Camino al andar
Noviembre de 2000

Liberalizar la droga, única manera de derrotarla

El gigantesco despliegue de recursos materiales y humanos para combatir la droga sólo ha servido para enriquecer a los narcotraficantes. Ya es hora de cambiar de estrategia, a menos de que la lucha sea puro teatro

Según antecedentes estadísticos de gran solvencia, el número de pobres en Chile es considerablemente inferior al de hace diez años, pero se trata de un dato que falsea la realidad. Porque en el curso de la última década el consumo de drogas ha irrumpido con fuerza en las barriadas pobres, precipitando a la degradación y autodestrucción de decenas de miles de jóvenes. Otros tantos se envilecen, junto a sus familias, como integrantes de la eficiente y masiva red distribuidora de drogas. Obtienen por este concepto ingresos muy superiores a los que podría depararles una ocupación decente, pero son mucho más pobres que antes. Difícil es, sin embargo, que ante la perspectiva de dinero fácil las nuevas generaciones no cedan a la tentación.

Es una actividad riesgosa, sin duda, pues muchos van a parar a la cárcel, entre ellos un número creciente de mujeres. De manera que la lucha contra el narcotráfico destruye numerosas familias, lo que aumenta el número de niños y jóvenes que quedan librados a su suerte y abona el terreno para la expansión de la lacra.

Las autoridades han desplegado ingentes esfuerzos para reprimir este negocio infame, pero los resultados son desalentadores. El hecho de que de vez en cuando se asesten espectaculares golpes contra el narcotráfico o el lavado de dinero sólo revela la magnitud creciente de estas operaciones. Si el volumen de droga confiscada es ahora mucho mayor que hace cinco años no es, básicamente, porque la policía y el aparato estatal sean más eficaces, sino porque el tráfico se ha incrementado en forma exponencial.

Es tan grande el lucro que este negocio genera, que quienes controlan la producción y venta de drogas siempre se las podrán ingeniar para disponer de mayores recursos humanos y de mejores equipos para burlar a quienes los combaten. Si los sobornos no funcionan, entonces se recurre a la eliminación física de los personajes molestos, para lo cual se dispone de una larga nómina de sicarios, es decir asesinos a sueldo.

Fracaso rotundo

Todavía en Chile no llegamos a los niveles de corrupción y degradación masivos que prevalecen en Brasil, pero en términos generales la situación descrita se va imponiendo por doquier. Así, mientras el Presidente Bill Clinton viajaba a fines de agosto a Colombia a suscribir un plan de ayuda en el combate contra la producción de drogas en ese martirizado país, se daba a conocer que los narcotraficantes se han apoderado de Haití, aprovechando la débil institucionalidad y la pobreza de medios de su policía, para utilizarla como base de sus operaciones que tienen por objetivo Miami. Los 1.300 millones de dólares del Plan Colombia sólo servirán para intensificar la guerra civil en que se halla inmersa esa atribulada nación y para enriquecer todavía más a los dueños del negocio.

Es que la lucha contra las drogas está mal planteada y asombra que los sucesivos y estruendosos fracasos sean todavía insuficientes para que los estrategas del lado de los buenos se percaten de que están jugando a favor de los malos. La prohibición y el combate de la droga sirve únicamente para encarecer el precio final del producto al consumidor y es la base del poderío económico que logran los traficantes, con el cual corrompen a la sociedad.

Increíble que los yanquis no se percaten de que estamos viviendo la repetición calcada, aunque ahora aumentada a escala planetaria, de la ley seca que rigió en la potencia del norte en la década del veinte. La prohibición del expendio de alcohol fue una bendición para los grupos de inmigrantes italianos de Chicago, agrupados en la mafia, quienes se enriquecieron en forma espectacular y adquirieron un poder que desde entonces no ha cesado de acrecentarse. Hasta que a mediados de los treinta, las autoridades se rindieron ante la evidencia y derogaron una ley que fue dictada con las mejores intenciones, pero resultó contraproducente.

La Casa Blanca destina alrededor de 16 mil millones de dólares al año, una cifra semejante al total de las exportaciones anuales de Chile, a combatir la droga, pero la capital del imperio, Washington, se ha convertido en el epicentro del crimen, a pesar de ser la ciudad más custodiada por la policía.

Abolir la prohibición

Lo mismo que en la célebre canción de los años sesenta, ahora habría que preguntarse "cuántos los años que habrán de pasar antes de que...." reconozcamos que la guerra contra las drogas está perdida en forma irremisible y al costo más alto que cabría imaginar. Sí, es políticamente incorrecto decirlo en voz alta, pero quedarse callado equivale a transformarse en cómplices de quienes más quieren que la guerra continúe, los narcotraficantes, pues mientras mayor el esfuerzo bélico, mayores las ganancias que ellos amasan.

La circunstancia de que seamos un país pequeño, incapaz de modificar por si sola las reglas del juego de una actividad que se hace planetaria, no puede inhibirnos para reflexionar y proponer fórmulas más eficaces.

Lo primero es reconocer que las personas son libres de hacer lo que se les antoje, con tal que no dañen a los demás. Difícil resulta comprender por qué el Estado puede prohibir a un individuo consumir cocaína, si aquél así lo quiere. Lo que le corresponde a las autoridades es impulsar campañas para advertir los riesgos que esa práctica conlleva y aplicar impuestos a la venta legal del producto, lo mismo que hace con el alcohol y el cigarrillo, gravámenes cuya recaudación debiera destinarse a fortalecer los programas preventivos.

Hemos avanzado en tal sentido, pues la legislación vigente no sanciona el consumo, sino el tráfico de narcóticos. Pero el paso indispensable consiste en liberar el mercado pues ello provocaría un derrumbe de los precios, arrastrando a la ruina a los barones de la coca y de otras sustancias tanto o más dañinas. La baja del precio haría disminuir la delincuencia, ya que el grueso de los asaltos y robos en las grandes ciudades del mundo occidental son perpetrados por jóvenes que buscan dinero para comprar la droga. Las bandas que luchan por mantener el dominio sobre un determinado territorio desaparecerían, haciendo más vivibles barrios enteros, cuyos habitantes viven con el credo en la boca ante grupos rivales que manejan armas de calibre cada vez mayor.

Cobardía

Por el contrario, si no comenzamos a discutir en serio un cambio de estrategia, terminaremos en un círculo vicioso que se convertirá en una camisa de fuerza para los ciudadanos honestos. Ante la propagación de la lacra, los encargados de combatirla que no hayan sucumbido a la tentación del soborno solicitarán nuevas atribuciones o simplemente se las tomarán. Entonces, quedaremos expuestos a sofisticadas irrupciones en nuestra intimidad, a medidas de fuerza que pueden poner en riesgo la integridad física de nuestras familias o a equivocaciones que signifiquen al menos algunos días de arresto arbitrario.

Intelectuales de muy distinta raigambre ideológica, como el ultraliberal Milton Friedman y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, por mencionar apenas un par de nombres, han tenido el coraje intelectual de advertir que el único camino posible es el levantamiento de la prohibición.

Ya es hora de que otros se les unan. Si callamos por cobardía o comodidad, para que nadie vaya a pensar que somos cómplices de los narcotraficantes, pues estaremos favoreciendo a estos delincuentes y apoyando una guerra sin destino que, como todos los conflictos bélicos, castiga sobre todo a los más pobres y débiles.