En plena vejez
Con un sentimiento que es una mezcla de pudorosa alegría registro mi aniversario 74
HEME AQUÍ, PUES, resignado, esa es la palabra, a cumplir 74 años y seguir internándome en la vejez. Resignación acompañada de un sentimiento de pudor, al comprobar que tantos menores que yo han debido partir, como fue el caso de mi hermano Pablo. ¿A qué edad comienza a ser indecente seguir con vida?
Los septuagenarios que hemos resistido hasta ahora los asedios de covid19 sabemos que no hay motivo alguno para gritar victoria pues el virus sigue al acecho y puede lanzarnos en cualquier momento un zarpazo mortal o, lo que es peor, condenarnos a la condición de muertos en vida, al dejarnos con secuelas invalidantes.
No atino entonces a saber si alegrarme o avergonzarme de este cumpleaños, lo que me ha sumido estos últimos días en una intensa confusión. Es la razón que me lleva a pedir al puñado de quienes me tienen alguna estima (y así Miriam dice que soy pesimista) que no me llamen para saludarme puesto que es probable que terminemos todos llorando o deprimidos.
No solo está el hecho de cumplir la misma edad de Trump en momentos en que se tornan cada vez más evidentes a escala planetaria los efectos del desastre climático y de la pandemia, mientras que nuestro país quiere convencerse de que tras el plebiscito prevalecerá la buena voluntad y será posible dejar en el pasado el vandalismo y la polarización. A todo ello se agrega mi carácter introvertido, asimilable al del lobo estepario que describió Herman Hesse.
La primera noticia formal de este rasgo de mi personalidad la tuve a la entrada de la adolescencia, cuando el profesor jefe anotó en mi libreta de comunicaciones “le falta savoir-vivre con sus compañeros y profesores”. Por aquel entonces faltaba casi un siglo para la invención de Google, así que mis padres hubieron de acceder a un voluminoso diccionario de francés para descifrar el mensaje. Yo no necesité el resultado de la diligencia para saber que arrastraba desde la infancia agudas dificultades para relacionarme con mis pares, pese a mis esfuerzos, en algunos casos patéticos, por ganarme la simpatía o el respeto de aquellos, por quienes, en verdad profesaba un contenido desprecio.
Una década más tarde creí encontrar la solución a mis problemas existenciales tratando de poner rigurosamente en práctica las enseñanzas de Dale Carnergie en su “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”. Tal vez algunos puntos gané respecto de lo segundo, pero en lo tocante a los amigos no conseguí ni uno solo. Coseché apenas unas pocas amigas, dispuestas a brindarme discretas y limitadas ventajas y a quienes mi madre fulminaba con la mirada al conocerlas, censurando así la exigua longitud de sus minifaldas.
El Parkinson que me detectaron hace seis años parece haber acentuado mis dificultades no sólo para desplazarme y hacerme oír, sino también para relacionarme con los demás, incluidos mis familiares. Si se tiene en cuenta que este mal se caracteriza por la rigidez muscular, he llegado a pensar que lo contraje en la niñez, como lo sugieren mi torpeza insuperable para el baile, la gimnasia, los trabajos manuales y el dibujo.
Pese a mi carácter antisocial, hace tiempo convertí en una costumbre la celebración de mi cumpleaños, pensando que era conveniente promover los encuentros de nuestra familia, a mi juicio poco frecuentes.
Este 2020 interrumpiré la tradición. Están, cierto, las restricciones sanitarias que complican los encuentros, pero la causa principal reside en el aludido estado de ánimo poco propicio a las celebraciones. No solo influyen los factores planetarios y nacionales, sino los domésticos. Tanto en el seno de mi familia como en el de Miriam se han vivido este año experiencias intensas y dolorosas. Figura entre ellas el hecho de que no hayamos podido despedir como hubiéramos querido a nuestra madre y la prematura muerte de una sobrina muy querida para mi esposa.
No es extraño entonces que a menudo tenga la sensación de que estoy por cumplir 99 años, como si en apenas 12 meses hubiese envejecido un cuarto de siglo.
En fin, si logro resistir en condiciones razonables hasta octubre de 2021 creo que organizaré una alegre celebración de mi centenario. En cuanto a este 29 de octubre, me sentiré más agradecido de quienes, en lugar de llamarme, me escriban algunas líneas por mail o wasap privado compartiendo algo de sus miedos y esperanzas en estos tiempos de desolación.
Gracias por el tiempo consagrado a la lectura de este texto. Si alguno de sus lectores se pregunta por qué lo he escrito respondo que en buena medida lo he hecho para ordenar ideas y sentimientos y dejar constancia de unas y otros para el caso de que me sea concedida la bendición o maldición de una larga vida.