Camino al andar
Abril de 2000

Convertir el zarpe del Congreso en una oportunidad

Valparaíso requiere gente de mentalidad moderna que sepa negociar con un Gobierno bien dispuesto, de modo de pedir a cambio de un edificio que no nos aportó nada, ventajas que ayuden de veras a potenciar el puerto.

AUNQUE EL TRASLADO del Congreso Nacional no se materializará este año ni tampoco, presumiblemente, el próximo, se diría que la suerte está echada y que ahora urge dejar de lado los gimoteos y transformar esta derrota anunciada en auténticas oportunidades de desarrollo para Valparaíso.

Los acarreos de pobladores para coaccionar a los parlamentarios y las actitudes histriónicas son inútiles y hasta contraproducentes y no alcanzan a ocultar el hecho irredargüible de que las autoridades locales no hicieron nada durante diez años para mejorar el entorno del edificio del Congreso, el cual vive rodeado de perros vagos, comerciantes ambulantes y basura.

Almaceneros y dictador

El argumento del gasto que irroga el traslado de la sede del Poder Legislativo a Santiago impacta con fuerza a la ciudadanía, pero posee ingredientes a todas luces demagógicos, sobre todo cuando se entabla la comparación con el destino social que se podría dar alternativamente a tales recursos. Con igual argumento podríamos descartar la realización periódica de elecciones y la mantención de los propios parlamentarios, ya que si suprimiéramos unas y otros, el país se ahorraría importantes cantidades. Cabe apuntar que se trata de uno de los argumentos que esgrimen con mayor entusiasmo las dictaduras. En tales análisis comparativos sería bueno que se usara como referencia el desembolso que el país hace en aviones, tanques y barcos para mantener entretenidas a sus fuerzas armadas.

En consecuencia, esos análisis con mentalidad de almaceneros que algunos ensayan para conmover a la ciudadanía dejan de manifiesto la precariedad intelectual que los anima y explican en medida importante el resultado al que hemos llegado y la postración en que continúa sumido el puerto.

Digamos, de partida, que el error fundamental lo cometió la dictadura de Pinochet, que con una visión egocéntrica y cortoplacista decidió construir el edificio del Congreso en Valparaíso, contrariando una constante de todas las democracias en orden a que los poderes del Estado se concentren en una misma ciudad.

El propósito declarado del dictador en orden a promover la regionalización del país no pasó de ser un chiste en un régimen en que el poder estaba absolutamente concentrado (“en este país no se mueve una hoja sin que yo lo sepa”). De otro lado, si a Pinochet le hubiese interesado algo más de mantenerse vitaliciamente en el poder, no habría instalado el Congreso en Valparaíso, a 120 kilómetros apenas de la capital, que junto a las regiones de Coquimbo, Concepción, Rancagua y Maule conforman una macrozona que representa quizá el 20% del territorio, pero concentra el 80% de la población. Se lo habría llevado a Antofagasta, Puerto Montt o por qué no a Punta Arenas, que al fin y al cabo está en la mitad de Chile, si se considera nuestra presencia en la Antártica.

Bien el Gobierno

El Gobierno del Presidente Lagos ha reaccionado en forma impecable ante la voluntad de la mayoría de diputados y senadores de llevarse el Congreso a la capital. Sin perjuicio de reconocer el legítimo derecho de los parlamentarios a decidir la sede de sus operaciones, ha puntualizado que el problema de fondo lo originó la dictadura, ha señalado que el traslado sólo podrá materializarse una vez que se efectúen los estudios de costos correspondientes y ha manifestado su voluntad de compensar a Valparaíso por el perjuicio que ello le ocasionará.

Lagos no puede desatender la solicitud de los parlamentarios, pero sí tiene derecho a recordar que este año y el próximo son muy apretados en términos presupuestarios para el fisco, esperándose un alivio para el 2002, por lo que recién entonces habría posibilidades de materializar el traslado, el que tampoco puede aplazar en forma indefinida.

Lo que importa desde ahora hasta ese entonces es reforzar la capacidad negociadora de Valparaíso a fin de obtener compensaciones de veras útiles para que la ciudad despegue. No se trata de andar limosneando, sino de conseguir el financiamiento de proyectos que sienten las bases para un crecimiento autosustentable.

En esta nueva etapa sirven de poco las arengas demagógicas de alcaldes interesados en recuperar el apoyo que se farrearon durante su gestión. La representación de los intereses de Valparaíso debe ser asumida por personas serias, responsables, de mentalidad moderna, vale decir eficientes, con algún conocimiento básico de criterios económicos. Ojalá que la Intendenta sepa estar a la altura de la circunstancias.