La ministra que se quedó tuerta
Quien cree que la violencia física o psíquica dentro del hogar afecta sólo a las mujeres y que los varones son siempre los victimarios ve con un solo ojo la realidad.
"CON CADA NIÑO golpeado y con cada mujer maltratada es el alma de Chile la que se deteriora", señaló la Ministra Directora del Sernam, Adriana Delpiano. ¿Y con cada hombre que es humillado y agredido por su pareja, el alma de Chile se enaltece, se llena de júbilo, o igual se deteriora y empequeñece?
La Ministra es tuerta, lo mismo que la caterva de feministas agresivas o gimoteantes del Sernam y de los tontos útiles en el Gobierno y la Concertación que se tragan discursos y consignas que no resisten ningún análisis racional y no se atreven a resistir el terrorismo ideológico que ellas promueven.
Miles de mujeres sufren a diario agresiones físicas o psicológicas, de parte de sus parejas, que debieran cuidarlas, honrarlas y protegerlas. Los agresores son unos pobres diablos, fruto de una sociedad machista (palabra que se escribe con eme de mamá, por cierto). Requieren tratamiento antes que condena, si es posible hacer terapias individuales, en circunstancias de que es la sociedad entera la enferma. Pero un número no menor de varones sufren también violencia por parte de sus mujeres.
El más débil no es el que ahora puede denunciar, aquel cuyo caso sale a la luz pública y que recibe el apoyo del Estado. El más débil es aquel que debe sufrir en silencio pues si reclama o denuncia, lo mirarán con desprecio y nadie lo tomará en cuenta. Es el caso de miles de hombres en Chile, víctimas de la violencia de sus mujeres. Para ellos no hay ningún Servicio Nacional del Varón, que los auxilie.
Tontas pillas
Alguien podría pensar que Delpiano y sus adláteres son incultas. Bastaría que leyeran el cuento "La nariz", de Nicolás Gogol, padre de la literatura rusa, obra clave en la formación de cualquier persona que no sea una burra parada en dos patas.
Quienes sí lo han leído no pueden menos que sentir lástima ante la confusión que se apodera del barbero Iván Yakovlievich cuando al partir el pan del desayuno se encuentra nada menos que con una nariz humana, que para colmo identifica como la de uno de sus clientes en San Petesburgo, la gran ciudad de la Rusia de los zares, pues la historia transcurre a comienzos del siglo XIX. El es un buen hombre, con algunos defectos como todo ser humano, pero un tipo responsable como se verá en el transcurso del cuento. ¿Qué hace la esposa del barbero cuando se percata de la situación? ¿Va en su auxilio, trata de calmarlo y de ayudarlo a tranquilizarse? Las pinzas. Lo agrede en forma despiadada. "¡Qué bárbaro!, ¿dónde cortaste esa nariz? Canalla, borracho, yo misma te denunciaré a la policía. Ya había escuchado yo decir que cuando afeitas, tiras demasiado la nariz de tus clientes, inepto..."
Tiene que ser muy ignorante el Ministro o alto funcionario público que no haya escuchado las penurias que vivió el pobre Abraham Lincoln. Ya está documentado que su esposa era una mujer intratable que agredía a la servidumbre y a su propio cónyuge, no sólo con palabras venenosas, sino con objetos contundentes. Si Lincoln se dedicó de lleno a la política y se convirtió de un leñador analfabeto a los 15 años de edad en el más grande Presidente de Estados Unidos fue en buena medida porque evitaba estar en casa y prefería embarcarse en interminables giras para no tener que sufrir a la arpía.
¿Qué esto no tiene nada que ver con Chile? ¡Ignorantes o, más precisamente, tontas pillas! ¡Eso son las que se hacen las tuertas a la hora de encarar el lacerante problema de la violencia intrafamiliar en Chile! Para justificarse en los cargos, recurren a investigaciones y encuestas que no pasan ningún test de rigurosidad metodológica. Anda a preguntarle a un grupo de mujeres si han sido acosadas. Tiene que ser muy peor aquella que conteste que no. "Pero, linda, ¿nunca, nunca, ningún hombre te ha mirado con deseo, con lascivia, con afán de violarte?" Hasta una monja de claustro estaría tentada a responder que sí.
Violencia femenina
Acerca de la violencia intrafamiliar, sólo las mujeres son interrogadas. Se da por supuesto que los varones son siempre los agresores, nunca las víctimas. Así que a nadie se la ha ocurrido en Chile hacer una investigación al respecto.
Pero hay indicios inquietantes. Démosle la palabra a dos jóvenes asistentes sociales, Andrés Gatica y Carol Fontena, de la Universidad Mayor de Temuco. "En las noches de Navidad y Año Nuevo, muchos hogares no viven un clima de celebración o recogimiento. Los gritos y los golpes se escuchan más fuerte y los reproches son más hirientes que nunca. Hay una gran cantidad de casos de hombres cesantes que son violentados por sus parejas, debido a que no pueden responder con las exigencias económicas de la familia. "La violencia de la mujer al hombre es muy similar a la que se da viceversa. La única diferencia es el porcentaje de denuncia".
Los hombres reciben maltrato sicológico en la forma de frases del tipo "no sirves para nada" y "poco hombre". Los entrevistados en el estudio contaron que sus mujeres además los amenazaban con suicidarse o llevarse a los niños. También hay violencia física. "La pareja le tira agua caliente o lo ataca con objetos cortopunzantes", dice Gatica. Su compañera, Carol, recuerda que en un seminario internacional sobre el tema se comentó que la violencia hacia el hombre puede llegar a ser tan grave como lo es en la actualidad el maltrato hacia la mujer. "Cuando ellos se reconocen agredidos, son discriminados igual que si fueran los agresores", dice la joven, porque los consideran "pollerudos" o que no tienen pantalones".
Sernam, inmoral
Habemos muchos que queremos la instauración de nuevas relaciones no sólo entre hombres y mujeres, sino también con los representantes de otros sexos. Que queremos igualdad efectiva de oportunidades. Que abominamos de toda discriminación y violencia, y por eso estamos en contra de que las mujeres sean eximidas del servicio militar y jubilen antes que los varones, pese a que sus expectativas de vida son mucho mayores.
Un Gobierno progresista como el de Lagos tiene que procurar eficiencia en sus planes tendientes a expandir las oportunidades y reducir las desigualdades. Pero no tendrá éxito y degradará su gestión si no se basa en principios éticos. Y se los pisotea, se los escarnece, cuando se acomoda la realidad a lo que uno quiere ver. Cuando, cegado por ideologismos trasnochados o pequeños intereses, uno se pone un parche en el ojo para mirar sólo lo que le conviene, aun cuando ello signifique dejar librados a su suerte a los más pobres de los pobres: aquellos que tienen vergüenza de confesar que lo son. (22/01/01)