El infierno está en la cárcel
La sórdida realidad que afrontan decenas de miles de reclusos, muchos de los cuales salen de la cárcel convertidos en delincuentes más avezados y despiadados
EN LA MADRUGADA del 8 de julio, los reclusos José Zúñiga (24 años), su hermano Luis (19) y Carlos Romero (19) trataron de violar a un compañero de celda, de sólo 18 años, y que acababa de ser internado en la Cárcel Publica de Santiago. El muchacho se defendió desesperadamente, pidiendo auxilio a gritos. Un piquete de vigilantes irrumpió en la celda, ante lo cual los victimarios, en inútil intento por evitar el castigo de que serían objeto, se hirieron con estoques en el vientre. Ellos y la victima resultaron con heridas graves.
TRAS LAS REJAS
El caso sirvió para que la opinión pública fijara nuevamente su atención en las sórdidas condiciones en que viven miles de hombres y mujeres que han ido a parar tras las rejas. El tema ha sido bastante manoseado, pero parece que todavía muchos ignoran que en las cárceles y penitenciarias de Chile reinan la corrupción, la promiscuidad, la violencia. Quien tiene la desgracia de caer preso puede estar cierto de que saldrá de su encierro completamente maleado y con una excelente formación como para seguir delinquiendo.
Muy poco se ha hecho por superar esta degradante situación que afecta a más de 16 mil personas, la “población penal” de Chile. Como consecuencia de ello la crisis se va agravando. Con frecuencia cada vez mayor se registran motines, intentos de fuga, asesinatos y orgías en el interior de los penales.
Las autoridades carcelarias han reprimido hasta ahora estos hechos, recurriendo en forma progresiva a la represión. Sin embargo, es evidente que tal respuesta es inadecuada, y no sería raro que ella estuviera acelerando la radicalización del conflicto.
ALGUNAS CAUSAS
Por otra parte, el número de gendarmes es insuficiente, el personal de vigilancia trabaja en precarias condiciones: debe cumplir extenuantes jornadas, que lo aniquilan si quicamente y sus remuneraciones son irrisorias. Estos hechos contribuyen a explicar a degradación moral que se advierte entre los vigilantes. Existen más de mil sumarios internos contra este personal, muchos de los cuales no pueden ser instruidos, debido a que no hay quién investigue.
Construida hace cien años, la Penitenciaria de Santiago alberga aproximadamente a unos 1200 presos en la actualidad, pese a que su capacidad máxima no llega a la tercera parte. La situación es parecida en la Cárcel Pública y en el Centro de Readaptación de Menores y en todos los establecimientos del país.
Mientras el Cuerpo de Carabineros dispone de 15 escudos diarios para alimentar a sus perros o caballos, el presupuesto del Servicio de Prisiones consulta la quinta parte para la comida de los reclusos.
El Servicio de Prisiones carece de sicólogos, sociólogos, orientadores profesionales, cuyo concurso resulta indispensable para obtener la readaptación de los que han delinquido.
Se estima, además, que el número de vigilantes, actualmente unos 2.600, debería subir a unos 4500. Sólo así este personal podría trabajar jornadas razonables y cumplir adecuadamente su labor.
Para quien nunca ha traspuesto las grandes puertas de fierro de una cárcel, resulta difícil imaginar cuán siniestro es “por dentro” un establecimiento de reclusos. Rejas y más rejas, ruido de cadenas y llaves, celdas sombrías y húmedas, gendarmes que se pasean monótonamente por estrechos pasadizos o galerías, y en cada una de ellas hombres de apariencia inquietante. Sólo cuando se ha visitado una cárcel, uno logra comprender lo que significa libertad.
“¡POR ALGO ESTAN CASTIGADOS! ...”
Es probable que haya gente que se encoja de hombros ante esta denuncia. Personas que dicen o piensan que bien merecida tienen su suerte los reclusos… Por algo están castigados… Que sufran, pues.
Tal criterio es inhumano y pasado de moda.
Primero que nada, es preciso considerar que allí no están todos los delincuentes. Hay muchos señores que gozan de gran prestigio social y que deberían encontrarse entre rejas, pues han cometido grandes faltas contra la comunidad, porque han construido fortunas con el sufrimiento de muchos seres anónimos, porque se han burlado de los mas débiles, porque son ladrones, aunque no están presos, porque muchas de sus tropellas no son sancionadas por las leyes o porque disponen del dinero suficiente como para pagar buenos abogados o comprarse a quienes administran justicia. Al revés, muchos de los que permanecen recluidos están tras las rejas por haber quizá atentando contra las leyes injustas o porque nadie se interesa en defenderlos. Todo esto
obliga a ser prudentes cuando se trata de juzgar a un recluso.
En segundo lugar, si la sociedad encierra a un individuo que ha delinquido, debe hacerlo no con un afán de revancha, sino con el propósito de regenerarlo.
Si dejamos de lado la hipocresía, habrá que convenir que la sociedad es en buena medida culpable de los delitos de un recluso. La miseria, el hambre, la falta de posibilidades de trabajo, la destrucción de la familia, la explotación comercial del sexo y las injusticias sociales constituyen causas principales que explican la conducta del delincuente.
Se comprende entonces por que la sociedad tiene el deber de regenerar al infractor. Si él está en deuda con ella, ésta también lo está con él, pero las condiciones en que soportan su encierro miles de chilenos no son las más adecuadas para su regeneración.
Cualquier política de regeneración tropezará con el problema de la promiscuidad, del hacinamiento en que viven reclusos. En tales condiciones las perversidades sexuales se desarrollan en forma galopante. Los jóvenes que llegan, a veces víctimas de detenciones arbitrarias son inmediatamente violados por sus compañeros. Oponerse a tal degradación puede costar la vida. Tal hecho se presenta no sólo en cárceles masculinas. En las casas correccionales de mujeres se registran casos de violación.
HACIA LA REDENCIÓN
La verdadera solución al problema carcelario radica en llevar adelante una política tendiente a tratar como seres humanos a los presos. Ello implicar tratar de rehabilitarlos, meta que debe ser el objetivo del encierro. Para alcanzarlo, es preciso construir nuevos locales, dotados de condiciones materiales que permitan niveles de vida mínimos.
Simultáneamente, es preciso buscar métodos de reclusión que permitan al reo permanecer en contacto son su familia, de modo que no rompa sus lazos afectivos con su mujer e hijos y demás parientes, o que pueda formar un hogar, si así lo desea, llevando una existencia relativamente normal.