Camino al andar
Noviembre de 2025

Ese no soy yo

A medida que envejezco la imagen que proyecto ante mis semejantes ha ido mejorando ostensiblemente, al punto que ya no me reconozco a mí mismo y temo que de repente se descubra la impostura

EN MI ADOLESCENCIA y temprana juventud me hice a menudo la angustiante pregunta que andando el tiempo se formularía el Guille, entrañable amigo de Mafalda: “No sé por qué me cuesta tanto que me crean que soy una buena persona”.

Representaba tan bien esa frase mi sentir y pensar que planté el cartel en la puerta de mi oficina. Por desgracia, ninguno de mis compañeros se dio por aludido. Cuando el cartel se arrugó y destiñó pasó a asemejarse a una campana de goma, por lo que hube de tomar la dolorosa decisión de sacarlo. Momento dramático en que imaginé ser uno de los marinos de Prat que decidía arriar el pabellón nacional desde el palo mayor de la Esmeralda.

Debí haber ido al psicólogo para confiarle mi desconcierto. Yo era víctima de una flagrante injusticia, ante la cual me encontraba inerme, lo mismo que la persona que acusada de un grave delito descubre que se le niega la presunción de inocencia.

Las cosas no son como ocurrieron, sino como las recordamos. Abandoné el tratamiento con la bella psicóloga cuando ella no solo puso en duda mi mala relación con el mundo, sino que empezó a sospechar que yo estaba intentando seducirla.

Ahora que me interno decididamente, aunque a paso vacilante, en la cuarta edad me asombra comprobar el cambio que se ha operado en la opinión que la gente tiene de mí. Los saludos que he recibido con ocasión de mi reciente cumpleaños han sido tan generosos que juraría que aluden a otra persona.

Se me viene a la memoria el caso del célebre dramaturgo y activista político Vaclav Havel, quien a fines de la década de los noventa del siglo pasado accedió a la presidencia de Eslovaquia, pese a que él se consideraba sin dedos para el piano y por lo tanto vivía con el temor de ser desenmascarado y destituido por impostor, casi como si el cargo lo hubiera encontrado a él, no al revés.

Havel había sido perseguido y encarcelado por el régimen comunista y le llevó algún tiempo convencerse de que cuando los militares se le acercaban era no para prenderlo y llevárselo a patadas a una celda infecta, sino para protegerlo o rendirle honores en su condición de jefe de Estado.

Tal experiencia me ha hecho reflexionar acerca de los riesgos de que se descubra la impostura de la que he sido protagonista y de que se me acuse de no haber hecho nada por sacar del engaño a tanto incauto que me saluda amablemente por mi estado de salud, llegando incluso a considerarme en sus oraciones. Llegué a pensar en subir a las redes sociales un comunicado con el título “ese no soy yo” a fin de aclarar esta grosera distorsión de la realidad, pero deseché la idea por miedo a que en los días finales de campaña presidencial se prestara a confusión y la gente se preguntara si se trataba de propaganda encubierta en favor de la señora Jara o del señor Kast.

De modo que he decidido morir en la rueda.