Camino al andar
Septiembre de 2000

Los católicos ante los enfermos de Sida

Hace falta que la Iglesia universal y las iglesias locales intensifiquen su solidaridad con las víctimas del Sida, siguiendo la actitud, en este campo impecable, que ha tenido Juan Pablo II.

EN UN COLEGIO católico está ahora el niño enfermo de Sida cuyo caso conmovió hace algún tiempo no sólo la conciencia, sino el corazón de los chilenos, por ser el primero de una lista que por desgracia se prevé larga. El pequeño fue marginado del colegio en que estudiaba en San Bernardo, cuando sus padres reconocieron que estaba aquejado de la mortífera enfermedad.

Los especialistas estiman que en Chile hay cuando menos varias decenas de niños en edad escolar que son portadores de Sida. La experiencia sufrida por el pequeño de San Bernardo anticipa que difícilmente los padres de los próximos afectados revelarán lo que les sucede, dado el temor de que ello provoque una brutal discriminación en contra de sus hijos y los haga objeto de la malsana curiosidad pública.

Resulta aleccionador que el primer niño contagiado de Sida haya encontrado finalmente alero en un colegio católico, donde, al decir de sus directivos, recibirá afecto y comprensión. Pero es inevitable que a uno le asalte la duda de si se trata de la conducta de un colegio excepcional o de la actitud que estaría dispuesta a asumir el conjunto de los establecimientos religiosos, incluidos los del Opus Dei, por ejemplo. Si en varios de tales colegios se margina a los hijos de los separados, no parece haber muchas esperanzas de que se comporten más caritativamente con sus alumnos contagiados de Sida. Entonces, ¿cómo justificaremos ante la comunidad nacional que se trata de colegios dignos de ser llamados católicos?

El ejemplo de Jesús

La Iglesia y todas sus instituciones debe multiplicar los gestos de acogida hacia los afectados por esta terrible enfermedad y sus familias. Ninguna duda cabe de que si Jesús viniera hoy a la tierra como lo hizo dos milenios atrás entraría en estrecho contacto con las víctimas del Sida, apoyándolos, sanándolos, dándoles consuelo y esperanza. Esa fue su conducta con los leprosos de aquel entonces, víctimas de una severa discriminación por parte del resto de los judíos, que pensaban que los afectados pagaban de esa manera sus pecados individuales o los de sus antepasados directos.

Hace falta que la Iglesia universal y las iglesias locales intensifiquen su solidaridad con las víctimas del Sida, siguiendo la actitud, en este campo impecable, que ha tenido Juan Pablo II. Sin perjuicio de su discurso moralista claramente conservador en materia sexual, el Pontífice ha tenido numerosos gestos públicos de solidaridad y comprensión con afectados por este mal, a quienes ha abrazado y acariciado e impartido su paternal bendición.

Esta actitud de servicio y apoyo no puede quedar confinada a ciertas entidades, oficinas o pastorales específicas, sino que impregnar el quehacer del conjunto de la Iglesia, dada la magnitud del problema y la urgencia de ayudar a una toma colectiva de conciencia frente a lo que debe ser un comportamiento cristiano frente a los afectados.

El trabajo del Padre Baldo Santi en favor de los enfermos de Sida ha resultado profético en nuestro medio, pero se requiere que él no siga apareciendo como una excepción, sino como el primero de muchos que siguen su ejemplo de caridad y servicio. El Hogar de Cristo tendría que ampliar su ya gigantesca y agotadora tarea hacia estos pobres, en especial a los más abandonados. Seguro que desde el cielo, muy cerca del Señor, el Padre Hurtado estará de acuerdo.

La imagen de Dios, escarnecida

El reforzamiento del compromiso de la Iglesia con las víctimas del Sida es imprescindible no sólo porque sabemos a ciencia cierta que en ellos es el propio Jesús quien se encuentra sufriendo. ("Porque estuve enfermo de Sida y tú me acogiste y me apoyaste y me salvaste de la discriminación.... ven bendito de mi Padre"). Lo es, además, porque los pronunciamientos moralistoides de algunos obispos y la actitud cavernícola en lo tocante a la sexualidad que mantuvo (¿mantiene?) durante tanto tiempo el catolicismo han dejado en el inconsciente colectivo de sociedades que durante siglos fueron muy permeables a su discurso la idea de que después de todo esta epidemia bien podría ser un castigo de Dios.

No basta, entonces, otorgar prioridad elevada a los enfermos de Sida y sus familiares, a fin de atenderlos, reconfortarles y enseñarles a descubrir con respeto y ternura que el Señor los ama. Es imperioso que la Iglesia, y estamos hablando no sólo de la universal, sino muy en concreto de la chilena, se empeñe en ablandar los duros corazones de tanto de sus fieles y de muchos otros que aunque no son cristianos acogen con respeto los pronunciamientos humanistas de la Jerarquía.

Esto es urgente porque no podemos aceptar que el rostro del Dios en que creemos, padre lleno de ternura y que ama sin condiciones, siga siendo escarnecido con la sospecha que El pudiera haber enviado esta epidemia a manera de venganza por la liberalidad de las costumbres en el mundo moderno.

Quien tiene esa visión del Señor no es cristiano y no entiende nada del Evangelio. Cree más bien en dioses sanguinarios, al estilo de Moloch, a los cuales hay que sacrificarles víctimas humanas, con harto derramamiento de sangre, para que se sientan aplacados y satisfechos.

Ayudando a crear conciencia

En el campo de la prevención de esta enfermedad, hay evidentes discrepancias entre los católicos acerca de lo que cabe hacer. Pero difícilmente puede plantearse alguna duda en lo tocante al trato que debemos dispensar a los afectados.

Son muchos los católicos que en forma responsable consideran que la difusión del preservativo constituye una especie de mal menor para evitar el auge de esta enfermedad. Que no se los malinterprete. Aprecian ellos el valor de la castidad libre y conscientemente asumida, pero consideran que la virtud es tal siempre y cuando quien la practique lo haga no por ignorancia o miedo, sino por sólida convicción interior. De otro lado, tienen cabal conciencia, porque algún conocimiento han acumulado de ellos mismos, de que la naturaleza humana es débil. Y en el caso del Sida, una sola debilidad puede conducir a la tumba.

Es imposible desconocer datos que pueden parecer muy ingratos a los católicos más rigurosos, pero que son reales. Se sabe que en nuestro país cerca del 80% de los pololeos juveniles desemboca antes de los tres meses en relaciones sexuales. Sin dejar de llamar a los jóvenes a vivir la castidad y la fidelidad, toda vez que están convencidos de que el ejercicio de tales virtudes les hará vivir en mejor forma el amor, los cristianos de mentalidad más amplia aceptan la difusión del condón. De otra manera, estarían olvidando que el sábado se ha hecho para el hombre, y no a la inversa. En nombre de principios moralistas se estaría sacrificando el valor supremo de la vida humana, al acrecentar los riesgos de difusión del Sida.

Aceptar, aunque sea pasivamente, la distribución de preservativos en especial entre los jóvenes no significa asumir la ingenua confianza que algunos despistados parecen depositar en la difusión de su uso.. En países en los que estos adminículos se expenden sin tapujos en todos los kioscos, la enfermedad no cede, sino que alcanza una virulencia que todavía nosotros en Chile no conocemos. El condón no parece tener, entonces, las virtudes casi mágicas que algunos les atribuyen, acaso porque, sobre todo para los jóvenes, no es muy cómodo ponérselo en momentos en que uno por definición pierde hasta la cabeza.

No obstante lo señalado, ningún prejuicio moralista podría obnubilar a los cristianos ante la evidencia de que el preservativo, alguna protección ofrece en el caso de relaciones sexuales que envuelven riesgo de contraer el Sida, que son a las que están más expuestos nuestros jóvenes.

Examen de conciencia

¿Cómo sensibilizar a los fieles para que adopten una actitud solidaria frente a los casos de esta enfermedad, que se harán cada vez más frecuentes en nuestro medio?

Los pasajes evangélicos en que describen las acciones de Jesús frente a los leprosos de su tiempo ofrecen un material generosamente didáctico. También se puede recurrir a los textos en que se anuncian los criterios que utilizará el Rey cuando venga a juzgar a los vivos y los muertos al final de los tiempos.

Después, la concientización de los fieles podría recurrir a la siguiente secuencia:

En los próximos años, es probable que alguno de sus familiares, amigos, vecinos o compañeros se enferme de Sida. Incluso, es posible que le ocurra a alguna persona que usted conoce en la parroquia o en la comunidad cristiana en la que participa. O en el colegio católico en el que tiene a sus hijos.

Usted será testigo cercano de la lucha que esa persona libre por sobrevivir, de su agonía, acaso prolongada, y de su muerte. Posiblemente acompañará su cadáver al cementerio, ¿Está usted preparado como cristiano para enfrentar una situación de este tipo? Piense, por ejemplo, cuál sería su reacción ante la noticia de que uno de sus compañeros de trabajo o que el hijo de un compañero de sus hijos está contagiado. Imagine que todavía el virus no se manifesta con toda su devastadora fuerza destructiva y que el afectado puede incluso seguir trabajando o asistiendo a clases. Luego, piense por un momento que el enfermo de Sida es su hijo, o un hermano.

¿No le parece importante pensar desde ya en cuál sería su reacción? Cuando muchos a su alrededor levanten sus voces histéricas para que el enfermo sea aislado, alejado, excluido, ¿alzará usted la suya propia para salir en su defensa del enfermo? ¿Les recordará usted que las formas de contagio son muy pocas y conocidas (relaciones sexuales, contacto de sangre, intercambio de jeringas) y que, por lo tanto, la discriminación es un absurdo si se adoptan algunas medidas básicas de seguridad?

¿Qué responderán miles de católicos o cristianos fundamentalistas al Señor cuando en el momento del Juicio Final éste les pregunte cual fue la actitud suya ante ese enfermo de Sida en el que Jesús mismo prolongaba su Pasión?