Camino al andar
Noviembre de 2006

Benedicto XVI, la tozudez del celibato

Lejos de constituir un testimonio luminoso en un mundo que ha transformado el sexo en un ídolo, es motivo de sospechas incluso para los fieles y un obstáculo para que jóvenes generosos abracen el sacerdocio

NO ES POSIBLE que cuando ya nos adentramos decididamente en siglo XXI, el Vaticano siga imponiendo un modelo de sacerdocio que impediría al propio San Pedro asumir ese rol. Si el hombre seleccionado por el propio Jesucristo para dirigir la Iglesia fue casado, tuvo hijos y hasta suegra, resulta inexplicable que la Iglesia Católica Romana exija la mantención de una norma que aleja a muchos hombres del sacerdocio y que más encima suscita intensa desconfianza por parte de los fieles, en cuanto a que sus actuales sacerdotes sean de veras célibes y castos.

De otro lado, la creciente transparencia que existe hoy en día acerca de las conductas de los clérigos y políticos ha llevado al conocimiento público cientos de casos de abusos sexuales por parte de religiosos en contra de niños, lo que, acertada o desacertadamente, agudiza la desconfianza acerca del celibato sacerdotal y abre paso a sospechas acerca de cómo muchos sacerdotes aplacan sus tendencias sexuales, ante la imposibilidad de ejercerlas de manera más natural.

Tales escándalos erosionan la credibilidad de esa Iglesia, al tiempo que el celibato aparece como una carga insoportable a potenciales candidatos al sacerdocio, lo que explica, en importante medida, el creciente déficit de personal consagrado. La escasez de clérigos dejando sin pastores a un creciente número de comunidades de creyentes, sólo porque el Vaticano insiste en imponer a los curas una exigencia que Jesús no planteó a sus discípulos. Por el contrario, designó como su vicario a uno que no sólo tenía esposa, sino, incluso, suegra.

La apertura del sacerdocio a hombres casados haría más creíble el mensaje cristiano y las enseñanzas del Evangelio, al tiempo que obligaría a la Iglesia a asumir con mayor realismo las exigencias que la lucha cotidiana y la vida de hogar plantea a sus fieles.

Pero la cobardía es más fuerte. Así, el Papa Benedicto XVI acaba de reafirmar la importancia del celibato para los sacerdotes católicos romanos, perdiendo una oportunidad histórica para liquidar una exigencia que no tiene nada de evangélico. Nadie postula que se prohíba el celibato, pero que éste quede constreñido a las órdenes religiosas; de esta forma, quien quiera acceder al sacerdocio podría optar libremente entre servir a Dios y a la Iglesia como célibe o como casado.

TEMA TABU

Pese a la cotidiana difusión de escándalos sexuales protagonizados por sacerdotes católicos, son pocos los fieles que se atreven alguna vez a hablar con sus curas del celibato a que estos últimos se hallan sometidos. Pero el tema dista mucho de ser asunto de sacerdotes. Si fuese así, cabría replicar que temas como el condón y la píldora del día después competen únicamente a los laicos, y no a quienes han hecho votos de celibato y que supuestamente sólo saben de actividad sexual por los tratados de moralistas. Dado que muchos clérigos se sienten autorizados, en el confesionario y en el debate público, a pontificar acerca de la vida íntima de los laicos, pretendiendo imponer antes que aconsejar, sería justo que también los fieles hicieran otro tanto. Pero no es por una razón subalterna que el asunto del celibato sacerdotal debiera dejar de ser tabú para los católicos comunes y corrientes.

Encuestas efectuadas en otros países comprueban que la mayoría de los fieles desconfía de la supuesta abstinencia sexual de los sacerdotes, y no hay razón alguna para creer que entre nosotros la situación sea diametralmente distinta. La frecuencia de casos de incumplimiento, algunos de los cuales se transforman en escándalos públicos, pese a los esfuerzos de la Jerarquía por mantenerlos en secreto, dan alas a las sospechas de los fieles. Si el celibato obligatorio es mirado con sospecha incluso por numerosos fieles, queda cuestionada la eficacia testimonial de esta práctica.

Entre los curas existe un comprensible pudor en esta materia: cualquier sacerdote que presionara en tal sentido sería mirado con sospecha, como si estuviera tratando de solucionar su propio problema. Por consiguiente, hasta se podría afirmar que es imprescindible que sean los laicos los que planteen el tema y exijan un debate abierto.

La sospecha que experimentan los fieles no carece de fundamentos. En el último tiempo han recrudecido en diversos países las denuncias de escándalos sexuales protagonizadas por clérigos, a quienes se acusa ya sea de relaciones con feligresas o de actos homosexuales o abusos con menores. Decenas de miles de sacerdotes han dejado en las últimas décadas su ministerio para casarse. Y hace algún tiempo un instructivo del Vaticano entregó normas para controlar las tendencias homosexuales y heterosexuales de los postulantes, dando a entender que es preciso extremar los controles pues entre los ordenados se advierten problemas.

El celibato libremente asumido es un carisma valioso dentro de y para la Iglesia. En una sociedad que se ha zafado de muchos tabúes seculares, lo cual es positivo, pero que ha transformado el sexo en un ídolo, el celibato constituye un testimonio luminoso, siempre, claro está, que sirva para una mayor entrega a los pobres y necesitados, tanto material como espiritualmente. Sin embargo, cuando se lo transforma en una exigencia, con argumentos que no suenan convincentes, impide que muchos varones bien dispuestos y generosos lleguen al sacerdocio. Y para colmo, buena parte de los fieles y de las personas de buena voluntad sospechan de la seriedad de quienes deben asumir en forma obligatoria el celibato.

Son muchos los sacerdotes, acaso la mayoría, que cumplen con sus votos en esta materia. Por eso mismo es que resulta imprescindible que el testimonio de amor de que ellos son protagonistas se proyecte en forma transparente, y no se vea amagado por escándalos y sospechas.

APROXIMACION RESPETUOSA

Nosotros mismos creyentes, nos aproximamos al tema con delicadeza, sin ningún afán sensacionalista. Al revés, lo hacemos compasivos con sus protagonistas, que seguramente han derramado muchas lágrimas y vivido episodios de extrema tensión al hacerse luz acerca de sus conductas. Sabemos que sacerdotes y obispos son personas que, junto a sus virtudes y grandezas, están, igual que todos los seres humanos, marcados por los defectos, las limitaciones y el pecado. Ningún laico, católico o no, tiene derecho a levantar fariseicamente el dedo acusador contra quienes, por razones que no nos compete juzgar a escala individual han sido incapaces de cumplir los votos que juraron respetar.

Sin embargo, la peor actitud consiste en suponer que se trata de episodios por completo aislados, excepciones absolutas sólo atribuibles a la debilidad de los protagonistas, y que, en consecuencia, no responden a causas de fondo. Por ese camino, se adopta la política del avestruz y se termina echándole tierra al problema.

A comienzos del siglo XXI, los creyentes no se escandalizarían en absoluto si empezaran a aparecer curas casados. Al contrario, los sentirían más cercanos, los percibirían como personas que viven los problemas reales de la gente, que saben lo que es afrontar las dificultades de mantener una familia y educar a los hijos. Ello no impediría que hubiera otros clérigos que en forma voluntaria decidieran asumir el celibato. Pero este último no sería requisito ineludible para la vocación sacerdotal. De esta forma, un clérigo podría renunciar al celibato para casarse y seguir ejerciendo sin problemas su ministerio.

La circunstancia de que los curas pudieran casarse no evitaría, por cierto, los casos de infidelidad ni los escándalos. Al fin y al cabo, en el mundo secular muchos de tales episodios son protagonizados por varones casados; y la gente común, incluso los fieles, tienen clara conciencia de los clérigos son hombres de carne y hueso. Pero la abolición del celibato obligatorio tendría al menos la virtud de atenuar las sospechas injustas que recaen sobre esta práctica, al tiempo que abriría el camino al sacerdocio a muchos jóvenes generosos que no están seguros de poder cumplir una exigencia ajena al Evangelio ni quieren vivir en la hipocresía