Camino al andar
Enero de 2017

Monólogo con mi padre junto a su tumba

Partiste hace diez años pero como tú y yo creemos en la resurrección prometida por Jesús estoy seguro de que puedes de alguna manera al menos escucharme

PADRE QUERIDO, TE hablo junto a la tumba que alberga tus restos, seguro de que alguna manera me vas a escuchar.

Desde hace algún tiempo he estado pensando en ti más de lo habitual, debido seguramente a que estaba por cumplirse un importante aniversario de tu partida (¡diez años ya!), por lo que intenté forzar la memoria y revivir episodios o momentos que ambos compartimos, sobre todo en mi infancia y niñez. No llegué a soñar contigo, pero he imaginado situaciones que me han procurado consuelo.

Imaginé así que no habías muerto un tanto precipitadamente aquella mañana calurosa del martes 16 de enero de 2007, sino que estabas todavía vivo, preguntándote si en medio de tu creciente debilitamiento llegarías en junio próximo a celebrar tus 93 años. Hoy día no es tan raro que una persona sobrepase esa edad.

Yo te iba a ver a La Florida y conversábamos como de costumbre largas horas. Tú, cada vez más sordo y yo con una voz cada vez más débil. “Debe ser otra de las gracias que me hace mi amigo Parkinson”, te decía hablándote casi al oído, mientras tú te quejabas de frío pese un calor ambiente abrumador que se hacía sentir incluso en tu casa de Pasaje Colonial. Después de intercambiar novedades acerca de nuestros achaques, dejabas constancia de que tú y yo no estábamos en el mismo grupo etáreo, como trataba de hacerle creer yo. “Soy de la cuarta edad y tú acabas de entrar a la tercera” rezongabas.

Pero después pasábamos al tema central de tantos encuentros reales padre-hijo. Nuestra fe cristiana y la forma de vivirla en el mundo de hoy. La forma de vivir y de morir, porque la muerte fue tema de muchas de nuestras conversaciones en el periodo final de tu existencia. Me preguntabas de nuevo por mi concepción de la vida eterna y yo no perdía ocasión de declararte mi asombro ante el no despreciable porcentaje de católicos que declaran no creer en la resurrección. Te decía que a lo mejor ello era debido a que la gente no le encuentra encanto a volver a meterse en un cuerpo estragado por las enfermedades y la vejez. Hay que anunciar que la resurrección es el tránsito a una vida diferente, en la que estaremos dotados de un cuerpo glorioso y dispondremos de todo el tiempo del mundo para jugar ajedrez, conversar con César Augusto, Tomás Moro o Moisés, aprender griego antiguo y develar todos los misterios del álgebra o la física cuántica.

Al cabo de poco surgían temas de mayor actualidad. Te contaba que acababa de morir el reputado sociólogo Zigmunt Bauman, a tu edad, Osito, 92 años. Me contestabas que nunca habías leído nada sobre este polaco en la revista Mensaje y yo comentaba que se trataba de una lamentable omisión. Te leía párrafos de una columna en la que se lo presenta como uno de los intelectuales que más han contribuido a la comprensión de la vida contemporánea.

En “la modernidad líquida” (así la llamó este lúcido sociólogo), las formas de actuar de las personas envejecen rápidamente. La vida se vuelve incierta, permanentemente amenazada por la sombra del futuro cuya velocidad es mucho más rápida que la capacidad siquiera de imaginarla. En la vida líquida hay mayor bienestar, acceso a la información y a los bienes; pero al mismo tiempo una intensa sensación de que mañana se podría estar a la intemperie. Vivimos, enseñó Bauman, como si camináramos sobre hielo, como si la única forma de mantenernos en pie y avanzar fuera la de ir cada vez más rápido. Lo único cierto es el cambio y, por tanto, la incertidumbre.

El auge del capitalismo, el debilitamiento de los estados nacionales y de la política han conducido a una creciente inseguridad, al miedo al otro, a la ruptura de lazos comunitarios, el individualismo y el consumismo. Te comenté enseguida que estas percepciones explican muchos de los acontecimientos que viven por estos días el mundo y Chile.

Me percaté de que te estabas quedando dormido con mis disquisiciones. Recurrí entonces uno de mis trucos más socorridos para despertaste. “Te alegrará enterarte que este eminencia intelectual era gran admirador del Papa Francisco”. “¿Será cierto, Dios mío?”, preguntaste incrédulo. Los analistas destacan que Bauman anticipó uno de los temas centrales del pontificado del Papa Francisco, al denunciar 'la cultura de lo descartable', consecuencia de una globalización salvaje y de un individualismo cada vez más radical.

Recuperada ya tu atención te agregaba que para Bauman el papa Francisco es la principal autoridad moral y que hay que mirarlo a él para enfrentar los desafíos que nos amenazan”. “Cada día Francisco aparece con respuestas a preguntas que yo todavía sigo haciéndome y a cuestiones que he logrado articular con mediano éxito. Soy pesimista respecto del corto plazo; pero optimista en largo plazo". reconoció el sociólogo poco antes de morir. Una definición que me interpreta plenamente a estas alturas del siglo XXI.

Te reías de mí, de este luterano que no dejaba de difundir opiniones a favor del papa de Roma. Y yo te bromeaba una vez más con eso de que tú, Osito, eras luterano sin querer admitirlo, teniendo en cuenta tus reservas y rechazos, a menudo discretos, a numerosas posturas oficiales de la Iglesia de Roma.

Era la hora de partir y como siempre te pedí la bendición, que tú me impartiste con sencilla solemnidad, encareciéndome con voz conmovida que no me perdiera por mucho tiempo, ya que en cualquier momento podías iniciar tu largo viaje.

Querido padre, tú y yo tenemos la confianza de que más temprano que tarde nos reencontraremos y hablaremos por la eternidad. Mientras tanto, te pido que vuelvas a bendecirme y a bendecir a la Osita y a todos mis hermanos en este décimo aniversario de tu paso a una vida diferente.