Camino al andar
Marzo de 2002

Zánganos al ataque

Cientos de jóvenes privilegiados se organizan para salir a lanzar piedras y bombas molotov a los pacos y provocar destrucción y atochamientos. No les da el mate para luchar con métodos más creativos por sus demandas y saben que gozan de impunidad

LAS FEDERACIONES DE estudiantes universitarios se preparan para su acostumbrado show anual, de modo que la ciudadanía de diversas ciudades del país debe prepararse para sufrir las molestias y los costos derivados de los actos vandálicos que hordas de mocetones con rostros encapuchados protagonizarán en nombre de ideales superiores.

En el caso de Valparaíso, los infortunados habitantes de los alrededores de la Universidad Playa Ancha, sin duda la más activa sucursal del Piedragógico de Santiago, deberán resignarse a violentos incidentes entre los vándalos y la policía uniformada, con la alegre destrucción de semáforos y ventanales, aparte del volcamiento de los receptáculos de la basura. Es probable asimismo que con la inteligencia de que hacen gala para maximizar las molestias y los costos a los habitantes de la zona, los vándalos se tomen la Avenida España, provocando así gigantescos embotellamientos.

Estos modernos seguidores de Atila actúan con absoluta falta de conciencia, pese a pertenecer al selecto grupo de los que han accedido a la enseñanza superior, pagados, de una u otra manera, por todos los chilenos. Los riesgos a que se exponen en sus juegos de destrucción y violencia contra hombres modestos, como los carabineros, son bastante bajos, aunque no descartables, ya que si bien la tasa de heridos es baja, cada año queda al menos un joven con el ojo reventado, cuando no hay una víctima fatal. Pero el 99,99% se entretendrá bastante con su participación en los desórdenes. A lo mejor por ahí los moja el guanaco o deben respirar los gases malolientes del zorrrillo, pero se diría que ello estimula el atractivo a la tarea de destruir bienes públicos y privados.

Si como en países musulmanes recibieran un par de varillazos que les dejara el poto ensangrentado, seguramente lo pensarían un poco más antes de lanzarse, a veces drogados o con su buena cuota del alcohol, a una guerrilla estéril contra la fuerza pública. También lo pensarían un par de veces si tuvieran que responder con su propio peculio por los daños y molestias que ocasionan.

¿Estudiantes?

Es público y notorio que en nuestro país los periodistas padecen de fatiga mental crónica, aunque otros observadores, más críticos, dirían que son irremisiblemente perezosos, por lo que repiten sin mayor análisis algunos lugares comunes que dificultan cualquier análisis objetivo de los acontecimientos. Así, por ejemplo, le echan la culpa a la lluvia de los muertos y despaturrados que provocan conductores psicológicamente ineptos que conducen a velocidad superior a la normal en condiciones climáticas adversas. Por eso mismo, el uso del vocablo estudiantes para referirse a los energúmenos que provocan desmanes en la vía pública obedece a una simple costumbre. Porque cuesta siquiera imaginar que tales individuos sean capaces de activar sus neuronas.

Los escasos testimonios periodísticos en que dan cuenta de sus argumentos y razones muestran que las universidades han rebajado en exceso sus exigencias y que la carga académica en numerosos planteles es más liviana que un paquete de cabritas. Con académicos que se asemejan a abuelos chochos complacientes, en numerosas universidades públicas los "estudiantes" hacen lo que se les antoja. Pobre del profesor que imponga exigencias, como hacer clases a la hora señalada o tomar exámenes en serio. Durará muy poco en su cátedra. Los "estudiantes" se rigen por la ley del menor esfuerzo, sin percatarse de que en el competitivo mundo de comienzos del siglo XXI es preciso aprovechar todas las oportunidades para capacitarse en serio. Por el contrario, muchos de ellos pierden lastimosamente el tiempo. Alguien que busca egresados de periodismo estuvo tentado a poner en el aviso "indispensable que sepan leer y escribir": así de bajo ha caído el nivel académico de muchas universidades.

Insensibilidad social

En su gran mayoría, los especímenes que participan activamente en los desmanes carecen de todo sentido social, aunque sus demandas sean demagógicamente asumidas por algunos políticos y partidos que se las dan de progresistas. Parten estos jóvenes de la base de que el país vive en deuda con ellos. Tenemos los contribuyentes que financiar sus prolongadas vacaciones de verano y sus paros, fiestas de mechones, borracheras colectivas, etc, ya que ellos son el futuro del país.

Nadie tiene la prestancia suficiente de plantearles a estos frescos que no hay derechos sin deberes y que siempre existen alternativas para la asignación de recursos. ¿Por qué habría de ser socialmente preferible destinar recursos a financiar a tipos que llevan años y años en la universidad, mientras sólo un pequeño porcentaje de párvulos tiene acceso a la enseñanza prebásica? ¿Qué tendría de malo que los estudiantes universitarios tuvieran que solicitar créditos a largo plazo para financiar sus estudios y mantención, de modo que después pagaran el préstamo con los intereses respectivos? ¿Por qué no se obligan a trabajar tres años, después de egresados, en organismos públicos o paraestatales a fin de devolver de alguna manera a la comunidad el apoyo que ésta les ha brindado para que se titulen?

Muchos de estos jóvenes podrían trabajar siquiera algunas horas. Sin embargo, consideran poco menos que un insulto examinar esa posibilidad. Llevan así una existencia cómoda, de frecuentes levantadas tarde y constante ausencia a clases, en nada parecida a la dura carga cotidiana que deben soportar millones de trabajadores que financian a estos zánganos. Ellos se las arreglan, claro, para hacer teatro, de modo que sus padres y gentes sencillas crean que soportan extenuantes jornadas y un régimen de clases, pruebas, ejercicios, laboratorios, certámenes que los mantienen al borde del colapso.

En Estados Unidos trabaja un elevado porcentaje de los universitarios, aun aquellos que provienen de familias pudientes. Acá nuestros jóvenes son cómodos y flojos, de modo que descartan de plano esa alternativa. Podrían servir de vigilantes de sus propios planteles o de aseadores de los guáteres o cuidadores de jardines, por mencionar algunos ejemplos, con lo que obtendrían un ingreso y ayudarían a rebajar los costos operacionales de sus universidades. Por cierto, nos estamos refiriendo no sólo a los varones, sino también a las mujeres, algunas de las cuales son enfermas de flojas y no son capaces ni siquiera de echar sus sostenes sucios al tacho de la ropa sucia en sus hogares. Pero estos jóvenes ignoran que nada de lo que obtiene regalo tiene valor. Y que, a la inversa, aquello que se logra con sacrificio, vale mucho más porque forma el temple del individuo, aparte de que lo hace conocer mejor la vida real.

Métodos viles

Puede que haya un grupo de jóvenes que protesten en nombre de ideales nobles, como la mayor igualdad de oportunidades en una sociedad altamente segregada e inequitativa como la chilena. Ya se ha señalado que incluso quienes compartimos esa visión ética podemos encontrar dificultades a la hora de justificar la asignación de mayores fondos a la enseñanza superior. Pero aun en el evento de que se trate de un objetivo éticamente impecable, no resulta indiferente la forma en que se lo procura.

El fin no justifica los medios, zanganitos. Y si nos estamos adentrando a pasos agigantados en la nueva economía resulta imprescindible que ustedes pongan en tensión las neuronas para buscar modalidades inéditas para presionar a favor de sus reivindicaciones. Lanzar piedras o bombas incendiarias puede haber sido un método adecuado para quienes se preparaban a irse a la guerrilla tres o cuatro décadas atrás. No es el caso de ustedes, que viven estrujando a sus padres y al Estado, y que sólo aspiran a titularse para ganar plata.

¿Y si en lugar de agredir a la fuerza pública, parar el tránsito y voltear receptáculos de basura se dedicaran ustedes a plantar árboles, o visitaran jardines infantiles o asilos de viejos, y si recitaran versos en los paseos peatonales y limpiaran estatuas? ¿No sería eso más congruente con los ideales que supuestamente los mueven? ¿Y si se dedicaran en esos días que llaman ustedes de "movilización" a pintar y embellecer sus propios planteles y regalar claveles a los carabineros, ¿no estarían sirviendo mejor la causa en la que dicen creer?

Se argumentará que quienes arrojan ácido o sustancias inflamables a carabineros o se solazan en la destrucción de escaños, faroles y ventanales constituyen una ínfima minoría. Y es cierto. Pero la enorme masa de los tibios pecan por omisión.

Proporciona el escenario para que los vándalos actúen y se refugien cobardemente. Los dejan actuar, los justifican sin palabras, permiten que ellos paralicen las clases, con grave detrimento del nivel académico de los alumnos y de la propia universidad. En lugar de enfrentar corajudamente a los hunos, los dejan hacer, con lo que se transforman en cómplices de miserables que por la fuerza de la violencia pisotean la razón y la ética, en ausencia de las cuales la Universidad es apenas una caricatura de lo que debería ser.