Camino al andar
Noviembre de 1983

Los desafíos de los católicos divorciados

Los grupos de acogida a los católicos divorciados deben ayudarlos a crecer en la fe, a acercarlos al Señor y a su Iglesia, pero hacer todo esto a partir de la realidad que ellos viven, sin escapismos ni angelismos inútiles.

A LOS QUE HEMOS LLEGADO a este encuentro nos une una misma realidad. Todos hemos visto derrumbarse nuestros matrimonios, pese a que cuando nos casamos lo hicimos con la voluntad o la ilusión de que fuera "hasta que la muerte nos separe".

Nuestra presencia aquí es, de alguna manera, un acto de humildad. Venimos porque nos sentimos débiles, necesitados del amor y la acogida del Señor, que ha llamado a que se acerquen a El todos los que están agobiados y afligidos.

Venimos porque sabemos que necesitamos a otros para crecer a partir de nuestra realidad concreta de separados o de personas que intentan establecer o que ya viven una nueva relación de pareja. Y porque queremos también, pese a las incomprensiones de que tal vez hemos sido objeto o a nuestra propia desidia o "películas" que nos pasamos, reencontrarnos o fortalecer nuestro compromiso con la Iglesia.

Ella es nuestra madre: y si tenemos tal vez muchas críticas que formularle, reconocemos que de ella hemos recibido la fe en Jesús resucitado, en su Padre bondadoso y en el Espíritu Santo, capaz de transformar la vida de cada uno y de infundirnos la fe y la esperanza que requerimos.

MÁS JUEZA QUE MADRE

La Iglesia en general no ha tenido una actitud solidaria con quienes han pasado por la dura experiencia que nosotros conocemos, ni una actitud de comprensión ante situaciones en que las responsabilidades individuales no siempre son claras.

Nuestra Iglesia ha mostrado durante mucho tiempo una posición de condena en bloque frente a las personas separadas o vueltas a casar, limitándose a proponer soluciones a menudo imposibles.

Muchos de nosotros hemos sufrido en carne propia el dolor de palabras imprudentes y hasta crueles, cuando nos sentíamos abatidos y desesperados y lo único que merecíamos, de parte del sacerdote o religioso al que nos acercábamos, era una palabra de comprensión y afecto y una oración para ayudarnos a descubrir que Dios Padre no abandona nunca sus hijos.

No es extraño entonces que tantos de los afectados experimenten desilusión con una Iglesia que no se les ha mostrado como una madre cariñosa y que a menudo, en cambio, se ha apresurado a descalificar, excluir, discriminar a estos hijos suyos, la mayoría de los cuales no tienen conciencia de haber cometido el enorme pecado que se les atribuye o no creen, si es que en verdad fueron culpables de la ruptura, que esa falta pueda permanecer indefinidamente sin perdón.

Nos apena comprobar que muchos hermanos en la fe que han vivido estas dolorosas situaciones y que han tenido el privilegio de establecer una nueva relación conyugal, buena y enriquecedora, han optado por alejarse de la Iglesia. Otros se han marginado al convencerse que se merecen el calificativo de pecadores públicos que algunos jerarcas eclesiales les siguen aplicando. Y es una lástima porque en último término no es más que una sociedad de pecadores, cuyo único mérito es su fe inconmovible en el Señor Resucitado, que es el único que nos salva y libera.

PARA TENDER UN PUENTE

Mujeres y hombres comunes y corrientes, pero cristianos conscientes de sus derechos y deberes, nos hemos propuesto tender un puente entre la Iglesia y las personas separadas o vueltas a casar.

Sólo nosotros, que habíamos sufrido en carne propia la dura experiencia de la separación; que incluso nos habíamos alejado por algún tiempo de la Iglesia; que habíamos tenido que soportar las impertinencias de algunos sacerdotes; y que por algún designio del Señor, sin duda, nos habíamos reencontrado con la Iglesia, convencidos de que era nuestra y de que nadie podía exiliarnos de ella, sólo nosotros podíamos emprender este trabajo. Era nuestra obligación hacerlo para llevar esperanza a muchos heridos, desilusionados y hasta escandalizados.

No promovemos ni la separación ni el divorcio. Sabemos muy bien que estas situaciones entrañan sufrimiento y desgarramiento interior y dan origen a problemas que a veces son más grandes que los que algunos pretendieron solucionar con la ruptura de sus matrimonios.

Hay quienes son abandonados en forma súbita por su cónyuge. Otros adoptan la decisión de terminar, pero casi siempre tras un largo y doloroso conflicto interior, que en ocasiones demora más de lo conveniente. Sea como fuere, el denominador común del quiebre matrimonial es un conjunto de sensaciones angustiantes, como son el dolor, el miedo al futuro, el desgarramiento, la soledad, los remordimientos, el deterioro de la autoestima. ¿Podría entonces alguien decir seriamente que es "partidario" del divorcio?

Nosotros, menos que nadie, ya que sabemos lo duro que resulta. Tal vez si hubiésemos tenido mayor conciencia del sufrimiento, los trastornos y consecuencias que la ruptura conyugal habría de tener en nuestras vidas, nos habríamos esforzado más por fortalecer nuestro matrimonio o por superar las dificultades.

CAUSAS DEL AUGE DE LAS SEPARACIONES

No, no somos partidarios del divorcio. Diría, por el contrario, que el hecho de haber vivido la experiencia de la separación y, tal vez, las dificultades que supone establecer una nueva pareja nos han hecho tomar clara conciencia de la importancia de la estabilidad de la pareja y de la familia. Ello nos hace valorar mucho más la profundidad del exigente llamado que el Señor Jesús hace a todas las parejas a vivir el amor para siempre y sin condiciones, compartiendo hombre y mujer la tarea de educar a los hijos y de construir un mundo mejor.

Responder a ese llamado es hoy más exigente que nunca antes en la historia.

A diferencia de lo que sucedía hace apenas unas décadas, las parejas llegan ahora al matrimonio con la esperanza de ser felices y de desarrollarse como personas.

El rol de la mujer ha experimentado un vuelco espectacular, en el camino hacia una mayor igualdad respecto del varón, lo que es sin duda un fenómeno muy favorable, pero que introduce tensiones inéditas en la pareja, obligando a cada uno de sus miembros a redefinir obligaciones y a revisar actitudes y prejuicios muy arraigados.

Quienes se casan hoy digamos a los 25 años de edad tienen por delante cuando menos medio siglo juntos, es decir más del doble de lo que era común hace apenas medio siglo, lo que envuelve un desafío mucho mayor que el que afrontaban los matrimonios de antaño, en que las expectativas de vida de los cónyuges eran sustancialmente inferiores.

Es muy probable que hayamos llegado al matrimonio sin la madurez suficiente para afrontar estos nuevos desafíos, tan enormes como novedosos. Pero no podemos modificar el pasado ni desconocer nuestra realidad, que es la de miles de personas en nuestro medio, número que por desgracia sigue en aumento. Por lo demás, estamos convencidos de que el Señor ama a todas las personas que sufren y que tienen dificultades en sus vidas.

OBJETIVOS

Es imprescindible, en consecuencia, que la Iglesia cree y promueva instancias para acoger a los han vivido la dolorosa experiencia del fracaso matrimonial; para ayudarnos entre todos a superarla; para contribuir, con la ayuda de personas especializadas, a quienes tienen una nueva relación de pareja la vivan en profundidad.

Se trata de que todos podamos asimilar, no ocultar, sino que asimilar nuestro pasado, sacar las lecciones que corresponda, mirar hacia adelante, crecer como personas en el estado que nos corresponda, en la situación que nos toque vivir y por la que optemos, oportunidad ya sea en una nueva relación de pareja o en una soledad aceptada como una, también, de crecer y de servir a quienes sufren o han sufrido mucho más que nosotros.

Tales instancias han de contribuir asimismo a que profundicemos en nuestra fe a partir de la experiencia del sufrimiento, que es, aunque nos cueste creerlo, donde a menudo se descubre mejor a Dios.

Las comunidades de acogida a los separados deben hablar en forma afectuosa pero clara a la Iglesia, a sus pastores, sacerdotes y a los fieles, con el objeto de que aprendan a sensibilizarse ante el problema de quienes han visto derrumbarse sus matrimonios, para que no tengamos más ni prédicas hirientes de sacerdotes, ni discriminaciones odiosas que no se compadecen con el espíritu del Evangelio.

ACCESO A LA COMUNIÓN

Vivimos en una sociedad donde predomina la indiferencia y en que se incentiva un individualismo patológico. Eso lleva a que muchos se muestren renuentes a participar en cualquier actividad comunitaria.

Ello constituye un severo obstáculo para la nueva evangelización. El Señor no nos enseñó a rezar diciendo "Padre mío, que estás en el Cielo...", sino "Padre nuestro", a fin de darnos a entender la importancia que tiene para los cristianos tratar de vivir la fe en comunidad.

Hay que reconocer, de otro lado, que nuestra Iglesia promovió por siglos una vivencia religiosa que se basaba en exceso en los sacramentos, como si ellos fuesen suficientes por sí solos para alcanzar la salvación.

No es extraño entonces que mucha gente llegue a estos encuentros a preguntar: "Yo que estoy viviendo con otra persona, que establecí una nueva relación de pareja ¿puedo comulgar?".

Nuestra respuesta, de acuerdo a las normas objetivas de la Iglesia, sólo puede ser negativa. A menudo, esas personas se desaniman, sin darse cuenta de que deben hacer un esfuerzo para comprender que al final de los tiempos, cuando el Señor nos juzgue, no lo va a hacer en función del número de comuniones que hayamos recibido.

El nos va a juzgar en términos de lo que hicimos cuando lo vimos pobre, perseguido, torturado, afligido, con hambre, desnudo, enfermo, en la cárcel. Y cuando le preguntemos cuándo lo vimos en esa condición, nos va a responder que estaba presente en cada hermano, aun en la persona más modesta, más sencilla, más simple, más ignorante, más débil.

Ese va a ser el metro con que vamos a ser medidos. Con esta observación no pretendemos desmerecer el valor de los sacramentos, pero sí rectificar un orden de prioridades que no es evangélico y que puede llevarnos a entender nuestra verdadera situación dentro de la Iglesia.

La recepción de la Comunión, del pan y del vino en la Misa, es por cierto una fuerza muy grande que el Señor nos da para responder a su llamado, a su mensaje, a su palabra; pero, sin duda, no es el único medio.

Si muchos de nosotros estamos impedidos de recibir la Comunión, no estamos excluidos de la posibilidad de profundizar en la palabra del Señor a través de la lectura del Evangelio, de la Biblia; no estamos excluidos de la mesa de la solidaridad con los demás; no estamos excluidos del deber y de la obligación de trabajar por la paz, por la justicia, de esforzarnos por construir un mundo mejor, partiendo por un país reconciliado en la justicia, la verdad y el perdón.

Los grupos de acogida a los separados están llamados a constituirse en un lugar para que las personas que han vivido estas duras experiencias se reencuentren consigo mismas, para que profundicen en su propio conocimiento, para que asuman su pasado. Pero hay que tener cuidado de que no se transformen en un lugar donde mueren los mamíferos.

INDICADORES DE NUESTRA MADUREZ

Transcurrido un tiempo prudencial, es lógico que los afectados superen sanamente sus penas y problemas: que aprendan no a ignorar lo que pasó, porque eso es imposible (aparte de que sería artificial), pero sí a mirarlo con madurez.

Y van a descubrir que han alcanzado esa madurez el día en que no tengan resentimiento contra su ex cónyuge; el día en que sean capaces incluso de experimentar cierta ternura por esa persona, porque comprenden sus actuaciones, su conducta; el día en que, si son mujeres, nunca más utilicen a sus hijos contra del que es el padre de ellos; el día en que descubran las mujeres que no sólo son madres (con gran tendencia a la sobreprotección para atenuar la incidencia de la separación sobre sus hijos), sino también personas llamadas a desarrollarse en muchos otros aspectos de su personalidad, de sus potencialidades; el día en que los varones comprendan que por más que la relación de pareja se haya roto, no pueden dejar de tener contacto permanente y estrecho con sus hijos, aunque eso les cueste mucho.

SENTIDO DE UNA LABOR

Los grupos de acogida y acompañamiento a los católicos separados o bien a los que están intentando o están ya involucrados en una nueva pareja deben ayudarnos a crecer en la fe, a acercarnos al Señor y a su Iglesia, pero hacer todo esto a partir de nuestra realidad concreta, sin escapismos ni angelismos inútiles.

Deben transformarse esos grupos en lugares en que discutamos y busquemos juntos caminos para cada cual, pero sobre la base de la realidad y la verdad, y no de un escamoteo de nuestros problemas y situaciones. Cuando pretendemos disfrazar nuestra realidad no sólo dificultamos un diálogo franco que nos ayude a ser mejores a partir de la situación en que estamos, sino que mostramos de alguna manera desconfianza en Dios Padre, quien nos ama sin condiciones.

Sin embargo, estos grupos de acogida y apoyo no pueden transformarse en ghettos para los católicos que han vivido estas dolorosas experiencias. Pasado un tiempo prudencial, superado el dolor de la ruptura o tras el encuentro de la paz interior para quienes viven en una nueva relación de pareja, seguros de que también en ese estado pueden servir al Señor y ser parte activa de la Iglesia, es imprescindible que los católicos separados o divorciados se integren sin complejos a las estructuras o actividades normales de la comunidad de creyentes. Y que, por cierto, como laicos conscientes, se esfuercen en su vida cotidiana y en las estructuras sociales, económicas y políticas, por construir un país más humano, más solidario y respetuoso, en especial de los más débiles.

Sería importante, claro está, que algunos de los que se hayan beneficiado con la acogida y el apoyo de estas comunidades para separados y divorciados católicos se decidan a continuar este trabajo, ahora ya no tanto para recibir, sino para servir a otros que lo necesitan. Sabemos todos que por desgracia el número de afectados por la ruptura conyugal va en sostenido aumento, con todo el dolor y los problemas que ello significa.

ANUNCIO Y ACOGIDA

La Iglesia, junto con anunciar con transparencia el exigente pero profundamente humano llamado del Señor Jesús a todas las parejas a vivir a fondo el amor para siempre, tiene que acoger con ternura a quienes no sean capaces de cumplirlo.

Esta tensión entre anuncio y llamado a la perfección, de un lado, y compasión y afecto para con quien no es capaz de cumplir las exigencias evangélicas, del otro, tiene que impregnar todo el quehacer de la Iglesia. No hay contradicción alguna entre esas dos tareas. Tal vez la compatibilización se hará menos difícil si la Iglesia se decide a privilegiar lo esencial de nuestra fe, vale decir el anuncio de que Dios nos ama sin condiciones.

Al brindar apoyo y comprensión a quienes sufren, aunque sea por culpa propia, el dolor de la separación está siendo la Iglesia testimonio concreto del amor incondicional del Señor por todas las criaturas, en especial por las que sufren.

Pero Iglesia somos todos, y no sólo obispos y sacerdotes, aunque muchos de éstos parezcan convencidos de lo contrario. Demostraremos que somos laicos maduros cuando seamos capaces de acompañar la crítica con la acción. Ojalá, entonces, que más adelante algunos de ustedes puedan participar en esta tarea de ayuda en favor de un sector cuyos problemas y necesidades conocemos en carne propia.

EN EL NOMBRE DEL SEÑOR

Nos reunimos a conversar sobre este tema que nos llega tan de cerca, a compartir con sencillez algo de nuestras experiencias personales, a promover la amistad y la ayuda mutua, y a escuchar el Evangelio y a rezar en conjunto.

Tenemos todos conciencia de nuestras limitaciones y pecados, de que muchas veces hemos sido incapaces de amar, de que albergamos tal vez rencores, de que nos falta madurez, de que a veces hemos perdido la esperanza, de que miramos acaso con temor el futuro. Sin embargo, estamos seguros de que nada ni nadie, como nos lo enseña San Pablo, puede apartarnos del amor de Cristo. Ninguna norma ni pronunciamiento eclesial puede privarnos de esa esperanza.

El Señor dijo que cuando dos o más se reunieran en su nombre, estaría acompañándolos, "en medio de ellos". Nos reunimos en su nombre. Por eso, no obstante haber sido o habernos sentido muchas veces marginados de la Iglesia y de tener plena conciencia de nuestras fallas y limitaciones, estamos convencidos de que El nos acompaña. Y que camina a nuestro lado cada día de nuestra vida, como siempre lo ha hecho, incluso cuando nos hemos sentido agobiados por el dolor, la soledad y la desesperanza.

El, que vivió todas esas experiencias, es nuestra esperanza porque sabemos que ningún sufrimiento carece de sentido cuando se lo entregamos a Él.

Cuando nos ponemos en manos del Señor, con nuestro pasado, nuestras fallas y contradicciones, sin ocultarle nada, confiándole sin tapujos nuestros fracasos y aspiraciones, El se revela capaz de transformar todo eso en anticipos de Resurrección, de una vida más plena que comienza a partir de hoy.

La paz de Señor, que nos permite reconciliarnos con nuestro pasado y ser fuertes en la esperanza esté con todos nosotros y nos acompañe siempre.