Camino al andar
Mayo de 2020

Tras el entierro de nuestra anciana madre

Vivió su muerte en plena pandemia, por lo que sus hijos y quienes la amaban no pudieron acompañarla en su agonía ni funerales

ERA TANTO LO que ella la deseaba y era tanta la pena que causaba observar desde hacía tiempo su deterioro físico e intelectual, que cuando la muerte se llevó a nuestra anciana madre (Osita) pensé que no me dolería.

Probablemente no es el deceso mismo el que más sufrimiento ha causado. Están sobre todo las circunstancias en que se fue apagando a lo largo de varias semanas de aislamiento respecto de su entorno familiar en un inútil intento de protegerla de las acechanzas de la pandemia.

El coronavirus no se contentó con impedirnos estar a su lado en su lento tránsito a la otra vida, sino que frustró los deseos de nuestra madre en orden a ser despedida con una ceremonia religiosa masiva. En lugar de ello, tuvo un funeral a toda prisa, con apenas un puñado de corajudos asistentes que detrás de sus máscaras multicolores trataban de protegerse del riesgo de contagio.

Felizmente la ocurrencia y generosidad de un nieto hizo posible un pequeño milagro. Impedidos de asistir en razón de la cuarentena, el estado de salud o la distancia, cuatro de sus hijos y varios nietos pudieron ver y de alguna manera participar en el entierro de la Osita gracias a un programa computacional que permite vía celular los encuentros virtuales de varias personas en forma simultánea. Así se conectaron hijos o nietos desde Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia, Francia, Inglaterra, a los que se agregaron otros desde Iquique y Viña del Mar, en Chile. Este contacto y la intervención de un diácono aliviaron la pena por las restricciones a las que hubo de sujetarse el funeral.

La magia del encuentro fue de breve duración y confirmó una vez más que la vida está hecha de momentos. Se trató de una experiencia probablemente irrepetible, no por razones tecnológicas, dado que los prodigiosos avances en ese terreno son constantes. La pandemia seguirá asediándonos y nadie tiene su vida comprada, menos todavía quienes ya entraron hace tiempo a la tercera edad.

Superado el trance de la muerte, consumado el entierro y cesado el torbellino de mails u otros mensajes para expresar apoyo y solidaridad, se comienza a sentir el sordo mordisco de la ausencia. Desde hace varios años los hijos e incluso varios nietos de la Osita le veníamos prodigando cuidados y caricias para hacer más ligera la carga de los años. En el camino la enfermedad de uno de los nuestros recrudeció y lo llevó prematuramente a la tumba. Pero Pablo dedicó parte de sus postreras energías a convencer a nuestra madre, que, orgullosa de su autonomía, vivía sola en La Florida, admitiera su vulnerabilidad y se instalara en una casa de reposo.

Cada uno de nosotros se esforzó desde entonces en hacerle sentir que no estaba sola ni abandonada. Atrás quedaron penas, agravios y dolores que la Osa pudo habernos infligido.

Ahora que ella no está, y hace apenas días que se fue, el dolor se siente más intenso. Quiera Dios que se vaya aplacando y que el tiempo y las energías que volcamos en favor de ella lo destinemos a intensificar los vínculos entre los hijos y nietos de la Osita. Al fin y al cabo, gracias en buena medida a ella nos seguimos, pese a nuestras diferencias, reconociendo como hermanos.