Camino al andar
Diciembre de 2003

Palabras de Navidad para ejecutivos

Junto al arbolito se congrega el personal de empresas e instituciones. Momento adecuado para que el jefe, sea cual fuere su título, dirija algunas palabras. A menudo no sabe qué decir o cae en lastimosos lugares comunes. Aquí va una sugerencia.

NINGUNA OTRA FIESTA despierta en nosotros sentimientos más especiales que la Navidad. Quizá porque inevitablemente hace que evoquemos nuestra infancia. Tal vez porque ante un niño recién nacido es imposible no sentir ternura.

¿Por qué nos reunimos como empresa, lo mismo que sucede en instituciones, escuelas, municipios, servicios públicos, a compartir buenos deseos?

No lo haríamos si se tratara de una fiesta que nos toca sólo en tanto personas o integrantes de la familia a la que pertenece cada cual.

La Navidad es mucho más que eso, al margen de las creencias de unos y otros.

Tiene que ver con los más nobles sentimientos y aspiraciones.

Tiene que ver, primero, con la paz. No en vano, eso desearon los ángeles a los pastores, los primeros destinatarios de la noticia del nacimiento de Jesús, según el relato de los Evangelios.

Pero ¿es posible tener paz en un mundo en el que la velocidad del cambio se acelera y la competencia y la incertidumbre se intensifican? ¿En que la lucha por la sobrevivencia se hace cada vez más intensa y estresante?

Diría que es indispensable, y no sólo para nuestro equilibrio interior como personas.

Porque para fortalecer nuestras posibilidades como empresa o para que cualquier institución logre y conserve su legitimidad en esta época de implacable cuestionamiento, resulta imprescindible que seamos capaces de procesar creativamente, de manera serena, nuestras diferencias y discrepancias.

Ellas son más que legítimas, indispensables, porque cuando todos piensan igual, no reina la armonía. Nadie está, en verdad, pensando.

Pero las discrepancias, las diferencias, las tensiones, deben ser procesadas para que, sin detrimento de la individualidad de cada quien, logremos aportar lo mejor de cada uno al proyecto común.

Esa es la paz que tenemos que partir construyendo entre nosotros para ser más como personas y como empresa.

Una paz que no cabe confundir con la ausencia de conflictos, sino con la capacidad de acoger al otro, de ponerse en el lugar del otro y de buscar consensos que nos comprometan colectivamente. Después de todo, en eso consiste la gestión moderna.

La Navidad se asocia también estrechamente con la búsqueda de un mundo mejor.

Ningún proyecto modernizador tiene real sentido si no apunta en definitiva a mejorar la calidad de vida del país y de quienes son protagonistas directos de tal esfuerzo.

Ahí está el sentido profundo de todas las acciones en que estamos empeñados, no obstante sus imperfecciones y vacíos.

Un sentido que no se agota en la búsqueda de mayores utilidades ni en la entrega de mejores servicios a nuestros usuarios, sino que pasa por generar al interior de la empresa un clima que permita que cada cual entregue lo mejor de sí y sea reconocido y acogido por lo demás.

La Navidad es un momento adecuado para reflexionar acerca de cuán cerca y cuán lejos estamos de ese ideal.

Es ocasión propicia, también, para tender la mano a quien nos hizo durante el año víctima de algún agravio o cometió alguna torpeza. No hay que ser predicador para destacar las ventajas que tiene para el trabajo en equipo, que sus integrantes aprendan a reconocer hidalgamente sus errores y los reconozcan ante los demás.

Es esta fiesta una oportunidad adecuada para que sin palabras, pero no por eso con menos fuerza, nos comprometamos en hacer de nuestro lugar de trabajo un lugar donde cada uno pueda encontrar razones para vivir y esforzarse.

Entonces la Navidad cobrará su pleno sentido y podrá traernos la paz interior que tanto necesitamos. Al fin y al cabo, eso es lo que los ángeles desearon la noche aquella en que anunciaron la primera Navidad.