Ateos que tienen dioses
Los hay tolerantes, solidarios e íntegros, pero otros son arrogantes y hasta crueles porque se creen poseedores de la verdad
EN SU MEDIATICA visita a Chile a comienzos de 2019 el reputado científico británico Richard Dawkins, se quejó de la persistencia, sobre todo en Estados Unidos, del prejuicio de que los ateos no son personas de fiar. Es comprensible la dolida recriminación que formula Dawkins a quienes somos creyentes y procuro salvar mi responsabilidad dejando constancia de que en mi larga vida, junto a toparme con algunos ateos que eran unos pelafustanes, he sido bendecido al conocer otros cuya calidad moral me pareció notable.
En verdad hay ateos y ateos. Algunos son tolerantes y respetuosos respecto del fenómeno religioso. Otros, en cambio, se muestran agresivos y burlones.
Uno de ellos me refiere con inocultable orgullo el caso de su hija Azucena. A diferencia de sus dos hermanos mayores ella se crió en Estados Unidos, donde vive desde muy niña, hasta ahora que acaba de rebasar la cincuentena, sin ninguna creencia religiosa y “nunca fue a una iglesia”. ¿Jamás? ¿Nunca tuvo que acompañar a una ceremonia religiosa a un amigo o conocido que hubiese sufrido la muerte de un ser querido? ¿Jamás concurrió a un matrimonio ni a un bautizo de alguien a quien ella estime? ¿Nunca visitó una iglesia, una mezquita, una sinagoga? Es extraño en una sociedad como la estadounidense. Salvo que Azucena se relacione solo con personas de su propia condición, lo que resulta lamentable para quienes tienen en alta estima el valor del pluralismo.
TOLERANTES Y MILITANTES
En ocasiones siento temor de que los ateos evolucionen hacia un ateísmo militante, sin fisuras, con un incontenible espíritu misionero. Las posturas monolíticas son propias de los conversos. El problema con ellos es que su manera de reflexionar no deja lugar a la duda. No calzan con lo que postulaba el francés André Gidé, Nobel de Literatura en 1947: "Cree en aquellos que buscan la verdad; duda de los que la han encontrado". Hacía eco de lo planteado por su compatriota el filósofo Étienne Gilson: “Tengo fe, por eso dudo”.
Uno de los conversos más notables de la historia es Pablo, considerado el auténtico fundador del cristianismo. En el camino a Damasco en que se pegó tremendo costalazo al caer de su caballo, el judío y a la vez ciudadano romano Saulo de Tarso sufrió un cambio en 180 grados, transformándose de perseguidor implacable de los cristianos en el más destacado de ellos.
En su magnífica novela “El reino”, Emmanuel Carrère aventura que este vuelco tiene que haber desencadenado graves tensiones internas en Saulo convertido en Pablo. Se diría que lo condenó a vivir el resto de sus días bajo el temor de experimentar un nuevo vuelco de semejante intensidad. Solo así se entiende la insólita advertencia que formula a los cristianos de Galacia, los gálatas: “|”. El novelista imagina la pesadilla que debe haber hostigado las noches del apóstol. “¿Y si volviera a ser Saulo? ¿Si este otro Pablo, que tendría la cara, la voz, la persuasión de Pablo, se presentaba un día ante los discípulos de Pablo para arrebatarles a Cristo?”
Escuché atentamente a Richard Dawkins en sus presentaciones en Chile y no pude menos que concluir que los creyentes más convencidos y los ateos militantes tienen algo en común: unos y otros presumen tener la verdad absoluta y monolítica. En cambio, el cristiano a menudo duda e incluso se desespera, como le sucedió al propio Jesús. Agonizante sobre la cruz, lanza un desgarrador “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?” Muchos de los más grandes santos se vieron zarandeados por periodos atroces de sequía de fe. Teresa de Calcuta confesó haber vivido una prolongada “noche oscura del alma”, que es cuando Dios permite que el creyente experimente una intensa sensación de vacío, oscuridad, falta de sentido, duda, angustia y hasta aversión por las cosas divinas.
Discrepo de la aseveración de que se puede ser ateo a secas, sin mayores calificativos. Existen ateos de todas las razas, culturas y tendencias políticas. Hay ateos anticlericales y hay ateos que defienden los valores éticos con un fervor parecido al de muchos creyentes. Fácil es comprobar que la etiqueta de ateo no dice demasiado respecto de las posturas y creencias de las personas acerca de diversos temas de gran trascendencia social. Un ateo puede ser partidario del aborto y de la pena de muerte, y otro ateo oponerse decididamente a estas prácticas.
CUESTION DE IMAGEN
Si bien es cierto que durante largo tiempo los ateos tuvieron mala imagen, al menos en el mundo occidental desarrollado la situación se ha invertido, y los creyentes aparecemos como bichos raros, merecedores de un apenas disimulado desdén por nuestro limitado intelecto que nos lleva a sustentar creencias que no son comprobables por la ciencia. Peor todavía si reconocemos afiliación a una iglesia determinada pues entonces debemos cargar con los errores y horrores que esas organizaciones han perpetrado a lo largo de la historia.
Los ateos, en cambio, no se sienten solidarios de las tropelías que han cometido sus correligionarios desde tiempos inmemoriales. La revolución francesa se hizo en nombre de la libertad, igualdad y fraternidad y bajo la advocación de la diosa razón, que debía reemplazar a la divinidad cristiana. Sabemos bien que culminó en un baño de sangre (“Libertad, ¡cuántos crímenes se han cometido en tu nombre!”). Otro tanto ha sucedido con diversos experimentos marxistas, impulsados en nombre de un ateísmo militante a lo largo del siglo XX. En cuanto al régimen nazi, cabe recordar que el Führer consideraba el cristianismo como una de las lacras de la historia y de los alemanes (…) Llegó incluso a culpar a los judíos por haber inventado el cristianismo. A Hitler le irritaban en especial "los valores cristianos de la igualdad y la compasión, que él confundía con debilidad".
LIDER CARISMATICO
Al verlo en una entrevista a fondo en televisión no puede negarse que Dawkins es un carismático líder de opinión pública. Sin embargo, a este periodista cristiano, como a mucha gente, le choca y considera un abuso intelectual que el personaje se defina a sí mismo como científico y ateo militante, dejando la impresión de que la primera característica va de la mano de la segunda. Resulta excesiva su pretensión de validar con la ciencia su opción atea.
Tal como no se puede probar científicamente la existencia de Dios, tampoco se puede demostrar con algún experimento científico su no existencia. No se llega a descubrir a Dios mediante una sucesión de silogismos ni mediante la observación al microscopio o al telescopio. Con esos procedimientos, lo que demuestre o pudiera encontrar no sería Dios, sino un ídolo, ha señalado el jesuita Eduardo Silva, rector de la Universidad chilena Alberto Hurtado. La ciencia nos ha ayudado a sacar a Dios de las explicaciones científicas, purificando la fe de supersticiones y magias. Por las mismas razones, la ciencia tampoco puede demostrar la inexistencia de Dios.
Dawkins comete entonces un error al mezclar sus críticas científicas con sus creencias religiosas, el que se acentúa al pretender que las segundas se prueben con las primeras. “Lo esencial es invisible a los ojos” sentenció hace tiempo El Principito. Estimo que Dawkins desvirtúa la ciencia al usarla como arma en su cruzada, eso es, antirreligiosa. Los avances en la teoría de la evolución no son pruebas contra la religión, Richard, sino avances de la ciencia.
Estos últimos son impresionantes y dan la razón a la campesina Violeta Parra cuando en su “Gracias a la vida” manifiesta gratitud, entre otras razones, “cuando miro el fruto del cerebro humano”. Lo que parece en cambio insufrible es la fe casi bobalicona que Dawkins deposita en el avance prodigioso de la ciencia para construir una sociedad mejor en la que los seres humanos sean más felices.
Son ya innumerables las experiencias en la que diversas generaciones se han empeñado en construir el paraíso en la tierra, los cuales han terminado en verdaderos infiernos. Cuando joven, en tiempos que se pretendían revolucionarios, me sorprendí varias veces cantando emocionado hasta las lágrimas la Internacional marxista: “El día en que el triunfo alcancemos, ni esclavos ni hambrientos habrá, la tierra será el paraíso, de toda la humanidad”. Tras el derrumbe estrepitoso de los socialismos reales con su siniestro saldo de asesinatos, penurias, corrupción e ineficiencia, siento no poca vergüenza al evocar la credulidad de que hice gala en mi lejana juventud.
EL PROFETA HARARI
Ateo militante como Dawkins, el historiador israelí, Yuval Noah Harari, convertido desde hace años en celebridad mundial por el éxito de varios de sus libros, es menos crédulo que el científico británico. El epílogo de su primer superventas, “Sapiens, breve historia de la humanidad mueve a preguntarse si a estas alturas del desarrollo de humanidad hay todavía lugar para la esperanza. Harari recuerda que setenta mil años atrás el Homo sapiens era un insignificante animal que hacía su vida en un rincón de Africa. En los milenios posteriores se convirtió en dueño del planeta y en terror del ecosistema.
Por desgracia, el predominio del Sapiens no da para sentir orgullo. “Hemos aprendido a dominar nuestro entorno, incrementado la producción de alimentos, construido ciudades, edificado imperios y creado vastas redes comerciales. Pero, ¿hemos reducido el sufrimiento en el mundo?” En lo tocante a la condición humana, admite Harari que en décadas recientes hemos conseguido notables progresos, con el retroceso del hambre, las epidemias y la guerra. Pero la situación del resto de las especies animales se está deteriorando más rápido que nunca antes y el mejoramiento de la suerte de la humanidad es demasiado reciente y frágil como para considerarlo irreversible.
De las canoas pasamos a las galeras y después a los vapores y las naves espaciales, pero nadie sabe adónde nos dirigimos. Somos más poderosos que nunca, pero sabemos poco qué hacer con ese poder. Peor todavía, los humanos parecen más irresponsables que nunca. No tenemos que rendir cuentas a nadie, así que nos sentimos autorizados a maltratar al resto de los animales y el ecosistema ambiental, considerando únicamente nuestras necesidades e intereses, pese a la cual jamás nos sentimos de veras satisfechos. Pregunta devastadora con la que Harari cierra su libro: “¿Hay algo más peligroso que dioses frustrados e irresponsables que no saben lo que quieren?”
Tal vez la principal crítica que pueda un creyente lanzar a Richard Dawkins y sus feligreses tenga que ver con la falta de amor que evidencia en sus textos e intervenciones. Porque a pesar de que hace muchas décadas se anunció la muerte de Dios y diversas experiencias revolucionarias se han llevado adelante bajo la consigna del ateísmo, sobre el 80% de la población mundial sigue creyendo en la existencia de un ser superior. Tiene razón Dawkins cuando señala que son básicamente los más pobres y menos ilustrados del planeta. Arrastran muchos de ellos existencias miserables, pero encuentran en su fe un motivo para soportar las privaciones e injusticias. Jesús mismo ya tenía claridad al respecto en una época en que el desarrollo de la ciencia estaba en pañales. «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”.
Si en la etapa final de mi existencua fuese invadido por una inteligencia superior y llegase a descubrir que en realidad Dios no existe, tendría cuidado para no herir los sentimientos de tantas personas sencillas y bien intencionadas que mantienen su fe en El. Actuaría con la misma ternura con que un abuelo cariñoso trata de hacer entender a su nietecito de cinco años que el Viejo Pascuero no existe. Pero Dawkins no da muestras de ternura ni de compasión.
Se me viene a la memoria el “Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios”, escrito hace un par de siglos por el alemán Jean Paul Richter, a cuyo conocimiento accedí leyendo al ensayista y poeta mexicano Octavio Paz, Nobel de Literatura 1990. Este texto acusa, por una parte, un carácter profundamente religioso y simultáneamente un contenido blasfemo ya que no es ni un poeta ni un filósofo el que afirma que Dios no existe, sino Cristo mismo: “En medio del clamor de la multitud de las sombras, Cristo desciende y dice: He recorrido los mundos, subí hasta los soles y no encontré a Dios alguno; bajé hasta los últimos límites del universo, miré los abismos y grité: Padre, ¿dónde estás? [...] La eternidad reposaba en el caos, lo roía y, al roerlo, se devoraba lentamente ella misma. Los niños muertos se acercan a Cristo y le preguntan: Jesús, ¿no tenemos padre? Y él responde: todos somos huérfanos”.
Si se confirmara la falsedad de la idea de Dios, le pediría a Dawkins que no transformara esa revelación en una fiesta, consciente de que ello significaría para miles de millones de personas quedar sumidos en la más atroz orfandad. Por eso mismo oro a menudo por mis amigos y familiares que no creen en Dios o han perdido la fe, pidiendo que no caigan en la tentación de afiliarse al ateísmo militante y que sean en cambio admirables exponentes del ateísmo bondadoso.
Ya he señalado que hay ateos y ateos. Por eso, la sentencia “desconfía de los ateos… casi siempre tienen dioses”, me parece injusta. Sin embargo, es necesario tener el coraje intelectual de señalar que son numerosos los ateos que rinden pleitesía al orgullo y que en definitiva se adoran a ellos mismos. T
El intelectual y novelista italiano Umberto Eco es para mí un ejemplo de ateísmo bondadoso. En el libro “¿En qué creen los que no creen?”, publicado a comienzos del tercer milenio, Eco propuso a su compatriota el cardenal Carlo Martini que aceptara por un momento la hipótesis de que Dios no existe y que por un lamentable error la especie humana, mortal como todas las demás, surgió sobre la tierra con una clara conciencia de esta condición. Para hallar el coraje de aguardar la muerte, el ser humano tuvo que convertirse en un animal religioso y elaboró narraciones capaces de proporcionarle una explicación y un modelo, una imagen ejemplar. “Y entre las muchas que es capaz de imaginar... al llegar la plenitud de los tiempos tiene en determinado momento la fuerza, religiosa, moral y poética, de concebir el modelo de Cristo, del amor universal, del perdón de los enemigos, de la vida ofrecida en holocausto para la salvación de los demás”. Eco declara enseguida: “Si yo fuera un viajero proveniente de lejanas galaxias y me topara con una especie que ha sido capaz de proponerse tal modelo, admiraría subyugado tamaño esfuerzo y consideraría a esta especie miserable e infame, que tantos horrores ha cometido, redimida solo por el hecho de haber sido capaz de desear y creer que todo eso fuera la Verdad”.