Camino al andar
Enero de 2021

En memoria de un buen padrastro

Desde comienzos de los ochenta se convirtió en el papá subrogante de mi hijo, por entonces de diez años de edad.

HABRIA SIDO PEOR que el deceso hubiese acaecido durante la breve visita de mi hijo a Chile el mes pasado. Me alivia que la repentina muerte de su padrastro se haya producido poco después del retorno de Claudio a Francia pues ello le permitió acudir presto a brindar apoyo a su anciana y enferma madre, ahora viuda.

Pocos días antes de esta muerte mi hijo los había convencido de que se abstuvieran de viajar por tren a un balneario mediterráneo situado a unos 700 kilómetros de Lyon a pasar unos días de descanso. “No se preocupen” les dijo. “Yo los llevo y vuelvo la semana siguiente a buscarlos. Así tendremos tiempo para conversar acerca de mi visita a Chile”. El día antes del fin de esas breves vacaciones su padrastro, Pierre, falleció.

En el invierno nuestro de 1981 Claudio hubo de volver al país al vencerse la autorización que una jueza de menores había otorgado a su madre para llevárselo por dos años a Francia. Mi intención era hacerme cargo de mi hijo, cuyo alejamiento me había resultado en muy doloroso, máxime que en aquella remota época faltaba mucho tiempo para la llegada de la internet y los celulares, las llamadas de larga distancia y los pasajes aéreos eran carísimos. La comunicación padre-hijo era entonces difícil. Tanto como la situación política.

El General Pinochet había hecho aprobar su llamada Constitución de la Libertad, que le aseguraba varios años más de poder total, escenario en el que el periodismo era una de las actividades menos recomendables. Claudio se aterraba cuando advertía la presencia de patrullas militares, pensando que me iban a detener.

La confirmación de que Alicia y su pareja, Pierre Maria, esperaban una niñita completó un cuadro sin salida para mí. Comprendí golpe que mi margen de maniobra era escaso. Podía aferrarme a mi derecho a conservar la custodia del niño, pero al precio de negarle la posibilidad de educarse y desenvolverse en Francia y de estar cerca de su hermanita. No se trataba de autorizar una ausencia por otro par de años, sino de aceptar una instalación definitiva en Europa. Yo quedaría forzosamente excluido de la posibilidad de crecer junto a mi hijo, quien vendría a visitarme cada dos años en el verano europeo, ya que de viajar anualmente Claudio viviría en un permanente invierno.

En una maniobra desesperada, presintiendo lo duro que sería esperar dos años para reencontrarme con él y al cabo de dos meses revivir el dolor de la partida, incurrí en el descriterio de dejar la decisión en manos de Claudio. “Solo un monstruo de hijo podría a esa edad y en tales circunstancias informar a su padre que opta por dejarlo, sabiendo el sufrimiento que a usted le causaría” me advirtió una sensata psicóloga. Consejo que fue reforzado por un par de sacerdotes de los cuales yo era muy cercano.

El factor decisivo fue Pierre Maria, de quien recibí una carta instándome a tener el coraje de dar el paso. “Has recibido más, por lo que tienes que ser más generoso”. Me aseguró que nunca pretendería reemplazarme en mi papel de padre y que él se limitaría a ser el mejor padrastro que le fuera posible.

Lloré en silencio al releer una y otra vez esa carta porque encontré que Pierre estaba en lo cierto y confirmé mi impresión de que era un hombre sensato y confiable. Al día siguiente comuniqué a mi hijo que yo había tomado la decisión de dejarlo irse definitivamente a Francia.

Ahora que Pierre Maria ha partido, siento la necesidad de dejar constancia que este padre vicario cumplió su promesa.