Camino al andar
Agosto de 2000

Pinochet desaforado

Sea cual fuere la histórica decisión de la Corte Suprema, queda claro que la justicia no la imparte una diosa con los ojos vendados, ajena a la sociedad y sus circunstancias

NO SOLO LA mayoría de los abogados, sino en general quienes se precian de maduros suelen transmitir, y ellos mismos se creen, el lugar común de que existe la Justicia así con mayúsculas. Poco menos que Dios mismo actuaría a través de los tribunales, los cuales apreciarían los hechos y emitirían sus fallos con entera libertad, al margen de la evolución de la sensibilidad y el contexto político de una sociedad.

Otros especímenes intentan hacernos creer que los tribunales se limitan a una aplicación racional y casi mecánica de las normas legales que dictan el Congreso y el Ejecutivo. Uno alimenta el computador, entregándole informaciones y datos, y la máquina judicial emite un veredicto, el cual está a salvo de las presiones de los poderes fácticos y de sesgos atribuibles a la pequeñez humana.

Tanta seriedad para concebir la esencia de los tribunales mueve a risa. Porque el caso Pinochet comprueba patéticamente que incluso con las mismas leyes de hace diez o quince años, a comienzos del siglo XXI pasa a ser considerado sospechoso de delitos gravísimos el mismo sujeto que a mediados de los setenta se sentía todopoderoso, al punto de jactarse de que en el país no se movía una hoja sin su consentimiento.

Situación semejante se plantea respecto de algunos principios morales que ciertos jerarcas eclesiásticos gustan de presentar como revelación directa de la divinidad hace un par de milenios. Quienes algo conocen de la historia de la religión saben que se trata de mera superchería pues una serie de verdades o mandamientos que hoy se consideran de vigencia eterna fueron inventados siglos después de Jesucristo, bajo presión de circunstancias o por la propia evolución de la conciencia moral de las sociedades.

Sucede también a la inversa. Recién al cabo de veinte siglos la Iglesia Católica ha descubierto que la fidelidad al Evangelio tiene que llevarla a una oposición radical a la pena de muerte, ya que el fundador del cristianismo derogó sin apelación la ley de Talión y prefirió morir antes que recurrir a la violencia, incluso en defensa propia. Sin embargo, los jerarcas eclesiales todavía no llegan a descubrir que debieran apoyar firmemente a quienes se oponen al servicio militar y la guerra, sencillamente porque la postura de Jesús a este respecto es de una contundencia tal, que resulta increíble que sus administradores o intérpretes aún no la hayan descubierto. A menos, claro, que ponderen otro tipo de consideraciones. Moral acomodaticia, que le llaman.

Todo es según el color...

En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, escribió el poeta. Todo es según el color del cristal con que se mire. Le faltó precisar que depende también del momento en que se mira. Algunos siglos atrás, masacrar indios que se resistían a convertirse al cristianismo era una práctica que merecía bendiciones episcopales, lo mismo que el asesinato masivo e infieles e incluso de cristianos de otras iglesias. También se consideraba querido por Dios el ajusticiamiento en medio atroces tormentos de brujas o herejes. Millones de negros fueron convertidos en esclavos bajo el signo de la cruz por parte de traficantes que hacían gala de su religiosidad.

Pinochet fue temido, halagado y reverenciado durante largo tiempo por jueces, tribunales y cortes. Hoy es sometido a proceso por ese mismo Poder del Estado. No importan los tecnicismos jurídicos. El hecho grueso es que el tipo omnipotente está sometido ahora una tensión extrema, que le debe causar enorme dolor. Y si no termina en la cárcel, será por las razones humanitarias que él tantas veces pisoteó.

La prensa derechista intenta hacernos creer que los fallos del Poder Judicial son inmutables y responden a criterios, principios y verdades eternas. Y si se apartan de los criterios que les fijó la dictadura, entonces se corrompen y se transforman en "políticos". ¿Lo que autorizaría a desconocerlos?

A la luz de la experiencia que ha dejado el trámite del desafuero de Pinochet, jueces y ministros del Poder Judicial debieran tomarse menos en serio. Paradojalmente, ganarán respetabilidad si en lugar de presentarse como depositarios de los designios de la divinidad, reconocen que están condicionados en alto grado por lo que sucede en la sociedad a la que están llamados a servir. Es preferible, claro, que ella sea democrática, sin perjuicio de sus limitaciones y defectos, que dictatorial o autoritaria. Porque el drama no consiste en que ahora Pinochet haya llegado a los tribunales y esté sometido a escarnio ya no sólo internacional, sino de su propio pueblo. El drama es que un hombre tan cruel y cuyos actos respondieron únicamente a la más brutal lógica de poder, haya logrado sustraerse por tanto tiempo del brazo de la justicia de este mundo.