. Sus contenidos debieran ser el blanco principal de quienes dicen estar empeñados en el mejoramiento de la calidad de la educación, la cual en los tiempos actuales se imparte en buena medida al margen de los canales formales.
Antes iba a Santiago con frecuencia, por razones no sólo profesionales, sino también culturales, pero este año he ido apenas cuatro o cinco veces, y todas de entrada y salida. No tengo ningún contacto con excompañeros o discípulos. Mi deseo de aislamiento es tan grande que a veces, cuando en alguna callejuela de Valparaíso o en el Marina Arauco de Viña del Mar diviso a alguna persona que conocí en mis años de actividad, cruzo al frente para evitarme preguntas impertinentes acerca de qué me he hecho o a qué me dedico.
Desapego es, por tanto, la palabra que mejor define mi relación con el mundo. Tampoco el festival del consumo me moviliza. Sigo teniendo el mismo Mazda que compramos hace casi 9 años y nuestro patrón de gasto es modesto para lo que podríamos tener. Dejé hace tiempo de ir a la ópera en Santiago y la ropa me interesa tan poco, que en ocasiones mi esposa se molesta al ver que sigo usando la misma chomba que me regaló a poco de habernos conocido en 1999.
Aparte de cumplir labores domésticas, el grueso de mi tiempo lo consagro a mi empresa, cuya actual estructura demanda demasiada atención, así que ahora he decidido vender la chorrera de pequeñas viviendas, tarea que tomará un buen tiempo, supongo, pero que me liberará de lidiar con arrendatarios incumplidores, abogados, notarios, contadores, corredores, gasfíteres, pintores, etc.
El resto de mi tiempo lo dedico al condominio, de cuyo comité de administración formo parte y donde compruebo a diario lo difícil que es ponerse de acuerdo para cualquier cosa; a mi pequeña comunidad cristiana luterana y a mi interminable aprendizaje del francés, al que me entrego con una constancia conmovedora, como si la lengua de Molière estuviese llamada a convertirse en la oficial del Paraíso
Aguardamos expectantes con la querida Miriam la llegada de marzo de 2013, cuando ella deje de trabajar como profesora. La indefensión en que se encuentra los maestros frente a un porcentaje creciente de niños y adolescentes que han crecido a la que te criaste, y la prepotencia o insolencia de sus padres, tornan muy ingrato el quehacer docente, Disponemos de los medios para liberar a Miriam de ese yugo y gozar así de más tiempo para nosotros, a fin de disfrutar de pequeñas alegrías y satisfacciones. No tenemos verdaderos amigos, así que será tiempo principalmente para nosotros y para algún trabajo de promoción humana en nuestra iglesia.
En los últimos meses la artrosis me ha comenzado a dar zarpazos dolorosos, que sumados a otros achaques han erosionado la confianza en mí mismo. Cada vez siento con mayor frecuencia la inquietud por el futuro, el temor a qué hacer ante el ataque de una enfermedad, un accidente, la dependencia física.
Me gustaría que nuestra familia fuese más cercana, tierna, amable. Quiero creer que el hecho de vivir hace 20 años, sí, 20 años, en una ciudad como Santiago, que está cerca de Viña del Mar, pero nunca tanto, ha sido un obstáculo para que yo asumiera un mayor compromiso en tal sentido.
Me apena pensar que mi querido hijo Claudio y mis nietos Alex y Max vivan tan lejos y que el contacto con ellos esté condenado a seguir siendo episódico, lo que se agrega a la brecha casi infranqueable que existe hoy en día entre las distintas generaciones. Pero me digo con resignación que este destino de ser padre (y abuelo) distante quedó sellado para mi hace décadas y me seguirá marcando hasta el final de mis días.
Sea como fuere siento, sentimos con Miriam, que llevamos una vida mucho mejor que la abrumadora mayoría de nuestros semejantes. Evoco los versos del gran Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!”
Espero que ese camino ayude a prepararse para afrontar, con dignidad y en paz, la enfermedad y la muerte, que es el mayor desafío para un hombre que entra en la tercera edad. Pido a Dios que me conceda esa gracia.
Bueno, me parece que ya he lateado en exceso, aprovechándome de la ocasión. Gracias por tu paciencia y capacidad de acogida de mis sentimientos, intuiciones, prejuicios y razones. Gracias por tu afecto fraternal sin condiciones, como el que yo siento por ti y cada uno de mis hermanos.
En vísperas de mi cumpleaños 66, termino con un recuerdo para nuestro papá, cuya partida me sigue doliendo porque fue durante largo tiempo un interlocutor constante, y a mi madre, por todos los sacrificios y esfuerzos que desplegó con la mejor voluntad y las más nobles de las intenciones por hacer de mí un buen hombre. Ella sabe que el Señor nos juzgará más por nuestras intenciones que por los resultados de nuestras acciones.