La urgencia del diálogo entre laicos cristianos
Los escándalos de abusos sexuales protagonizados por numerosos clérigos católicos en diversos países del mundo ofrecen la oportunidad de un avance del laicado para hacer oír mejor su voz incluso en otras comunidades cristianas
NO ES NECESARIO tener una mente afiebrada para suponer que hay quienes desean deshacerse del papa Francisco, incluso mediante el asesinato.
Están, de partida, los perjudicados por la intervención que el Santo Padre ha dispuesto del Instituto para las Obras de Religión, que bajo su pío nombre ha sido por largo tiempo un banco que amparaba masivos lavados de dinero y otros turbios negocios. Debe haber, en consecuencia, un buen número de mafiosos dispuestos a pagar a un asesino a sueldo para arreglar cuentas con este hombre vestido de blanco.
Igualmente revolucionario, y por ende peligroso para la integridad física del Papa, es su convocatoria al Sínodo sobre la Familia. En sí mismo parece un evento rutinario, ya que todos los pontífices organizan encuentros de centenares de cardenales y obispos de todo el mundo. Este sínodo se propone abordar temas como la sexualidad, los métodos anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, la fertilización asistida, etc. La novedad absoluta es que el Papa ha dispuesto que en el evento tengan cabida no sólo los planteamientos de altos personeros clericales y expertos, sino que ha pedido expresamente recoger el pensar y sentir de los fieles, es decir de todo el Pueblo de Dios, acerca de estas materias.
Durante siglos los fieles han sido simples ovejas, que escuchaban en silencio las prédicas y enseñanzas de curas, obispos y el Sumo Pontífice. Hoy, por primera vez, son llamados a expresarse. La decisión de Francisco es tanto más riesgosa porque los resultados de las consultas difundidos por diversos episcopados nacionales confirman el terrible divorcio que existe entre las enseñanzas oficiales de la Iglesia, es decir las posturas de sus obispos, y lo que piensan los fieles.
No estamos hablando de la brecha entre lo que sabemos bueno y lo que hacemos en la práctica. Ya San Pablo confesaba humildemente que él a menudo, queriendo obrar el bien, hacía el mal, incoherencia que se explica simplemente porque somos todos pecadores. La gravedad de la discrepancia que se viene gestando desde hace décadas y reside en que muchas actitudes o actos que la Jerarquía condena o mira con sospecha son aceptados como buenos o al menos aceptables por los católicos en general.
La mayoría de los fieles considera lamentable que un matrimonio se quiebre, pero piensa que los ex cónyuges tienen derecho a rehacer sus vidas y no por ello ser castigados con la exclusión de la Eucaristía. Valoran altamente la vida, pero creen que en determinadas circunstancias el aborto no debe ser penalizado, del mismo modo que se exime de la acusación de asesinato al joven soldado que mata para impedir que su enemigo lo mate. Piensa la mayoría de fieles católicos que los hijos son un regalo de Dios, pero considera un derecho utilizar métodos anticonceptivos para planificar el tamaño de sus familias Han llegado muchos católicos a convencerse de que los homosexuales son hijos de Dios y que, por lo tanto, no merecen ser víctimas de cruel discriminación. No creen que la masturbación sea pecado ni critican a las parejas que viven juntas antes del matrimonio pus ello permite a los novios probar si están de veras preparados para adoptar la trascendente decisión de casarse, incluso ante el altar.
Los puristas han reaccionado alegando que las normas morales no pueden ser definidas siguiendo la voz de la calle. Sin embargo, la Iglesia es en esencia una comunidad de creyentes y pecadores, entre todos los cuales, y no solamente en el clero, sopla el Espíritu Santo. En virtud del bautismo, todos los fieles somos sacerdotes, profetas y reyes, por lo que la existencia de una casta que monopoliza la interpretación de la Palabra de Dios y de los signos de los tiempos atenta contra la integridad de la Iglesia.
Y si algunos puristas consideran que el Pueblo de Dios está conformado por demasiados individuos que se dejan llevar por sus bajas pasiones y por el facilismo en materia de costumbres, de modo que sus opiniones acerca, por ejemplo, de la sexualidad y la crianza de los hijos no debieran ser tomadas en cuenta. En las últimas décadas, las revelaciones de la conducta desviada y abusiva en materias sexuales por parte de miles de clérigos a través del mundo han sido causa de grave escándalo y de un enorme desprestigio de la Iglesia y, desgraciadamente, de la religión en general.
Pedir a los fieles comunes y corrientes que opinen acerca de cómo tratan de vivir su vida cotidiana supone una audacia enorme por parte del papa Francisco porque este ejercicio dejará al descubierto el juicio desfavorable que los católicos en general tienen respecto de los obispos. Aunque no lo dicen abiertamente, pues siempre la Jerarquía de la Iglesia ha evitado crear instancias para escuchar la voz de sus laicos, la verdad es que éstos consideran que los pastores en general están desencarnados. Es decir, a diferencia de Jesús, que se hizo uno de nosotros, los obispos y clérigos en general no viven con los pies en la tierra. Este divorcio entre fieles y Jerarquía al interior de la comunidad de creyentes hace germinar la desconfianza y la falta de diálogo.
Al consultar al Pueblo de Dios en temas tan candentes (no se pregunta acerca de la virginidad de María ni sobre cuántos ángeles pueden posarse sobre la punta de un alfiler) Francisco abre una puerta que difícilmente alguien podrá volver a cerrar. Si la opinión de la abrumadora mayoría de los laicos es ignorada, se suscitará una desoladora frustración entre los fieles. Se acentuará la percepción de que pese a todo el empeño del actual papa, la Iglesia no puede renovarse y será incapaz de seguir acompañando con su mensaje a la humanidad a medida que esta se aventura por el tercer milenio.
Por el contrario, la escucha humilde de las opiniones del Pueblo de Dos por parte de los obispos conducirá a modificaciones en enseñanzas, posturas y actitudes, como las ha habido en tantas ocasiones a lo largo de la historia de la Iglesia. Hasta hace apenas algunas décadas no había misa de difuntos para los suicidas. Recién tras el Concilio Vaticano 2 se introdujo en la definición del matrimonio católico el concepto del amor de pareja. San Pablo aconsejaba tratar bien a los esclavos, mientras predicaba a las mujeres que debían estar sometidas a sus maridos. Para no mencionar que la Iglesia consideró por siglos como dogma de fe que la Tierra era el centro del universo y que la democracia era incompatible con la fe. O que la pena de muerte y la tortura eran aceptables, según los jefes de la Inquisición. Son algunos de tantos ejemplos de que el Evangelio es inmutable, pero no la forma de interpretarlo y aplicarlo.
Esta masa amorfa que son los laicos, carente de autoestima y del sentido de la responsabilidad que le cabe en la Iglesia, debe convertirse en Pueblo de Dios, ya que sin este no hay verdadera Iglesia. Pero ello exige con urgencia crear instancias en las que los fieles puedan entrenarse en el arte de intercambiar experiencias y opiniones acerca de cómo vivir la fe en el siglo XXI, en un contexto, al menos en Occidente, de sistemático avance del ateísmo militante o la indiferencia casi burlona.
Se trata de un desafío difícil pues los laicos no están habituados a conversar entre ellos sobre la forma de vivir su fe. Sólo lo hacen en pequeñas comunidades de militantes, casi siempre bajo la mirada vigilante de un comisario (el sacerdote, diácono o pastor), lo que inhibe la sinceridad de los intercambios. Por eso mismo, tienen escasa experiencia en materia de tolerancia. Porque yo puedo creer que el sacerdocio está reservado solo a los varones, pero debo aceptar que hay otros cristianos, que tienen la misma fe que yo en Jesucristo y el Evangelio, que están de acuerdo, por ejemplo, con la consagración de mujeres como obispas y con el acceso de homosexuales al sacerdocio.
La decisión del papa Francisco debiera dar impulso a la creación de grupos de creyentes interesados en profundizar en su fe, Mejor todavía si en esos grupos participan cristianos de diversas denominaciones. Hasta el momento, el grueso del trabajo ecuménico ha sido asumido por clérigos, comprobación patente de la escasa importancia que la mayoría de las iglesias otorga a los fieles comunes y corrientes.
Las iglesias en general mantienen numerosas asociaciones o comunidades en las que sus fieles se forman y procuran vivir mejor su fe. Pero cada oveja con su pareja, es decir la apertura hacia cristianos de otras denominaciones es débil y vacilante. En buena medida ello obedece al afán de los clérigos de asegurar la integridad de sus diezmados rebaños.
Una decisión tan profética como la que ha tomado Francisco respecto del Sínodo de la Familia debiera ir acompañada de un cambio de actitud entre los laicos cristianos más conscientes. Estos debieran jugársela por crear instancias para el diálogo entre ellos y, simultáneamente, de entablar relaciones de amistad y respeto con fieles de otras confesiones. Todos podemos aprender de nuestros hermanos, aunque no compartamos el 100% de sus creencias, liturgias o costumbres. Conocer a los otros, enterarse de lo que piensan o creen es el primer paso para el respeto y el mutuo aprecio.
En cada ciudad debiera surgir alguna iglesia que se atreva a dar el primer paso, mediante la promoción o facilitación de encuentros periódicos de diálogo y oración entre cristianos de distintas denominaciones, al margen de todo afán proselitista o de manipulación. Eso significa, claro, asumir el costo de distraer energías y fieles que hasta ahora se ha preferido destinar a tareas puertas adentro, a favor del crecimiento de cada iglesia específica. Y significa, por cierto, exponerse al fracaso y la incomprensión.
Sin embargo, este empoderamiento de los laicos y del diálogo entre fieles de diversas iglesias cristianas puede a la larga constituir un signo profético y un aporte notable a la revitalización de la fe, en la línea de lo que procura el papa Francisco.
Por desgracia, no cabe cifrar esperanzas en la rama más numerosa de los cristianos no católicos en Chile, que son los pentecostales. Han dado ellos muchas muestras de un espíritu anti ecuménico. Pero están las iglesias católica, anglicana, ortodoxa, luterana bautista, entre otras.. ¿Alguna de ella tendrá la audacia de tomar la iniciativa?