Camino al andar
Mayo de 2000

Pena de muerte: el imperio de la barbarie

Para un país que ha dejado atrás las atrocidades del régimen militar, el único camino éticamente válido es abolir la pena de muerte y reemplazarlo por el presidio de veras perpetuo, hasta la hora postrera del delincuente

EN MEDIO DE una escalada delincuencial que inquieta desde hace tiempo al país se han perpetrado en las últimas semanas algunos crímenes espeluznantes, entre ellos la violación, el asesinato y el descuartizamiento de una parvulita por parte de un supuesto amigo de su familia, con lo que ha recrudecido el debate sobre la pena de muerte.

Ella se encuentra en plena vigencia en Chile, si bien desde el término de la dictadura los presidentes de la República han indultado de manera sistemática a criminales de marca mayor, aduciendo que sus creencias morales les impedían erigirse en Dios, que en el ideario cristiano es el único con derecho a dar y quitar la vida.

Es un planteamiento que las masas no comparten. Por más que se diga que éste es un país cristiano, el grueso de la ciudadanía se debate en un primitivismo abismante, por lo que si hubiese un plebiscito sobre el tópico, seguro que los partidarios de mantener y aplicar con mayor asiduidad la pena de muerte ganarían por amplio margen.

El milenario ojo por ojo está marcado a fuego en las almas semi canibalescas que se albergan en los cuerpos de la mayoría de nuestros compatriotas. Todavía no se dan por enterados de que un tan Jesús de Nazareth vino a la tierra a derogar expresamente la vieja ley de Talión, ésa del ojo por ojo y diente por diente.

Ley de Talión

Azuzadas por periodistas irresponsables, es decir por el grueso de quienes ejercen la segunda más antigua profesión del mundo, más noble pero más desprestigiada que la prostitución, las masas reaccionan de manera visceral cuando, tras crímenes horrendos, se acomete el debate de si mantener o expurgar de nuestra legislación la pena de muerte.

Para quienes se consideran cristianos, que no es lo mismo, claro, que beatos, la pena de muerte es más inaceptable que el aborto. En este segundo caso, no se está en presencia de un ser humano, sino de un feto, al que a nadie se le ocurriría bautizar y por el que ningún cura va a celebrar Misa. En el caso de un asesino repugnante, se trata de una persona hecha y derecha, en cuya degradación moral y humana es posible percibir los rasgos del mismísimo Jesús, aunque esto suene a irreverencia a los espíritus cartuchos que conocen hongo del Evangelio y que exhiben sospechosa similitud con los fariseos.

Si Dios da la vida, sólo El puede quitarla. Ni el padre Raúl Hasbún, con todo su odio apenas contenido por todo aquello que no sea el fascismo más delirante, puede torcer la nariz al Evangelio. Por si cupiere alguna duda, ahí están los llamados cada vez más categóricos de Juan Pablo II a abolir la pena de muerte. Bajo el actual Pontífice la Iglesia ha tomado conciencia de la brutalidad antievangélica de este castigo y parece empeñada en corregir la adhesión que le dispensó por siglos, como otrora aceptara la esclavitud y la tortura.

Racionalidad y demagogos

Primero que nada, una palabra de solidaridad con los familiares de las víctimas de estos crímenes espeluznantes. No para explotar el dolor abrumador que comprensiblemente los embarga, sino para estar junto a ellos. No para exacerbar deseos de venganza, que no les traerán paz en el corazón, sino que para acompañarles en tan duro trance y para musitarles sin palabras que en una hora de prueba tan terrible, una hora que puede durar meses y años, Dios no los dejará hundirse en la desesperación y, por el contrario, les ayudará a encontrar el consuelo y a descubrir la hermosura del perdón.

Nos parece comprensible y justificable que ante el impacto devastador del cadáver de una parvulita destrozada por una violación, roto el cráneo por una piedra, descuartizado su cuerpecito en pedazos, vecinos y familiares quieran linchar al homicida. Si en ese mismo momento lo masacraran, los atenuantes sobre los hechores serían considerables. Muy distinto es que años después, debido a las múltiples instancias que deben agotarse para llegar a una decisión tan grave, el Estado implemente a sangre fría la ejecución del asesino.

Eso nos lleva a ocuparnos ahora de quienes exacerban las bajas pasiones de las masas, trogloditas de cuello y corbata, hombres y mujeres, algunos con instrucción superior, cuya prédica se ve facilitada por la circunstancia de que en el país no existe en la práctica la prisión perpetua.

Tratando de cerrar esa brecha, un gobierno humanista, como el de Ricardo Lagos, acaba de proponer la abolición de la pena de muerte y el endurecimiento de la cadena perpetua, de modo que ésta no pueda ser revisada al cabo de apenas 20 años, sino de cuarenta años.

Perpetua perpetua

Movidos por nuestra orientación cristiana no beata, descartamos de plano la aplicación de pena de muerte, pero queremos una cadena perpetua perpetua perpetua. Es decir, de por vida, sin ninguna posibilidad de revisión. Si no tenemos derecho a quitarle la vida a nadie, sí tenemos derecho como sociedad a protegernos de seres perversos y de entregar señales escarmentadoras a quienes pudieren estar interesados en imitarlos.

Los especímenes elementales que consideran que la pena de muerte provoca un efecto disuasivo son ignorantes o actúan de mala fe, acaso dando rienda suelta a desviaciones psiquiátricas, como podría ser el gusto por contemplar el sórdido ritual de las ejecuciones. Pero el hecho de que en Estados Unidos las jeringas con veneno y las sillas eléctricas trabajen casi a diario, mandando sin tregua individuos al infierno, no han sido capaces de erradicar la comisión de crímenes horrendos. Tampoco el hecho de que haya decenas de millones de armas en poder de particulares ha mejorado la seguridad de las personas. Por el contrario, numerosas peleas en escuelas y liceos se zanjan no a puñetes o pedradas, sino que a balazos, en una sociedad que tiene ya casi dos millones de personas tras las rejas. La tolerancia cero es a todas luces incapaz de ofrecer más seguridad a los ciudadanos.

Así que la pena de muerte no es sólo abominable desde el punto de vista ético, sino que además resulta inútil, aparte de que no son pocos los casos documentados de que ella ha sido aplicada a inocentes. Incluso es probable que el riesgo de la pena de muerte actúe como un incentivo para seres de mentes enfermas y torcidas ansiosas de adrenalina, impulsándolos a perpetrar crímenes horrendos que llamen la atención y que les asegure amplia cobertura en los medios de comunicación. La certeza de que se pudrirán en la cárcel ofrece un final bastante menos heroico que la silla eléctrica o el pelotón de fusileros.

Pero ni siquiera el presidio perpetuo nos satisface. Algún tiempo atrás, en la privilegiada columna de que dispone en El Mercurio, Enrique Lafourcade, junto con arremeter por motivos semejantes a los nuestros contra la pena de muerte, aunque, claro, con mayor brillantez y elocuencia, proponía que estos asesinos fuesen conducidos a alguna isla remota de los mares australes, donde el clima es inclemente todo el año y donde cualquier intento de huida está condenado al fracaso. Allí quedarían librados a su suerte, dotados apenas de una caña de pescar y de un cuchillo para que sobrevivieran como pudieran. Nadie del mundo exterior podría acceder a ellos. Apenas una vez al año una delegación oficial visitaría la isla para recoger los huesos de quienes hubieran muerto por causas naturales o en riñas con otros asesinos.

Esta fórmula tendría la ventaja de disipar las críticas de quienes, con razón, se rebelen ante la idea de que la sociedad entera tenga que pagar techo, comida y atención médica de por vida a homicidas de una crueldad sin límites.

No, entonces, a los endurecimientos a medias. Un gobierno humanista, que a diferencia de la derecha antidemocrática, cree en valores (y no sólo en los bursátiles), no puede conformarse con proponer un aumento de 20 a 40 años en el tiempo que los autores de crímenes horripilantes deben permanecer en la cárcel antes de impetrar el más mínimo beneficio. Eso es políticamente impresentable y sólo conduciría a fortalecer a los cavernarios partidarios de la pena de muerte.

El presidio perpetuo debe ser eso, perpetuo, de por vida, y ése es para los condenados una pena mucho más terrible y menos redentora que la de la muerte, que los transforma en animitas milagreras a los ojos de buena parte de la población, la misma que pide a gritos la ejecución.