Si fue atentado la catástrofe del American Airlines en Nueva York, Gobierno de Bush no lo reconocerá
Y la gente no lo creerá. Es muy fácil instalar la censura de prensa, pero los costos son elevados en términos de credibilidad
Pasadas las 11.30 horas de este lunes (12 de noviembre) subí al auto para un viaje de media hora desde Valparaíso a Concón y casi maquinalmente prendí la radio. Estaba sintonizada en Cooperativa y un par de periodistas daban cuenta nerviosamente de un accidente aéreo en Nueva York que había dado origen a un incendio cuyas llamas y humo eran visibles a kilómetros a la redonda. Sentí intensa molestia contra emisora, pensando que se trata de una mera retransmisión de lo acaecido dos meses antes. U
"Es una falta contra la ética exacerbar el stress de la gente, haciéndole creer que se ha producido una nueva tragedia", me dije, mientras optaba por una emisora que transmitía música clásica. "Al menos en la tele, cuando repiten las escenas de aquel 11 de septiembre en Manhattan, colocan una R, que permite darse cuenta que se trata de una repetición. En el caso de la radio, eso es imposible, aunque debiera haber una voz que repitiera de fondo una y otra vez que se trata de una grabación", seguí hablando solo.
Unicamente cuando algunos minutos después, llenaba el estanque de gasolina aprovechando la nueva baja de los combustibles, el comentario del bombero, que escuchaba una radio portátil, me hizo comprender que se trataba de un nuevo desastre.
¿Accidente? Punto menos que imposible. Si tradicionalmente la aviación comercial de Estados Unidos ha satisfecho estándares muy elevados de seguridad, puede uno imaginarse hasta qué punto se habrán extremado las medidas preventivas de fallas mecánicas tras los sucesos del 11 de septiembre pasado.
En el evento de que la máquina de American Airlines hubiese caído envuelta en llamas sobre San Francisco, Hawai o Río de Janeiro, habría resultado menos sospechoso. Pero ¿un accidente sobre Nueva York, justo cuando se celebra la asamblea de Naciones Unidas y las fuerzas títeres de Estados Unidos en Afganistán estaban a las puertas de Kabul, gracias al bombardeo incesante durante siete semanas de la aviación yanqui?
Si fue un atentado, el Gobierno de Bush no lo admitirá. Sería reconocer que todas las extremas medidas de seguridad adoptadas a partir del 11 de septiembre, algunas rayanas en la paranoia, han sido estériles y que el poder político no está en condiciones de brindar seguridad a los pasajeros de las líneas aéreas.
Dada la fuerte censura de prensa que la Casa Blanca ha impuesto a los medios de comunicación, no le será muy difícil esquivar el tema. Ya lo hizo con el avión que ese mismo 11 de septiembre cayó o fue derribado por los cazas de la fuerza áerea en Pennsylvania. Jamás esa catástrofe fue aclarada y los medios de comunicación no han insistido en el tema.
No tenemos por qué creer que ahora nos van a decir la verdad.
Pero la gente, que puede dejarse engañar algún tiempo por la propaganda y confundirla con información periodística, de a poco va entrando en sospechas. Entonces, el terreno está abonado para los rumores y para que se tejan las hipótesis más increíbles.
Asfixiar la libertad de expresión es muy fácil y siempre se lo hará en nombre de grandes principios, como la seguridad nacional, el patriotismo y otras yerbas que utilizan los poderosos para defender sus intereses. Pero en sociedades avanzadas, mantener la farsa es difícil y se corre el peligro de que las cosas se escapen de las manos incluso de quienes se creen amos del universo.
Si fue accidente, sería el colmo de la mala suerte o clara señal que de los norteamericanos están demasiado nerviosos para hacer bien las cosas, entre otras la mantención de aeronaves. Pero, debido a la torpe actuación de su Gobierno para encarar la amenaza del terrorismo que se cierne sobre Estados Unidos (que es un tipo de las muchas variedades de terrorismo que asuelan el planeta), la incredulidad crecerá. Y para un porcentaje cada vez mayor de la población mundial, habrá sido un atentado.
De esta forma el terror se expande. Frente a tipos que están dispuestos a sacrificar sus vidas en aras de su fanatismo, ni siquiera la fuerza militar y la tecnología de la mayor potencia imperial de la historia es capaz de ofrecer seguridad. Como para empezar a creer que la humildad es una gran virtud. Raúl Gutiérrez V., periodista