Camino al andar
Diciembre de 2000

Mesas de votaciones: al estilo de los ayatollas

En los países árabes extremistas, hombres y mujeres se bañan en playas separadas: en Chile, los electores son segregados según sexos. ¡Lateros, obsoletos!

EN LOS PAISES musulmanes fundamentalistas, las mujeres y los hombres no se bañan juntos en las playas. Los ayatollas consideran que eso es fuente de tentación, por lo han establecido playas para varones y otras para mujeres, la cuales, en todo caso, se bañan con unos trajes con los que se alcanzarían a hacer 200 de las tangas que usan chilenas y argentinas en Reñaca.

En Chile, los hombres y las mujeres van a las mismas playas, pero siguen separados por un muro invisible en los días de elecciones, sean ellas presidenciales, parlamentarias o municipales.

Resultaría tanto más entretenido que en la fiesta cívica que es una elección hombres y mujeres se encontraran en los mismos recintos, en lugar de tener que aceptar la absurda situación de que maridos y esposas, pololos y pololas, deban separarse y partir cada uno por su cuenta para cumplir con sus deberes cívicos, como dicen los periodistas que aman los lugares comunes.

Incuso el trabajo de los vocales se haría más grato si es que las mesas fueran mixtas y en vez de tener que andar laceando la gente, seguro que sobrarían los interesados. Porque servir de vocal de mesa se transformaría en una oportunidad estupenda de conocer gente nueva y crear lazos, cosa que interesa no sólo a los jóvenes.

La concurrencia a los locales de votación serviría no sólo para emitir el sufragio sino para examinar el ganado, masculino o femenino, enterarse los últimos gritos de la moda y de la forma en que los distintos sectores sociales los adaptan a sus posibilidades. Los trámites de instalación de meses y votación misma serían más entretenidos, lo mismo que el conteo de votos, al entablarse discusiones entre hombres y mujeres. La fibra humana del país se robustecería y surgirían numerosos romances y nuevas amistades.

Ponerse al día

La segregación en función de sexos (que, por lo demás, no toma en cuenta la existencia de homosexuales) data de los tiempos de los tatarabuelos de quienes votan ahora por primera vez, vale decir de la época de las bacinicas y las palmatorias. Recién hace como sesenta años las mujeres pasaron a ser consideradas ciudadanas, pero con el objeto de evitarles un choque psicológico, en un comienzo participaron sólo en elecciones de alcaldes y concejales. Así que hubo que abrir registros especiales para ellas.

Pero lo que pudo ser comprensible hace medio siglo carece a estas alturas de toda validez y priva al acto eleccionario de un gancho que habría que aprovechar en una coyuntura de tan marcado desinterés por las contiendas cívicas. Si la segregación persiste es únicamente por el peso de la noche, por la inercia burocrática que aplasta a la mayoría de nuestros políticos. ¿Cómo es que ninguno se ha percatado de este absurdo anti estético que es la segregación por sexos? ¿De qué manera entender que ni siquiera los más progresistas posean la dosis mínima de creatividad para detectarlo y esforzarse por modificarlo?

Consultados sobre la materia, algunos intentan esgrimir razones que quedaron obsoletos con el auge de la computación. Otros alegan que cómo van a hacer pipí hombres y mujeres en los mismos baños. Tal vez la objeción más válida puede ser de carácter sicológico y es que la gente de mayor edad no podría acostumbrarse a este cambio. Pero los jóvenes estarían seguramente felices con este cambio. Podría pues, sin mayores trastornos, decretarse que las nuevas mesas se fuesen conformando de manera mixta.

Una democracia carente de creatividad está condenada al aburrimiento y a una sobrevivencia precaria. Hay muchos que están de lo más interesados en erosionarla y socavarla, de modo de ampliar los dominios del mercado, porque prefieren que en lugar de la lógica una persona un voto, prevalezca la lógica de cuánto tienes, tanto influyes. En tal escenario, quienes se consideran progresistas deben sacarse las telarañas de la cabeza y procurar en serio modificaciones como la de crear registros electorales mixtos que favorezcan la convivencia ciudadana entre hombres y mujeres y fortalezcan el atractivo de la democracia.