Camino al andar
Julio de 2020

Cuando pase la pandemia

Es probable que esta catástrofe de dimensiones bíblicas acelere la hemorragia de fieles practicantes que vienen sufriendo desde hace tiempo las iglesias cristianas en el mundo occidental

ESTE TIEMPO DE pandemia que nos ha golpeado tan fuertemente en los últimos meses y que se ha extendido mucho más allá de lo que nunca imaginamos debería servirnos para reflexionar y meditar acerca de los desafíos que nos impondrá el mundo cuando retornemos a una cierta normalidad.

En verdad tenemos tiempo todavía porque, por desgracia, incluso los pronósticos más optimistas coinciden en que a escala planetaria no habrá vacuna masiva antes de 2022 y anuncian por lo demás la irrupción de nuevas pandemias.

La epidemia del Sida durante la década de los ochenta ocasionó miles de víctimas, pero pronto quedó en claro que en caso de una conducta sexual promiscua la mejor protección era el uso sistemático del preservativo. Y si bien no ha sido posible hasta la fecha descubrir una medicina que cure a quienes han contraído el virus los científicos han logrado ampliar sustancialmente la sobrevida de los enfermos.

Aunque nos cueste convencernos, probablemente el mundo no volverá a ser como el de antes. Tampoco la forma de vivir nuestra fe y proclamar el Evangelio. Es que la pandemia que ha asolado el planeta es fruto no del azar, sino que de la agresión sistemática que desde hace siglos los seres humanos venimos perpetrando en contra de la Naturaleza. La sobreexplotación de los recursos naturales, la degradación de océanos, suelos y cielos está provocando un cambio climático dramático y más acelerado que lo previsto.

DISCRETA RETIRADA

De otro lado, en estos meses hemos aprendido a usar las ventajas y potencialidades de los intercambios virtuales, lo que hace presumir que muchos fieles preferirán por razones de edad, de escasez de tiempo y hasta ecológicas (evitar desplazamientos inútiles) conectarse con sus comunidades a través de la internet, en lugar de hacerlo físicamente. Puede aventurarse que los encuentros presenciales alcanzarán cierta masividad solo en grandes fiestas litúrgicas o en ocasiones muy especiales.

Se diría asimismo que numerosos fieles encontrarán en este imprevisto suceso la ocasión propicia para abandonar discretamente iglesias cuyos jerarcas les han causado tanta vergüenza y desconcierto. En el pasado las pestes y catástrofes impulsaron a menudo a la gente a volverse a Dios y a las iglesias. Es probable que en la coyuntura actual se produzca el efecto contrario.

Reflexionar acerca del futuro de las iglesias cristianas en general no es una demostración de falta de fe en el Señor. Aunque algunos se escandalicen, la verdad es que la Iglesia Cristiana, con todas sus ramas y divisiones, es simplemente un instrumento, no un fin, del cual Dios ha querido valerse para anunciar a la humanidad la gran noticia de que nos ama. Pero el instrumento que fue útil durante una punta de siglos puede que esté dejando de serlo. Bien podría suceder que un flujo creciente de seres humanos, desencantados de las iglesias, encuentren nuevas modalidades de vivir su espiritualidad. Los caminos del Señor son insondables.

En algunos casos la reticencia que se observa en nuestras comunidades a reflexionar juntos acerca de los desafíos que se nos vienen encima obedece al temor de que este análisis deje en evidencia errores, abusos o torpezas que han cometido algunos pastores. Se trata de una mirada miope, que impide o dificulta un debate que se torna indispensable y en el que los laicos tenemos no solo el derecho, sino el deber de participar.