Camino al andar
Junio de 2006

Si quieren tener guagua, que lo costeen ellas (con sus maridos y/o parejas)

Nada tiene de solidario que un obrero de la construcción deba financiar el subsidio de maternidad de una acaudalada profesional. Ni que los varones en general deban pagar el deseo de muchas mujeres para "realizarse"

ME CONSIDERO TAN poca cosa, que después de engendrar un hijo opté, cuando era todavía muy joven, por dejar de reproducirme. Cada vez que pregunté a mis amigos y conocidos por qué embarazaban a sus mujeres, me contestaban con una mezcla de orgullo e impaciencia, ante interrogante tan impertinente, que ellos querían "proyectarse". Cuando a uno de ellos me atreví a insinuarle que yo en su lugar no andaría tratando de proyectarme, sino que estaría considerando seriamente el suicidio, se acabó la amistad.

A lo largo de mi vida sexual útil, ahora en franca decadencia, he debido adoptar enormes precauciones con una serie de mujeres que intentaron convencerme de las maravillas de "tener una guagüita" o que me acusaban de "egoísta" por impedirles que "se realizaran". Algunas de ellas me rasguñaron e insultaron, antes de abandonarme, cuando les contesté que me parecía estupendo que alcanzaran su plenitud en tanto mujeres, pero no a costa mía.

Mi renuencia a la reproducción obedece a la pésima opinión que me he ido formando de la especie humana. Creo que el ser humano, los hombres y las mujeres, desde que son niños y niñas (para usar la estúpida forma de hablar que han impuesto las feministas, la cual impide hablar en términos genéricos de hombres o niños), muestran una tendencia inevitable a la maldad, a ser lobos de sus semejantes. He llegado a la convicción de que gestar nuevos seres humanos no sirve en absoluto para hacer la especie humana más noble, bondadosa, sabia. Al contrario, cuando observo la forma en que los judíos, que conocieron los horrores de los campos de concentración, tratan a los palestinos, se debilita mi esperanza. Lo mismo que cuando me percato de la conducta borreguil, que lleva a la adoración de falsos ídolos y la confrontación incesante entre pueblos y grupos.

De otro lado, he llegado a encontrarle la razón a Ester Vilar, la famosa denunciadora de las patrañas de las feministas, autora de "El varón domado", en cuanto a que las mujeres utilizan la maternidad para asegurarse un mejor futuro. Ellas no aman a LOS niños, sino que a SUS hijos propios, según lo comprueba el hecho de que en su inmensa mayoría insisten en embarazarse, en lugar de adoptar a tanta criatura huérfana o desvalida que anda por el mundo.

La mayoría de las mujeres tienen claro que los hijos que ellas han parido les sirven para sacarle pensiones alimenticias a los pobres varones con quienes los engendraron, aunque éstos sólo hayan querido pasar un rato agradable. Esas mujeres saben, de otro lado, que explotando el sentimentalismo barato que inculcan la escuela y la publicidad, onda "día de la madre", podrán cuando, o hasta viejas, manipular a los hijos y obtener de ellos apoyo económico. En suma, tener hijos constituye una excelente inversión de corto y largo plazo para estas mujeres. Aparte de que les brinda la oportunidad de sentirse útiles y de obtener algún reconocimiento social.

Patética me resultó una fotografía publicada en la revista "Paula", con motivo del último Día de la Madre, de la Mujer o de la Hija o de la Ciudadana, no recuerdo bien, ya que ahora abundan las fiestas para celebrar a las féminas, en la que aparecía una cincuentena de conscriptos de un regimiento, cada uno de ellos con su amita. Dado que en Chile cumplir con esa obligación sigue siendo cosa de rotos, los muchachos tenían toda la pinta de hijos de población. Sus madres eran guatoncitas, toscas, de evidente extracción proletaria, pero aparecían sonrientes, como felices de haber gestado el producto que tenían abrazado. A uno, claro, le daban ganas de decirles: "¿Y por esto están ustedes tan orgullosas?"

A la luz de estos antecedentes, no entiendo por qué el Gobierno pretende que yo, que pago no sólo el IVA, sino que global complementario, y que contribuyo más que proporcionalmente al gasto social, sin hacer uso de la infraestructura pública, financie el subsidio maternal que podrían invocar Cecilia Bolocco, Margot Kahl, Myriam Hernández u otras mujeres que ganan diez o veinte veces más que yo. No entiendo por qué, en nombre de una sacralización de la maternidad, el joven hijo de mi asesora del hogar, un joven de 22 años que se desloma trabajando y que percibe un modesto sueldo mensual, tendría que contribuir a un fondo para que la muchacha que vive en el piso de abajo, una ingeniera civil recién recibida, de padre de igual profesión y madre médico, cobre subsidio maternal si decide "realizarse" como mujer y tener un hijo. Difícil resulta entender qué tiene eso de solidario o de progresista.

A comienzos del siglo XXI, las mujeres disponen de un amplio arsenal de instrumentos para que la maternidad no sea un simple accidente o un condicionamiento biológico. Al menos en una sociedad relativamente evolucionada como la nuestra, la mujer ya no es madre por decisión del varón, sino porque ella lo desea. Puede recurrir a píldoras anticonceptivas, condones o píldoras del día después, para hablar sólo de las alternativas legales y dejar de lado el poco seguro método de las fechas. De manera que la maternidad es ahora, en la gran mayoría de los casos, una decisión personal. En muchos casos involucra a la pareja, sea legal o no, estable o pasajera.

Incurriendo en un censurable abuso de confianza, numerosas mujeres se embarazan sin solicitar el asentimiento de su pareja. Lo hacen con el deliberado propósito de obligar al hombre a casarse con ellas o a financiarles esa forma de "realización", lo que significa que el pobre deberá trabajar el próximo cuarto de siglo para alimentar a la criatura y su madre. Si la mujer trabaja, la sociedad entera deberá, de una u otra manera, financiarle el gusto, ese proyecto de "realización personal".

En "Cuartetas por diversión", Angel Parra canta

Esa mujer está loca/ quiere que la quiera yo;/ que la quiera su marido/ él tiene la obligación.

Pues bien, que el marido cargue con el hijo de ambos. O el gil que aceptó tener sexo con ella sin exigirle el uso del condón. Pero el resto de los varones no tenemos nada que ver en el asunto.

A lo mejor en otra época, en que la maternidad era una carga insoslayable para la mujer que no se quedaba solterona, y en que muchas madres morían al dar a luz al hijo séptimo o undécimo, el subsidio con cargo a todos los chilenos a favor de la maternidad puede haber sido comprensible y hasta legítimo. Pero a estas alturas, en una época en que la Javiera se mete a la cama de los tres y la Carlita golpea a la cátedra, dejémosnos de pavadas. Si la Viviana Nunes quiere tener otra guagua, no tengo yo, como afiliado a una isapre que me cobra cada vez más caro por haber superado hace tiempo la cincuentena, por qué financiarle el gusto.

Individuos mononeuronales saldrán, probablemente, con el argumento de que el país debe subsidiar la natalidad porque cada vez nacen menos niños y la Patria necesita disponer de brazos que carguen ametralladoras o dirijan F-16 para el evento de que nos terminen de invadir bolivianos, peruanos o argentinos. Eso de engendrar niños para que usarlos de carne de cañón me resulta vomitivo. De otro lado, no veo que falte gente en este país, sino, por el contrario, tenemos como 500 mil individuos, muchos de ellos profesionales, que no encuentran un trabajo, aparte de que el grueso de los profesores debe soportar a 45 alumnos por clase. ¡Qué bueno sería que disminuyera el número de los que cada año se incorporan a la enseñanza básica o tratan de incorporarse a la fuerza laboral! Y eso se conseguiría si la tasa de natalidad, que ya es bastante baja, cayera todavía más.

En consecuencia, me parece de plena justicia que un hombre soltero afiliado a una ISAPRE pague por un determinado plan de salud mucho menos que una mujer de su misma edad, ya que ésta, no sólo irá al médico cada vez que la menstruación le duela un poco, es decir sale más cara al sistema, sino que en cualquier momento puede salir con que se embarazó, lo que obliga a financiarle el costoso pre y el posnatal. En tal evento, si ella no se ha casado, seguramente, aprovechando la leonina ley de pensiones aprobada hace poco, demandará por alimentos al pobre tipo con el que se metió, de modo que igual obtendrá ayuda especial por al menos los próximos 20 o 25 años.

En rigor, no cabe acusar a la Isapre de discriminación por género. Según han precisado algunos de sus ejecutivos, la ley las obliga a poner diferencias de precios de acuerdo al nivel de riesgo de las personas, ya que los contratos son individuales, y no colectivos. A cada persona se le cobra de acuerdo al riesgo que representa en función del grupo de edad y sexual al que pertenece. Lo mismo que sucede con cualquier seguro. Sería absurdo que una compañía cobrara la misma póliza de vida a un varón de 32 años, sano, que a otro de 87, aquejado de un cáncer.

Haciendo gala de un beaterío natalista, el Ministro de Salud, Osvaldo Artaza, ha reconocido, con la voz entrecortada por la emoción, que con el Plan Auge, tener un niño no se cargará a la mujer, como ahora, sino que al conjunto de los afiliados. Es decir, Juan Lincopán Huechumil, obrero panificador que vive en La Pincoya, deberá forzosamente subsidiar a la senadora Evelyn Mathei si ella decide ser otra vez madre. Tierno como una guagua.

El Plan Auge contiene una serie de elementos que apuntan a promover una mayor igualdad de oportunidades, los cuales merecen máximo apoyo. Pero no es el caso de lo que se pretende hacer con el subsidio de la maternidad. Muchos hombres lo intuyen o perciben, pero de puro maricones no se atreven a decirlo en voz alta, ya que significaría violar "lo políticamente correcto". Pero si tanto caudal se hace con la necesidad de no cargarle la mano a la clase media, ya es hora, en nombre de la justicia y la equidad, que no se siga abusando de los varones.