Palmada en el poto para cabros de mierda
Exasperación ciudadana ante desmanes juveniles e inoperancia de las autoridades, que más parecen abuelas chochas
DOS IMÁGENES REVELAN con elocuencia el vandalismo desatado en los últimos días de mayo por adolescentes y jóvenes universitarios en el centro de Valparaíso. Una, la de un mocoso de unos 14 años, que se encarama en la estatua de nuestro máximo prócer y lo rocia largamente con pintura spray. La otra, de un pobre joven, dicen que estudiante de la UCV, envuelto en llamas porque mientras forcejeaba para arrastrar un contenedor de basura, alguno de sus secuaces lanzó antes de tiempo la bomba molotov destinada a incendiarlo en la vía pública.
Señalemos de partida que los jóvenes con alma de babosa, incapaces de ver, sentir y pensar más allá de sus propios intereses son, sin duda, repulsivos. Asquea la juventud apática, que no está ahí con nada.
De otro lado, este periódico ha sido durísimo con la actuación de Carabineros, según puede comprobarlo cualquier lector que visite detenidamente nuestro sitio, porque consideramos que esgrimen a menudo excusas inaceptables para justificar su inoperancia y prepotencia y siguen manejándose por criterios propios de la época autoritaria. Finalmente, nuestro categórico rechazo a la dictadura de Pinochet, sin perjuicio de la apertura irrestricta de columnas a sus partidarios, nos ha granjeado la enemistad de un amplio e influyente sector ciudadano.
Condena tajante
Sólo los ignorantes podrán, entonces, motejarnos de "fascistas" si condenamos de manera tajante, sin contemplaciones ni eximentes, la conducta irresponsable de miles de mocosos que están pidiendo a gritos una palmada bien dada en el traste. Toda otra fórmula suena a demagogia porque desconoce el hecho basal de que estas hordas salen a las calles y plazas con el objeto indisimulado de capear clases y divertirse a costa de la mayoría silenciosa que con su trabajo cotidiano tiene que financiarles sus estudios.
Ojalá tuvieran algún grado de conciencia política que los llevara a luchar por ideales nobles, más allá de sus mezquinos intereses y de la ley del menor esfuerzo. Pero al observarlos durante algún rato, toda ilusión se desvanece y quedan al desnudo su frivolidad, falta de imaginación e ignorancia política. Estas hordas no le harán ni cosquillas al sistema, aparte de causar daños y estropicios, provocar molestias al prójimo y perjudicarse todavía más en sus estudios.
Pobres tipos, que egresan de la enseñanza media sin saber leer ni escribir, ni manejar la regla de tres simple, y que deberán mañana enfrentar las exigencias de una economía globalizada y competitiva. Ignoran que con tan precaria formación carecen de toda posibilidad. Pero resulta obviamente más entretenido volcar un receptáculo de la basura para bloquear el tránsito que estudiar lo que sucede con la descomposición de los desechos orgánicos. Y hacer puntería con piedras sobre los ventanales de un colegio, que descubrir los principios físicos que envuelve esta acción.
Gobernador, abuelo prematuro
La recomendación de una palmada bien dada en el poto de cada uno de estos mocosos escandalizará, probablemente, al beaterío de sicólogos y educadores pazguatos, feministas y padres pusilánimes que creen que siquiera pegar un buen reto a un cabro es pecado mortal, que podría provocar al afectado un trauma de por vida. Estos incapaces son los principales responsables de tanto cabro chico odioso y destructor, mal educado e insoportable, que uno encuentra hasta en las mejores familias. Son los mismos ineptos que, cuando sus hijos llegan a la adolescencia, pretenden ser "amigos" de sus hijos, en lugar de ejercer el indispensable papel de padres, seres que con ternura, pero también con firmeza, orientan, dicen pan pan vino vino lo que es bueno y lo que es malo, y a los que no les tiembla mano para castigar si es preciso, lo mismo que para acariciar y acoger.
Los padres que pretenden rejuvenecer por la vía de hacerse cómplices de sus hijos, de ponerse a su misma altura, de asimilarse a ellos, hacen el soberano ridículo. Porque la vida no retrocede ni es posible engañar el calendario.
Cuando en el afán de congraciarse demagógicamente con los jóvenes se los idealiza o se les otorgan derechos sin exigirles responsabilidades, sucede lo que hemos sufrido en Valparaíso en estas últimas semanas. El joven gobernador porteño ha autorizado desfiles por calles del estrecho plan de la ciudad, los cuales han redundado en un caos del tránsito, con cientos de horas de trabajo perdidas, aparte de cuantiosos daños a la propiedad pública y privada. ¿Responderá de su peculio personal el señor gobernador por la irresponsabilidad en que incurrió al conceder estas autorizaciones? ¿Pagará de su bolsillo el señor gobernador los parabrisas de decenas de automóviles que los vándalos quebraron a su paso por la Av. Pedro Montt? ¿Y los ventanales de la Scuola Italiana?
El señor gobernador es un joven recién casado, pero ya parece un abuelo chocho consentidor. Pertenece probablemente a la escuela de los padres renovados, esos que confunden el amor con la adoración y que creen que hasta la caca que defecan sus parvulitos es una obra de arte, digna de ser exhibida con orgullo a los visitantes. Cuando se adopta ese enfoque, hasta los actos vandálicos de hordas donde no son escasos los marihuaneros aparecen como travesuras que conviene contemplar con espíritu benigno.
Mayoría silenciosa
Ah..!!, si las autoridades se decidieran de una buena vez a escuchar la voz de la enorme mayoría silenciosa, qué sorpresa se llevarían. Ah..., si los jóvenes sacadores de vuelta supieran lo que piensan de ellos esa mujer modesta que hace el aseo en oficinas, el taxista del colectivo, el vendedor de diarios y el pobre paco guatón que dirige el tránsito. Todos ellos claman por una fuerte palmada en el traste para estos pelafustanes.
Por eso es que resulta tan desubicada la declaración del regional del Colegio de Profesores, que apoyó sin reservas el desempeño de los escolares, sin una palabra de censura para los desmanes. Con maestros tan mediocres y demagogos, no es extraño que pese al sustancial incremento de los recursos que el Estado destina a la enseñanza, no sólo el nivel educacional, sino también la formación moral de los jóvenes, acusen sostenido deterioro. Ojalá que el Colegio represente apenas a una ínfima minoría de maestros y que la mentada declaración sólo sea fruto de algunas mentes afiebradas a las que les vendrían bien unas vacaciones indefinidas.
Por eso, resulta imprescindible que los mocosos sientan el abrumador repudio ciudadano por sus actos vandálicos. Tal repudio ha de erigirse en un muro más poderoso que una legión de carabineros de fuerzas especiales. Y ha de forzar a las autoridades para que dejen de comportarse como abuelas chochas y asuman el rol de padres que les compete, para no aparecer ante la opinión pública como ridículos peleles.