Diez años con mi Parkinson
Lo que siente y piensa un casi octogenario de holgada situación económica que lucha hace diez años por lentificar el inexorable avance de la enfermedad
ESTÁN POR CUMPLIRSE diez años desde que me detectaron la enfermedad de Parkinson y acogiéndome al programa GES inicié, a punto de cumplir 68 años de edad, una terapia basada en la ingesta diaria de sifrol y prolopa, aparte de controles trimestrales con el neurólogo, terapia complementada con ejercicios supervisados por kinesiólogo. Todo ello con la esperanza de retardar lo más posible la aparición de las manifestaciones de este mal.
Una evaluación benévola llegaría a la conclusión de que esta estrategia de contención ha resultado exitosa. Todavía estoy en condiciones de manejar correctamente, me desplazo sin bastones, soy capaz de operar el pc y el celular, en tanto que la memoria corta y larga es mejor que la del Presidente Biden. Como contrapartida, la confianza en mí mismo se ha deteriorado al punto que no me atrevo a caminar sin compañía por la calle, a menudo sufro congelamiento de la marcha incluso en el espacio doméstico y debo ingerir varios paracetamoles al día para apaciguar dolores neuropáticos a las caderas o la zona lumbar, mientras compruebo que la voz se me ha debilitado y advierto retrocesos en la modulación de las palabras.
Por otro lado, el cansancio me acosa: basta que recorra una cuadra para que me sobrevengan deseos urgentes de sentarme, si bien, dígome a mí mismo, debo tomar en cuenta que dentro de poco tiempo seré un señor de ocho décadas y que recientemente me sometí a una grosa intervención quirúrgica que me mantuvo casi tres semanas hospitalizado.
Con el recurso diario a lexapro el neurólogo ha tenido éxito en el empeño de evitar que este paciente caiga en depresión, trastorno que se da con frecuencia entre los enfermos de Parkinson y que pudo haberse precipitado porque en el breve espacio de cinco meses se nos quemaron cinco viviendas modestas para alquilar, debí someterme a la operación mencionada y mi devota esposa sufrió una fractura de rodilla, que dejó al desnudo la vulnerabilidad a la que estamos sujetos todos, pero en especial las personas de la tercera edad. En todo caso, el paciente manifiesta constante buen humor y aunque, veterano periodista al fin, sigue de cerca, como si estuviera en plena actividad, la desoladora actualidad nacional e internacional y mantiene firme la esperanza, presumiblemente gracias a su fe cristiana.
Desde hace un par de años los dolores que afligen al paciente se han venido intensificando pese a las consultas en procura de alivio efectuadas a diversos médicos de la plaza, fracaso ante el cual se resignó a convertirse en consumidor frecuente de paracetamol, práctica supuestamente inocua según le aseguró el traumatólogo que lo operó hace algún tiempo de la cadera. La persistencia de los dolores me llevó a coquetear con la cannabis, pero, sin renunciar a esta alternativa, he decidido dar una oportunidad a la costosa infiltración.
Lo único claro es el costo, cercano a un millón de pesos, pese a lo cual el algólogo -experto en dolor- no está en condiciones de asegurar la duración mínima de os efectos de este procedimiento. Sería bastante desilusionante que tras someterme a la infiltración descubriera al cabo de cinco semanas que el dolor reaparece. No me quedaría otra alternativa que convertirme en un consumidor de la cannabis, lo que me obligaría a destinar a un fin productivo la jardinera del ventanal de nuestra suite, con el objeto de evitar el fortalecimiento de la demanda que enfrentan los narcos.
Resta saber qué hacer con mis sesiones de kine, cuya antigüedad es semejante a la de mi Parkinson. A menudo me digo que se trata de un ejercicio inútil, sobre todo cuando compruebo que me desplazo por el interior de su departamento con la prestancia de una cuncuna que se aproxima en busca de tratamiento a un centro de la Teletón. Estamos en verdad estancados, sin ningún progreso, repitiendo ejercicios, inventando otros, pero mi capacidad de desplazamiento se deteriora. Hasta hace pocos meses era capaz de salir del condominio en auto, estacionarme en el centro de Viña del Mar e ir al dentista, a la peluquería o hacer alguna compra. Ahora me tengo que hacer acompañar por el kinesiólogo o por un asistente. Cuando alguno de ellos está a mi lado mi desempeño tanto en la vía pública como al interior del departamento es aceptable. Cabría la sospecha que es mi solícita esppsa, con su tendencia a la sobreprotección, la que me inhibe, pero ello no explica por qué incluso cuando quedo solo en el departamento me sobrevienen episodios de congelamiento de la marcha.
En ocasiones percibo un tanto desconcertado al kine. Durante un buen tiempo me aseguró que el ejercicio sería suficiente para hacer desaparecer o atenuar sustancialmente los dolores que me afligen, en tanto que se mostraba inquieto por los efectos acumulativos de la ingesta de varios paracetamoles al día. Tampoco acogió con entusiasmo la infiltración, insistiendo siempre en la superioridad de la disciplinada y perseverante práctica de ejercicios. Ahora último y a instancias mías comenzó a interesarse en las posibilidades de la canabis y su curiosidad mudó en breve plazo en recomendación, a la cual he respondido con una dosis adicional de cautela.
Pese al escaso avance e incluso regresión de mi capacidad de desplazamiento me propongo proseguir con un par de sesiones semanales de kine. Primero porque me permite tener contacto con un joven treinteañero con el que puedo intercambiar ideas y chistes, privilegio escaso para un sujeto casi octogenario como yo; y, segundo, porque me obliga a disciplinarme con los ejercicios, los que de otra manera abandonaría al cabo de breve plazo, pues siempre hay excusas para optar por el mínimo esfuerzo.