Mesa de diálogo: el peso del realismo
La abrumadora mayoría de los chilenos censuran los horrores cometidos por la dictadura, pero a un cuarto de siglo quieren de una buena vez dar vuelta la página
ES TERRIBLE TENER que concluir que la mayoría de los reclamos y sospechas de quienes critican los resultados de la Mesa de Diálogo son en rigor válidos.
Numerosos análisis han desnudado las debilidades del documento con que culminó el trabajo de esa instancia. "He leído no sé cuantas veces y confieso que no veo que sea tan trascendental o definitorio como lo quieren presentar" declara sin ambages un personero como Alfredo Jocelyn-Holt, a quien nadie podría sindicar de izquierdista afiebrado. Y, sin embargo, rara vez se ha observado unanimidad política mayor que la que hizo posible en el Congreso la aprobación en tiempo récor del proyecto de ley tendiente a materializar los acuerdos de dicha Mesa.
El cuestionamiento que algunos críticos hacen acerca de la representatividad de los integrantes de dicha instancia se diluye ante la amplitud del consenso a que llegaron diputados y senadores, Gobierno y oposición. Se diría que incluso buena parte de quienes fueron enemigos frontales de la dictadura y que tienen clara conciencia de los horrores que ella perpetró durante más de una década y media, quieren dar vuelta la página.
Es terrible tener que admitirlo, pero nos hemos terminado de convencer de que la justicia plena es imposible y que el mero paso del tiempo hace ralear las filas de acusadores y acusados y va reduciendo a los sobrevivientes a una senilidad o fragilidad que inspira lástima.
El análisis de otras experiencias históricas comprueba que por desgracia la justicia, cuando llega a ejercitarse, se hace siempre en la medida de lo posible.
Quienes perpetraron esos horrores en Chile, o bien sus herederos políticos o morales, siguen disponiendo de un poder que los convierte en intocables, lo que constituye un hecho de la causa. Ya no tenemos fuerzas ni resistencia psicológica para seguir bregando por un castigo a los culpables que no devolverá a la vida a los asesinados, ni les ahorrará el sufrimiento bestial ni las vejaciones a que fueron sometidos.
Por eso queremos creer que los restos de un porcentaje considerable de los desaparecidos verán de nuevo la luz por algunos días, para ser de nuevo enterrados, ojalá que ahora en paz.
Habrá un puñado que seguirá clamando justicia plena. Merecen respeto por su consecuencia, pero suscitan también un sentimiento inevitable y creciente de rechazo porque hay algo de inhumano en quien demuestra tan poco realismo y se empeña en mantener vivo un recuerdo que el paso del tiempo va inevitablemente difuminando y haciendo borroso.
Ya la conciencia de la abrumadora mayoría de los chilenos ha internalizado que ninguna circunstancia puede justificar la violación de los derechos humanos. En las actuales circunstancias no es posible ir más allá. Probablemente, nunca lo será. Preferible rendirse a la evidencia y aceptar los resultados de a Mesa de Diálogo como un triunfo, que persistir en un empeño que terminará inexorablemente en una derrota, ante el peso del olvido y el cansancio.