Cambio de hora: estúpida rutina
Por inercia burocrática persiste una medida propia de mentes estatistas y obsoletas que creen que el Gobierno puede manipular el tiempo y los ciclos naturales
GOBERNANTES Y POLÍTICOS en general hacen gárgaras con la consigna de que es necesario promover la creatividad, herramienta indispensable para que Chile ingrese a la nueva economía, pero no vacilan en esgrimir argumentos que revelan una penosa precariedad intelectual para justificar la persistencia de prácticas y normas que atentan contra la razón y los derechos de los individuos, que son ciudadanos y no súbditos.
Con pomposa seriedad, amparándose en la excusa de que así lo dispone la ley, algunos imbéciles se dedican a revisar los videos, la mayoría familiares, que miles de chilenos reciben desde el exterior. Un ejercicio inútil y degradante tanto para quienes lo ejercen como para quienes lo sufren, del cual podría prescindirse sin necesidad de ley alguna. Total, hay cientos de normas legales, mucho más importantes, respecto de las cuales se hace la vista gorda. Bastaría una discreta instrucción y que todos nos hiciéramos los lesos, lo que no nos costaría mucho, asumiendo la misma actitud que permite que la gente en Chile se divorcie pese a que la ley no contempla esta figura.
Otros tarados que medran en la Dirección de Vialidad se dedican a instalar letreros camineros que dejan de manifiesto un CI limítrofe, con los cuales mortifican a los ciudadanos que deben acatar las normas de funcionarios irresponsables, es decir que hacen lo que se les antoja, sin dar cuenta de sus actos a los ciudadanos a los que debieran servir. Los tarados imponen límites de velocidad parejos tanto a camiones cargados y con acoplados, como a vehículos menores. Ya eso constituye un atentado contra la inteligencia, al que se suman con singular entusiasmo los llamados amigos en su camino. Del mismo colocan nada menos que mil metros antes de plazas de peaje en las que los vehículos no deben detenerse, porque se paga doble cuando se pasa en sentido contrario, gigantescos letreros que imponen una velocidad máxima de 50 kilómetros por hora. Violenta la razón que el conductor de un automóvil deba enlentecer su marcha a ese ritmo cuando está todavía a ocho cuadras de un peaje... ¡en el que no deberá detenerse! La ineficiencia y el abuso de poder sobre los ciudadanos, carajos de la Dirección de Vialidad, constituye otra forma de corrupción.
El peso de la mentalidad burocrática queda de manifiesto también en la persistencia de la absurda rutina del adelanto de horario a mediados de octubre. Esta práctica fue inaugurada un tercio de siglo atrás cuando prevalecía una mentalidad estatista y no sabíamos nada de ecología, por lo que se pensaba que el hombre podía manipular a su amaño la naturaleza.
Pese a las espectaculares transformaciones de todo tipo que se han operado en el mundo en las últimas tres décadas, la práctica persiste y cada vez que se la aplica los periodistas perezosos, es decir la abrumadora mayoría, repiten como loros el lugar común de que se trata de promover un mejor aprovechamiento de la luz solar. Si fuera por eso, el Gobierno podría dictar un decreto que nos enviara a todos a la cama a las 22 horas y nos obligara a levantarnos a rayar el alba. Está bien que la autoridad propicie un ahorro de energía, pero no mediante el expediente de intervenir en el reloj biológico de guaguas, niños, adultos y ancianos. Los que quieran aprovechar mejor la luz solar, pues que se levanten más temprano, pero que no jodan al resto de la ciudadanía.
Lo del ahorro de energía eléctrica es una excusa pueril pues al menos durante un mes en la vasta zona central de Chile el grueso de quienes van a la escuela o al trabajo deben, con el nuevo horario, levantarse cuando todavía está oscuro y, en consecuencia, recurrir al alumbrado artificial. Para qué hablar de quienes viven de Temuco al sur: es que los burócratas de todos los pelajes están convencidos de que Santiago es Chile. Por otro lado, la excusa para la intervención del Gobierno en la hora en que debemos defecar en la mañana se remonta a la agobiante sequía de fines de los años sesenta. Pues bien, este año hemos tenido generoso superávit pluviométrico ... pero igual se aplica el cambio de horario.
La pretensión de que el Estado omnipotente tiene la capacidad de alterar la naturaleza puede llevarnos al extremo de que mañana se decrete un retraso de diez años en el calendario, de modo que todos seamos diez años más jóvenes. O si un invierno resulta muy seco, se dicte otro decreto con fuerza de ley, extendiendo por tres meses adicionales el invierno. A menudo se puede demostrar la verdad o lo sensato recurriendo al absurdo.
Ningún político, ni de Gobierno ni de oposición, se ha percatado del alucinante estatismo que se esconde detrás de esta norma atrabiliaria. No es extraño el creciente desprestigio de la clase política, que en ésta como en tantas otras materias demuestra escasa lucidez y sigue atrapada por añejos prejuicios y lugares comunes.
Ojalá que el país pudiera adelantar de golpe el reloj de su historia para deshacerse de quienes tienen alma de borregos y de quienes se complacen en hacer ostentación de un poder que debieron usar para expandir el espacio de libertad de las personas y fortalecer el respeto a la naturaleza (5/10/01)